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El teclado

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Creo que el día en que decidí convertirme en escritora fue uno de los peores de mi vida. Y perdón por la vanidad, pero creo que tener el ansia de escribir cosas y hacerlo, ya te convierte en escritor. Es una actitud contigo mismo, una actitud ante la vida, más compleja que el hecho de publicar o no un libro, manifestación física del complejo proceso de elaboración y plasmación de una idea, de una historia en un escrito. No es mas escritor el que solo escribe best sellers para publicar y ganar dinero que el que escribe cosas en su casa que nadie lee y que en principio no sirven para nada. Ah, el atractivo inefable de la inutilidad. Aun así, y aunque ese día en que me hice escritora (no lo decidí conscientemente) sea por una parte bueno y por otra terrible, recomiendo a todo el mundo que todavia no lo haga que empiece a escribir, que escriba cosas para desahogarse ante su momento vital, para decirselas a alguien, para conocerse mejor a si mismo y permitir que los demás lo hagan, que te conozcan y a su vez se conozcan mejor a ellos mismos, a través de una previa identificación o no con lo que tu has transmitido.

 

Después de esto, disculpad que no haya tildes donde debe haberlas. Disculpad que a veces diga y piense cosas sin querer. Que se me haya metido un cristalito en el ojo como al protagonista de La Reina de las Nieves y que haya perdido la memoria y me haya vuelto una imbecil a la que solo le preocupan nimiedades. Creo que anoche expulse ese cristalito, a base de vigilias controladas. Al menos eso es lo que espera la antigua autora de este blog. Disculpad. Disculpad lo de las tildes, sobre todo. No se que le pasa al teclado, al teclado de las constantes ilusorias y desgarradoras esperanzas que pulsan los involuntarios escritores de mi cabeza.

Domingo, 25 de Mayo de 2008 19:14. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año Hay 2 comentarios.

Tirano Banderas

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Guardo un secreto que debe ser desvelado. No puede seguir siendo sólo mío. No puedo dejar de expresarlo, de destaparlo y de informar a quien pertenezca: Ya sé quién es Tirano Banderas, el archinombrado, el omnipresente, omnímodo, omnipotente ordenador y creador. ÉL ES. No hay duda, es él. Él es. Lo sentí venir un día en que me encontraba de espaldas a él, haciendo lo que tengo que hacer.

SIEMPRE lo siento venir, en realidad. Su estentórea voz aguda de tilingo importante. Sus modos de caminar, de avanzar pasito a pasito, (‘chac, chac’, ‘cua, cua’), moviendo la cabeza, ligeramente encorvada hacia adelante. Escudriñando con la mirada. Sí, es él. Me acordé del personaje de la súper novela al verle, al sentirle, al atisbarle, al saberle cerca y en el centro de todo. Cuando se reúne, sé que no trama nada bueno. Y las veces que nuestros ojos por mera casualidad se han encontrado, he sentido un hielo abrasador en el fondo de mi competencia que me auguraba días de pena y poca gloria. Sí, es él. No hay duda.

Sábado, 10 de Mayo de 2008 01:10. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

En Lavapiés

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Esto es un relato que escribí un día que me quedé en casa y me apetecía vivir aventuras fuera. Hay muchas elipsis, y, por otra parte, no es nada del otro mundo, pero el caso es publicar algo, ¿no?

 

Cuando llegué, decidí llamar a mi amiga Amaia para ver qué hacía. Había ido leyendo en el autobús “Música para camaleones” de Truman Capote, en concreto la historia de un hombre ciego que conocía a una mujer que parecía que le quería mucho porque le cuidaba y estaba siempre a su lado pero que se acababa yendo con otro, dejándole abandonado en un desierto. Allí el ciego conocía a un tipo de 40 años que a su vez es quien le está contando esta historia a su mujer, una tía que se lía con su psicólogo y que, al mismo tiempo, le busca líos de confianza, (es decir, amigas suyas) a su marido, para que éste no se aburra y se siga sintiendo atractivo a pesar de las canas, la barriga y la papada. La verdad es que no me acuerdo ya de cómo acababa la historia, pero no pude sacar finalmente ninguna moraleja. Quizá la moraleja es que las buenas personas siempre acaban jodidas, o que, simplemente, dejémoslo así, las personas acaban jodidas. O que, hagan lo que hagan, las personas acaban jodidas. O quizá la moraleja es, sencillamente, que no hay moraleja alguna.

Cuando Amaia descolgó el teléfono me dijo que estaba tomándose una copa en un sitio bohemio de Lavapiés. Me extrañó que estuviera en esa zona, porque nunca hemos salido por allí. Y así, ante la curiosidad de descubrir cosas nuevas, me dirigí allí en el metro. Creo que cuando encendí el mp3 sonó Hand In Glove de los Smiths, a la que siguieron canciones de Jefferson Airplane, y por supuesto, del maravilloso T. Rex.

Me bajé en 10 minutos del metro y lo primero que vi fue a un tipo liándose un porro y escupiendo después en el suelo. Hice todo lo posible por alejarme para no tener que esquivarlo y continué andando hacía el pub bohemio en el que estaba Amaia. Por el camino me crucé con una pareja de sudamericanos que iban discutiendo: el tío no dejaba de gritar y movía las manos enérgicamente como si estuviera luchando contra fuerzas ocultas, con el aire; y la mujer caminaba a su lado mirando siempre al suelo, sin decir nada, resignada y como si fuera la misma cantinela que había de escuchar y sufrir todos los días. Quizá miraba al suelo pensando que su salvación le llegaría después de querer sin remedio a ese hombre todos los días de su vida, hiciera lo que hiciese él, y que, en realidad, pensaba, el amor es aceptar esas manos luchando (en el mejor de los casos) contra el aire que ambos respiraban.

Se abrió la puerta del pub y entró un hombre grande aunque no entrado en carnes, con rizos en la cabeza y en los mofletes, y con unas gafas de pasta colocadas encima de una nariz de 30 años. Tomó asiento a nuestro lado y pidió un whisky. Nos observó y preguntó si teníamos “fuego”. Yo, que me encontraba justo en ese momento exhalando el arrebatador humo de un cigarrillo rubio, extendí mi mano y le encendí el suyo. Me dio las gracias y me dijo que por qué estábamos en un sitio como ése con la pinta de niñas pijas y tontas que teníamos, que deberíamos estar mejor en algún garito de Moncloa o la Castellana. Amaia no contestó, se limitó a reír y a buscar, para calmar su excitado nerviosismo, un Nóbel de la cajetilla que ambas compartíamos. Yo también reí y le expliqué que los sitios de Moncloa no nos gustaban demasiado y que, además, nunca hay que fiarse de las apariencias. En este sentido, me acordé de mi blog y pensé que quizá aquí se resuma toda mi personalidad, toda mi intimidad, o sea, que conociéndome en persona y leyendo esto, la persona que lo hiciera ya podría entender a todas las sonias que hay en mí. Pero no, esto no es así, pensé. Y se me ocurrió que quizá nunca acabamos de conocer a las personas, de conocernos a nosotros mismos. No sabemos, aún, qué somos y qué no somos capaces de hacer. Y cuando, manipulados por el subconsciente o por el tradicional afán irresistible de conocer (que muchas veces viene por vocación), nos inmiscuimos en alguna esfera de conocimiento que no nos corresponde (o sí), concluimos que no debe haber ningún efecto colateral, que es mejor no hacer absolutamente nada, no actuar, así como si hubieras viajado al pasado y hubieras seguido el consejo de no tocar nada para no modificar algo que, por lo que sea, tiene que ser de una determinada manera y no de otra. Si no hubieras ido al pasado, no sabrías lo que podría haber sido o sería ahora si hubieras cambiado algo, así que mejor no digas ni hagas nada y limítate a vivir con lo que sabes y conoces de lo que efectivamente tienes por conocer.

Todo esto lo había pensado antes de llegar a Lavapiés, y lo volví a pensar mientras hablaba con el melenudo ese. En realidad, no había dejado de pensarlo en toda la noche. No se me iba de la cabeza. ¿En qué estaría pensando? Y, en vista de que el asunto no me dejaba continuar libremente atendiendo a mis normales y cotidianos pensamientos, decidí escribir cuando llegara a casa. Al fin y al cabo, es lo único que nos queda. Lo que nos diferencia de los animales: la palabra, hablada (bien hablada) y escrita. Llegará un día en que no haya nada, pero los libros de Truman Capote nos sigan esperando en las estanterías, y el Word de los ordenadores o los bolígrafos y folios en blanco nos salven de la crueldad del mundo.
Viernes, 29 de Febrero de 2008 18:56. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Locuras de antaño...

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Estoy constipada. Tengo que estudiar, hacer trabajos, y que ir a trabajar esta tarde. Pero poco a poco lo voy solucionando todo. Sí, incluso constipada. He solucionado –aunque no del todo- el asunto del D.N.I, y es que -no lo he contado aquí- hace dos semanas me robaron el bolso. Pero van a tardar un mes en dármelo y creo que me voy de viaje el día 12 de febrero. Así que tendré que hacerme otra vez el pasaporte, y estoy buscando otra comisaría porque la que he ido hoy la van a cerrar. En fin, como siempre, surgen problemas cuando intento planear un viaje. Espero que se resuelvan…

Y ya que estamos hablando de todo un poco, he encontrado en el ordenador unas cosas que escribía cuando aún no escribía. Es decir, chorradas que escribía una vez cada dos meses para desahogarme respecto a cosas que me pasaban. Lo primero es de 2005 y lo segundo, de 2006, y aunque no estoy demasiado orgullosa de ello, me ha gustado volver a leerlo. Lo último es un párrafo suelto de un relato que me ha parecido curioso al releerlo. (El resto no es digno de publicarse). Y como lo quiero borrar, lo voy a publicar aquí para que nadie más lo vea en mi ordenador. Ahí va:

29.03.05

Últimamente no valgo para esto. Y ni siquiera sé por qué lo estoy haciendo ahora. Me he desganado pero he ganado mucho. ¿O no?

Siento nostalgia de mi época solitaria, en la que Camus era uno de mis mejores amigos; realmente era mi único amigo. Vivía apasionadamente; disfrutaba cada momento de agonía, de vitalidad apagada y a la vez renaciente.

En mi desidia argumental se hallaban visos de normalidad; pero, ¿quién querría esa farsa? No la quería ni yo; y ahora la echo de menos, emocionada. Recuerdo los días sólidos y coherentes, en los que una hora transcurría exactamente en 60 minutos; y todo era así como parecía, y yo era el demiurgo de mi anodina, pero todavía prometedora existencia.

¿Dónde quedaron mis acaloradas críticas hacia lo banal, superficial, burgués y cínico en que se asienta nuestra sociedad? Ahora estoy dentro, pero quizá sigo fuera. No sé muy bien hasta qué punto he llegado a comprometerme con la causa de mi condición social actual de mujer ya de 20 años de edad. ¿Estoy, acaso, renunciando a mí misma; traicionando mis interioridades más manifiestas y mis aspiraciones más intensas? Ésa es la cuestión.

Me volveré loca (03.01.06)

Me volveré loca de pensar que debería comportarme como una loca y volver a la soledad, a las letras de los más locos, quizá locos como yo. Pero, qué orgullo sentirse una loca absurda, ¡como los escritores bohemios! Sin embargo, ¡qué triste es ser un escritor bohemio! No tendría uno lugar entre la gente de a pie, que al fin y al cabo es donde se desarrolla la vida. No tendría uno el mínimo interés en comenzar a pagar una hipoteca, en despertarse por la mañana un día tras otro de la misma forma, y, en fin, en vivir una anodina pero tranquila y feliz vida.

Porque quizá en esto consiste la felicidad. ¿No es esto lo que todo el mundo quiere? ¿Para qué hago una carrera si no es para trabajar en lo que me gusta y tener así un trabajo fijo y razonablemente remunerado? ¿Y para qué trabajo entonces si no es para ganar dinero? Quizá, además de para ganar dinero, para entretener la espera, porque, mientras nos ocupamos en dormir, madrugar, coger el autobús, trabajar, descansar, ver la tele, la vida va pasando. No sé quien dijo que la vida es aquello que va pasando mientras nosotros nos empeñamos en hacer otros planes (John Lennon, (Editado el 17 de julio). Es cierto. Hay días que podrían ser una copia exacta de otros días. Ayer, igual que hoy, e igual hoy que mañana…Y todo así…

Y el caso es que yo ya no puedo seguir así. Quiero ser una loca… Quiero pensar que la vida es apasionante, que me quedan mil cosas por hacer, que no me voy a conformar con nada, y que hay etapas por las que vamos pasando sin remedio; y hay que saber cortar y mirar hacia el presente (más que hacia el futuro, como suele decirse). Quiero afirmar con Camus que “la desesperación por la vida es precisamente lo que hace amar la vida” o que “el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma” (de “La Peste”).

Y yo quiero desesperarme verdaderamente, no hacer de la desesperación una forma de vida que se engaña a sí misma y a la vez se espera impacientemente. Porque quiero esa sagrada desesperación. Quiero subirme al autobús y sentir la trayectoria de mis pasiones acompasada por el murmullo de la ciudad, por la soledad que se respira en ella. Quiero sentir el silencio; quiero parar la tarde, que sea larga e intelectualmente meticulosa, que se me desgasten los ojos y los dedos de leer y de escribir. Y salir después a la calle para ver, ver con mi afilada mirada, con los resortes de una imaginación pasada pero siempre soñada.

Me volveré loca, porque ni siquiera sé darle forma a mis pensamientos pre-locura. El afán de un escritor es, además de transmitir y expresar sus pensamientos de la forma más sublime y prometedora, que el lector comprenda esas pasiones, que se identifique con esas situaciones. Yo, por mi parte, me temo que estaré siendo poco clara para los cuerdos. Es una pena, porque, en el fondo de mi corazón sé que debería darme a los cuerdos. La realidad es, por definición, cuerda, real, segura (“así está montado el asunto…”) Pero, quien indaga un poco más, se da cuenta de que todo lenguaje humano es comprensible, porque lo que lo explica todo es la experiencia de cada uno. Lo que cada uno quiera y sepa entender. Cuando empecé a leer a Camus, “El Mito de Sísifo” sobre todo, me sentía un poco confusa porque no sabía si lo que yo entendía era realmente lo que significaba aquello. Al momento me di cuenta de que lo que yo entendí de Camus era lo más cierto del mundo. Quizá a los pocos meses se me olvidaran aspectos concretos del libro, pero por suerte o por desgracia, aquello quedó en mi para siempre. Y hoy, renace en todo su esplendor, con fuerza y con una templada y tranquila agresividad. Me hace escribir, me hace sentir a cada momento lo absurdo de mi existencia, que no sería menos absurda si me dejara llevar por la bohemia de antaño. Lo sé. Lo sé y a la vez no lo sé. Al fin y al cabo, es un mundo de aventuras, nunca se sabe a quién conoceré después, si no me he vuelto loca ya para entonces… O precisamente porque lo esté.

 

-19 de marzo de 2006-

 

(...) Ayer conoció a un chico. O quizá lo conoció hace tres años. No lo sabe, en realidad; “es todo muy extraño últimamente”, sostiene. Lo cierto es que prefiere conocerlo lo justo para saber que quiere pasar el resto de su vida con él; no quiere conocerlo más, no quiere pasar ni un sólo minuto más a su lado; porque cree que quizá de esa forma se eche todo a perder. Prefiere no conocerle y quererle, a conocerle y saber efectivamente que le quiere. Pero quizá cree que le quiere porque quiere quererle, y en realidad no le quiere… Y sin embargo, le quiere. (...)

 

-24 de febrero de 2006-

 

(...) Instalado en su cosmos diario, familiar y rutinario, cree que no necesita nada en la vida, nunca se siente solo, porque no necesita a los demás, ¿es que es quizá un homófobo? No lo sabes, pero tu mirada lo intuye. Se comporta como tal. Estás tomando un café con él y no habla, no emite más que absurdos quejidos, exclamaciones que únicamente denotan su debilidad intelectual. No tiene inquietudes existenciales, es un personaje plano, categórico, simple. Cuando tú alcanzas el clímax de seguridad en el justo momento en que estáis juntos y a gusto, él sólo sabe pensar en banalidades sin importancia, pero que para él, inexplicablemente, sí la tienen.

 

Miércoles, 23 de Enero de 2008 14:32. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

En el autobús

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Ese día que quería escribir pero no podía dormir y no podía escribir, más que nunca, estuvimos en sintonía, estuvimos en el autobús (libro de Tom Wolfe). Sospecho que fue el café. Sospecho que fueron “los pantalones chinos” y la garita radiofónica a la que te resultó imposible llegar solo. Recuerdos de lo anterior, y a diferencia de ellos y de la inexactitud de esa sensación, a mí se me antoja entrañable la idea de que te equivoques, de que no cojas Velázquez y sigas por Alcalá, y esa adorable torpeza al dar el último sorbo de una copa que te enseñé yo a disfrutar. Y el haber estado a punto de llevarte por medio algún objeto ayer cuando me saludaste en el campo al entrar. Porque yo quiero guiarte, llevarte por todos los caminos y que cuando lleguemos me susurres al oído lo que decía ese cantante y nos riamos. Y vea mis manos de otra forma. Y me mire en tus ojos. Y que suene And I Love Her para ti también, en el sitio en el que las poesías no son lo que parecen y te hacen gracia. Y que todo confluya en un inevitable cosmos de viajes por hacer y de dientes en sintonía. Y que los domingos por la tarde siga acechándome la angustia de la posible llegada de un ‘domingo’ en que nos bajemos del autobús, mientras ese día no llegue. Y entonces verás todos los días ese rubor helado perfectamente dibujado en una expectante y timorata nariz.

Lunes, 14 de Enero de 2008 00:42. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año Hay 1 comentario.

Instrucciones

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Ya terminé la cerveza y las patatas. Y sigo aquí. Me habría gustado sumergirme en la absoluta marea de personas que acuden, teléfono móvil en mano y bolso de Tous en el brazo, a hacer las últimas compras navideñas, como si fuera algo que hay que quitarse de encima cuanto antes o, mejor dicho y en realidad, algo que nos gusta hacer para evitar pensar qué hacer - pensar en general- durante ese tiempo en que el trabajo nos deja libres. La prosa de mis ahora columnistas preferidos me ha mantenido ausente y he preferido quedarme en casa y no salir a hacer algo que perfectamente –esperemos- puedo hacer mañana. Por ello escribo esto, me he documentado para mi trabajo y sensibilizado de nuevo en lo que me atañe. Me han dado ganas de fumar inmediatamente un cigarro, pero he podido coger la tapa de un bolígrafo e introducírmelo en la boca, para aspirar después el aire de mi habitación, que ha pasado lentamente a mis pulmones. Y tras experimentar la cadencia dionisíaca de un extraño efecto placebo, ese aire ha sido expulsado. Instrucciones para estudiar mis apuntes, que diría una amiga.

Jueves, 27 de Diciembre de 2007 19:50. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Es como si... escribieras constantemente

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Es como estar siempre intentando que los demás se enamoren de ti (alguien). Es una manera de esperar algo de la vida; de esperar el fin inacabable de las acciones. Es escuchar a los Beatles sabiendo que son tuyos. Y que lo son de la misma forma en que lo eran hace un año, y 23. Es la sensación más abyecta y más viva, más ausente presente; más manifiestamente imposible. No tiene sentido. Ves los rayos brillar en la oscuridad de lo permanente. Anidas la esperanza del mañana, pero piensas en el ahora, el ahora que fue agosto de 2006:

un cigarro,

en la fachada del hospital.

Pensando, sintiendo, esperando.

Leyendo.

Atisbando, percibiendo

sombras.

Observando

Y además, puedes pensar en lo que fue el ahora de diciembre de 2006:

un whisky,

una buena amiga,

buena música,

buenos sentimientos,

buenos libros y la espera de algo,

algo que cayera del cielo,

que me llevara al cielo.

Recuerdos de risa, que creías olvidados. Una pieza que suena lenta, efímera y distinta. Y te sientes bien. Y tu madre entra en estos momentos por la puerta y piensas: ¿por qué no? ¿qué hay más real que mi madre entrando por la puerta? Avanzando rápida y sin pausa; hacia un destino. El resto no existe. La cena de hoy, esperándome en la cocina, es lo más real que conozco hasta el momento. Y la ducha que me acabo de dar. Y los apuntes que cogeré mañana a las 9 de la mañana en clase (si voy). También lo es el ver a mis compañeros y el esperar –ahora sí- algo de la cena de trabajo que hagamos. Eso es todo esto. Eso es el ahora del verano de 2007, y lo era el de 2006. Pero… ¿qué mierda de real puede ser el pasado? Que acabo de discernir entre lo esencial y lo superfluo es lo más real que conozco hasta el momento; y si recuerdo el verano de 2006, ¿será por qué es una mierda de real? –todo esto-.

Martes, 04 de Diciembre de 2007 21:53. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

'Sonidos' (o cómo parir la más inmensa rayada del último año)

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Un fondo rojo sobre el que pensar, sobre el que sentir

Champú que oculta la verdad, que significa libertad, aunque impuesta

Sonidos que no dejan

Hacer pensar en otra cosa,

Porque no existen

 

Vacío completo, que denuncia el desorden

Ordenado

Un ‘Cultural’ en el suelo, con un Conrad que apunta,

que me apunta

con una pistola

A la cabeza, a las orejas, tapadas con cabellos

que deberían recatarse

Hay que matar al pelo, hay que recogerse

Hay que cenar, hay que dejar de pensar

Hay que no leer lo ajeno

Volver a leer lo de otros, volver a escribir lo que fue de unos

Lo que fue de esos sonidos, que sí eran

inexistentes, desordenados

 

 

 

No existes

No existes

De repente se me ocurre que no existes

Que vuelvo a encontrar en la nada

Y no existo

Como nunca

Mejor que nunca

Como siempre

¿Siempre es siempre?

El tiempo me atrapaba, siempre,

intentaba congelarme, siempre

El café no se acababa, nunca

y los apuntes en la mesa se manchaban

Un domingo aniquilador

Con un Conrad que dispara,

Y sonidos que no existen

Que lo dicen todo

Que existieron, y salían de mi boca

Ahora no sale nada

De mi boca

Salvo un grito desolador

Que anuncia, que me denuncia

El disparo de Conrad

Así, directo al corazón

Domingo, 02 de Diciembre de 2007 22:24. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Un texto a través del cristal

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Hoy ha sido un buen día: he llegado a tiempo a primera hora, y es que los jueves y viernes tengo un profesor que si llegas a las 10.10-15 ya no te deja entrar. No se me ha parado el jodido metro. Y ha venido M., a la que no veía desde nuestras andanzas veraniegas radiofónicas. La muy perra ha estado en Cambridge hasta ahora, así que se acaba de incorporar a nuestra dichosa vida de facultad. Cuando nos contamos las optativas que habíamos cogido y vimos que habíamos coincidido en dos, nos alegramos mucho, la verdad, así que en esa clase y en la siguiente (la del "viejo verde y rojo", o, para abreviar, como me propuso M un día, el "viejo sandía") estamos juntas. Pero a esa clase ya no hemos ido, nos hemos ido a tomar un café, a ponernos al día y a unirnos contra todo un prototipo de gente de la facultad que nos cae como una patada en el culo. Después fui a la siguiente clase que tengo yo, ya sin ella, y esto fue lo que escribí:

La puerta estaba abierta. Las hojas de los árboles, que brillaban, amarillas y verdes, al sol, se podían ver a través de la cristalera desde la segunda fila de asientos de la clase optativa Relaciones Exteriores de España. El profesor se había ido a buscar a un técnico porque ya no sabía “qué puñetas hacer” para que el ordenador funcionara de una jodida vez.

Yo estaba sentada, sola, bebiendo agua y poniéndome el pelo a un lado, cuando decidí sacar del bolso Ponche de Ácido Lisérgico, de Tom Wolfe, para "beber" un poco. Sin embargo, pronto la conversación de las chicas de la fila de atrás distrajo mi atención de la lectura de las locas aventuras de cuatro hippies desfasados. “Le he comprado a Luis un regalo súper chulo. Es una especie de dedicatoria en un grabado que he pedido por internet. Me ha costado 80 euros; está muy bien, ¿a que sí?”, manifestaba un tono de voz audiblemente emocionado, mientras los demás (tonos de voz) asentían, convencidos sin duda de que ese grabado debía de ser una auténtica jodida delicia de regalo.

Al rato, me sorprendí mirando a ninguna parte, al frente quizá; y escuchando, nada más. Y una mujer de la limpieza pasó por la puerta, tapando por unos instantes las hojas verdes y amarillas. Caminaba por el pasillo con una mopa que avanzaba a ras de suelo, siempre, firme y desafiante por delante de sus pies. Me miró, y pensé que algo debió de pensar de mí. No lo sé, pero me miró a los ojos. Y en seguida volvió el profesor, acompañado por un técnico. Guardé el libro y miré las hojas, verdes y amarillas, que desaparecieron para siempre cuando se cerró la puerta al tiempo que arrancaba, por fin, el ordenador del profesor.

Jueves, 08 de Noviembre de 2007 21:14. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Ellos

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Se hacen fotografías, como el resto de los mortales. Les gusta verse retratados. Se regodean con sus simplezas, con aquello que les hace más felices y que no son los versos, ni los libros. Pero no les quema. O no sienten en realidad nada real, en los momentos en que creen desfallecer tras alcanzar la cota de la creatividad, el orgasmo del artista. Sólo tienen una sonrisa, que la muestran a todos los demás, siempre. Y nunca se cansan. Nunca deciden probar a dejar de probar. Fuman, beben, exprimen el limón del tequila, como la vida, hasta la muerte. Y no morirán de eso. Y no morirán. Y seguro que escuchan a los Doors, mientras. Y fuman. Y no paran de tirar mecha. Y no se quedan un viernes en casa. Y si lo hacen, estarán fumando, y creando, y llegando a otro tipo de orgasmos artísticos. Y se beberán la vida. Y sacrificarán su muerte. Porque vivir en un sueño y morir es todo uno. Y ellos están más allá de los sueños, de los sueños matinales de los que se duermen en el metro. Ellos no duermen, leen entre el humo embriagador de una somnolencia imaginaria y escucharán a los Doors, mientras. E inspiran. Y escriben. Y mueren.

Foto: Jack Kerouac en actitud contemplativa. Iba a poner a Bukowski, pero creo que ya ha protagonizado muchas de las entradas de mi blog… Y sería demasiado evidente.

Viernes, 21 de Septiembre de 2007 22:23. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Summertime, and the living's easy...

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No me gusta tener que decir hola a un desconocido. No me gusta justificarme, ni decirle a alguien cómo soy en realidad, y por qué tengo que aparentar lo contrario. Me gusta que me conozcan, que me descubran; no tener que explicar mis caras, mis gestos, mis gustos, mis cartas… La vida. Mis días. Pero cuando llega el momento no sabes mirar para otro lado. Y no, no es lo normal. Y no hay que ocultarlo. Y no hay que pensarlo. Y el calor me impide pensar con claridad. Y escribir para algo. Sólo tengo que pensar en lo que sentí después. Y no hacer nada más que seguir sintiéndolo. Porque si se repite, lo sentiré. Y me traicionaré. Y me deprimiré. Y lo pensaré… Y no quiero pensar más, porque mientras suene Janis Joplin habrá una meta... Habrá una puerta abierta, una puerta abierta hacia la Nada, que no obstante me llevará más lejos que cualquier mirada...

 

Domingo, 05 de Agosto de 2007 15:49. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Volando

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El traqueteo del metro la mantenía despierta. No sabía si cerrar los ojos para intentar olvidar, para hacer un último esfuerzo por disipar de una vez todas sus preocupaciones, todos sus miedos, o por el contrario leer el libro del norteamericano Kennedy Toole que sostenía en su regazo y que la sumergiría en otro mundo, un mundo no menos extraño y surrealista que el suyo. Pero no podía concentrarse en ninguna cosa, sólo podía observar, de frente y sin reparar apenas en ellos, a los viajeros que iban, como ella, a un lugar del que quizá renegaban, y venían, y que les mantenía, -quizá- alejados, al menos por unas horas, de la mezquindad de su vida, de los hombres y mujeres cuya única y principal función en su vida era humillarlos, acobardarlos y horadarlos hasta dejarlos sumidos en la más triste y hosca desesperación vital. Sí, a veces ella se sentía como uno de los protagonistas de la novela por excelencia de Truman Capote, aquel personaje que siempre sueña que todos los que le rodean intentan hacerle la vida imposible, desde la profesora que tuvo en el colegio, hasta el juez que le interroga o, sin ir más lejos, su amigo y compañero de andanzas criminales. Pero todos ellos recibirían algún día su merecido. Sí, para salvar al pobre Perry llegaría, tarde o temprano, ese Gran Pájaro Vengador que les daría picotazos a todos esos malditos hasta la muerte, para siempre. Esto pensaba ella desde el día en que descubrió que a nadie importaba que estuviera triste o dejara de estarlo, o que sintiera que todos iban contra ella, desde la persona que acababa de conocer, y sin motivo alguno, hasta la mejor amiga que siempre tenía mejores cosas que hacer cuando ella necesitaba desahogarse y contarle todas sus preocupaciones, o, simplemente, aquellas pequeñas cosas que de vez en cuando le hacían un poquito más feliz.

Ahora iba en el metro y pensaba que nada era más inmediato y real que su desesperación por la vida, y por la nada en forma de dirección. En sus orejas sonaba una nueva canción que siempre pasaba de largo y que había decidido quedarse con ella para inmortalizar ese momento para siempre, el momento en que dos extrañas personas entraban al metro y decidían sentarse a su lado. Las dos mujeres aparentaban ser unas prematuras ancianas extremadamente delgadas y llevaban el pelo muy largo y enredado, casi por la cintura. Vestían una camisa blanca y holgada, acompañada por un pantalón ancho, blanco inmaculado también. Su cara sólo delataba arrugas y algún disgusto bien llevado. ¿De dónde vendrían? ¿Y a dónde irían? Esas personas solitarias ¿qué pensarían? A pesar de estar sentada a su lado, de no poder tenerlas más cerca, no podía escuchar su conversación. Pero no importaba. La canción de Bloc Party, 'Banquet', sonaba a un alto volumen y a nadie parecía importarle. Nunca había sonado así. Y muchas veces, cuando nota que los que la rodean están percibiendo la música que ella muy felizmente disfruta escuchando, baja el volumen, inexplicablemente avergonzada. Pero al lado de las ancianas recién escapadas de algún centro mental, pensaba ella, nada le importaba ya. Podría ocurrir cualquier cosa, ella seguiría escuchando su música, ajena a cualquier perturbado mental que la mirara o a cualquier escena grotesca. Y cuanto más grotesca, mejor. No escuchaba lo que decían, sólo sentía el ritmo desenfrenado de los instrumentos sostenidos por la voz enérgica del cantante del grupo, pero al cabo empezó a percibir el fétido aliento de una de las mujeres de pelo enredado y piel arrugada. Se cubrió la nariz y giró la cabeza, pero no fue suficiente. Decidió entonces bajarse asqueada, en la siguiente parada, para seguir su camino en otro metro. Podría haberse sentado en otro sitio, haber cambiado de vagón, haberse alejado de allí, pero no quería ir más en el metro, quería alejarse lo más posible de esas ancianas de aliento devastador para siempre, de esa sensación de odio hacia el mundo, un mundo que a su vez estaba contra ella y contra nadie más, que siempre dedicaba los alientos más indecorosos e impensables a su pobre y siempre delicada pituitaria inflamada.

Ahora había subido al tren, y se sentó sola. No leía su libro, tampoco. Pero comenzó a mirar el paisaje industrializado, aunque también algo verde, que le mostraba el rayado cristal del tranvía. Se olvidó del gran pájaro que debía acudir pronto a salvarla de todos los malos, y decidió resignarse a la vida, sin más, a la nada, a la muerte, y a los alientos de todos los perturbados que, siempre, teniendo tan poco que decir, dejaban de vez en cuando escapar la vida, por su fea y arrugada boca, el aliento, y el pájaro que les estaba protegiendo en casa sin poder salir ni hablar con nadie. Sí, olía a pájaro muerto allí. Esas ancianas le habían matado, y ella, sin saber cómo, le mató abriendo por la tarde el libro de Kennedy Toole, o quizá estrellándolo contra su cabeza y sus grandes alas, hasta la muerte.

Lunes, 23 de Julio de 2007 21:20. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Te veo pasar (sin motivo)

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Intento mirar el papel, pero no veo nada. Las letras se tuercen, se desvían, se rebelan, se montan unas encima de las otras, y sólo veo cuerpos. Cuerpos pasar de un lado para otro, sin destino, sin fin. Sin motivo. Mi cuerpo y yo también pasamos, pero a mí no me gusta hacerlo. No quiero ser un cuerpo que pasa de un sitio para otro sin fin, sin destino, y sin recuerdo. Sin motivo. Sin motivo es todo lo que puedo decir. Todo lo que puedo decirte. Y que lo siento, pero pienso en ti sin motivo, sin esperanza, sin recuerdo; sólo esa figura, tu figura, tan familiar, me da un motivo para pensar, para sentir, para estar ahí. Es absurdo, en realidad no hay motivo. Estoy sola, en mi rincón solitario, rodeada de gente que no me deja ver a las personas, y sólo veo cuerpos, y de vez en cuando, a ti, pasando. Intento mirarte a los ojos, intento no desviar la mirada; no quiero que pienses que soy “yo”. Quiero parecer natural. Pero también desearía que me reconocieras. Aunque sé que ya lo haces. Cada vez lo haces. Cada vez me reconoces. Y siempre que las letras se me han montado tú estabas ahí. Podría parecer que en todos nuestros últimos encuentros yo estaba así, luchando contra las letras y las frases, ensimismada, mirando hacia el horizonte y sumergida en mis sentimientos, unos sentimientos de un orden superior y sobrenatural. Mis ojos esperando esa figura, familiar, para, enseguida y sin previo aviso, visualizarla y contener la respiración inconscientemente. Son tan sólo unos segundos, pero el corazón se rebela, también, y no puedo evitar que se me desboque alocadamente. ¿Por qué estás ahí y no eres sólo un cuerpo que pasa como los otros, sin más, ignorando mi presencia? Ahora no veo cuerpos, ni estoy tan sola, pero la imagen de tu figura aún no se ha ido acompañada por estas letras tan rebeldes, que me han vencido, y sé que se me desbocará el corazón otra vez, otra vez, esta noche, irremisiblemente, cuando te vea pasar. Esta noche.

Jueves, 31 de Mayo de 2007 21:31. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Malos tiempos para una soñadora

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Los recuerdos no dejaban a Emily concentrarse en el presente, recuperar el presente. Emily es demasiado vulnerable, pero lo había olvidado. Sus manos hasta entonces sólo habían sabido recomponer fragmentos olvidados de su pasado más reciente, que en nada se parecían a sus sueños, que nada tenían que ver con las fantasías que había estado alimentando a los 12, a los 14 e incluso a los 15 años. Pasó el tiempo y cumplió 16, 17, 18 años…, y sufrió, sufrió mucho, pero por fin aprehendió esas sensaciones que tanto había esperado, y se decía: “Sí, así tiene que ser; así es y no esperaré entonces nada más”. Pero Emily sabía que tenía que haber algo más, que seguramente ella no era de esas personas que sin hacerse cargo deshacen de un plumazo todas y cada una de sus ilusiones infantiles, de sus siempre añoradas pasiones de cuentos de hadas, - de cuentos de hadas  y princesas.

Ahora se había mirado al espejo. Y había visto en su lugar a esa otra Emily que escribía cartas de amor, que escribía sonatas para nadie, que por las noches soñaba despierta con su interlocutor ideal, a quien esperaba ilusionada: esperaba que algún día la rescatase de la tristeza, de la mezquindad y la crueldad del mundo, y de los demás, de todos los demás. Porque su interlocutor sería, por encima de todo, diferente a los demás; tal y como ella lo era. A ella la rechazaron siempre todos los demás y nunca supo por qué. Nunca supo por qué tuvo que elegir un día entre la introversión y el libertinaje. Nunca supo por qué había dejado de sentir repulsión cuando decidía, por su propia voluntad, hacer pasar por su interlocutor ideal a quien no era más que un embustero transmisor de ideales distorsionados. Tampoco supo por qué un día decidió comenzar a ser quien no era, y a edificar alrededor de sí misma una barrera infranqueable que sólo podía traspasar quien, no con paciencia, sino con engaños, desmanes y guiños superfluos, destruía los cimientos - y las bases más vulnerables y olvidadas- de sus fantasías de ingenua niña pequeña.

No sabía qué iba a pasar ahora, ahora que sus manos estaban, de pronto, haciendo de nuevo castillos en el aire, reconstruyendo un pasado alterado, disminuido y ya por siempre impertérrito. La película tenía que continuar, y ella debía continuar escribiéndola, debía continuar esperando. Esperando recuperar sus fantasías, aquellos sueños infantiles que tan feliz y deseada la habían hecho sentir. Sí, aunque sólo fuera eso. Y aunque sean éstos malos tiempos para los soñadores…

"Sin ti las emociones de hoy no serían más que la piel muerta de las de ayer." (Amelie)

Domingo, 13 de Mayo de 2007 01:50. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Cuando no te puedes dormir

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**Esto es una cosa (por llamarlo de alguna manera) que escribí el 03-10-2004, es decir, hace dos años y medio. Como veis, con o sin blog siempre he escrito... "cosas".

** La foto me la ha mandado George Clooney, porque como no sabía cuál poner, ésta es su manera de sugerirme que, cuando no me pueda dormir, me vaya con él a pasear bajo la lluvia.

Cuando no te puedes dormir te sientes extraño en tu propia habitación. Cuando no te puedes dormir tienes una sensación horrible, de vacío, de descontrol, de exacerbada impotencia; y, en última instancia, sientes algo así como si se acabara el mundo y solo tú estuvieses despierto; ¿qué locura, no?: como si solamente tú estuvieses despierto, lo que implicaría ser la única persona que lo percibiese, que percibiese el fin del mundo en el más misterioso y envolvente secreto.

Cuando no te puedes dormir te preguntas cómo has llegado otras veces (las más) a conseguirlo, tarea que no resulta extremadamente compleja, pero que en estos momentos te gustaría conocer a fondo y ponerla en práctica al instante y efectivamente.

Cuando no te puedes dormir te preguntas por qué tus ojos están cerrados si tu mente y tu corazón están a su vez tan abiertos; te preguntas por qué no puedes mantener tus ojos abiertos y pensar y reflexionar deliberadamente; y quizá sea porque tus ojos están aturdidos de ver tanto durante el día, o también, cansados de no ver nada.

El tiempo pasa de modo tan extraño, cuando no te puedes dormir, que sientes como si perdieses algo y a la vez ganases, ganases desvelos, que llevan más lejos que cualquier apacible e interminable descanso. Porque dormir y despertar es todo uno; es como dejar de ser por un momento, efímero y eterno.

Lunes, 07 de Mayo de 2007 14:29. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Verde sobre cemento

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Verde sobre cemento, por Archi Barro. 

La luz inundaba calles, parques y edificios; recorría las avenidas, se filtraba por el pelo rubio de las turistas, arrancaba destellos a los coches y envolvía todo en optimismo. Nada podía oponerse a su fuerza, a su luminosidad.

Eso es lo que mejor recuerdo: el sol, estar tumbado bajo el sol en Green Park, estirado como un lagarto, leyendo a Jack Kerouac. De vez en cuando se acercaba un balón de fútbol seguido de un inglés, o venía un perro a jadearme en la oreja, o simplemente pasaba las horas en soledad pública, antes o después de volver a aquel trabajo de plástico que organizaba mis horarios.

Cuando acababa de hacer centenares de cafés, fregar o subir cajas llenas de botellas de la bodega, arrastraba mis huesos por Londres, buscaba libros baratos y dormitaba en los parques. Los parques: verdes extensiones de tranquilidad donde refugiarse, aislarse al aire libre lejos de las cadenas de Starbuck’s o MacDonald’s, dueñas casi por completo de la ciudad.

¿Y los viejos bares con gordinflones colorados encaramados a la barra? ¿Dónde está la flema inglesa? ¿Y Mary Poppings, Sherlock Holmes y el pastel de carne? ¿Qué fue de los estirados gentlemen?

Ni rastro, sólo autoservicios impersonales, carteles publicitarios y precios altos.
Menos mal que hacía sol y quedaban los parques.

Martes, 24 de Abril de 2007 19:58. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Antología del tipo duro (Primera Parte)

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Ahora que he decidido hacer un experimento consistente en desengancharme de todo lo que a Internet se refiere, voy a poneros aquí unos textos que hace ya unos días dije a un amigo que le iba a publicar.

Antología del tipo duro (Primera Parte), por Archi Barro, especialista en Literatura y Política Internacional.

Bruce Willis está sentado en una silla, custodiado por dos maleantes. A Bruce le apetece fumar: saca un cigarrillo de su arrugada cajetilla y se lo pone en la boca; se palpa los bolsillos del pantalón y la cazadora, nada. Como no tiene mechero, pregunta al malo que está de pie frente a él: “¿Tienes fuego?”. “Sí, claro”, responde educadamente el matón. Y le acerca el mechero al cigarrillo con lentitud, como si tuviese cuidado de no moverse bruscamente. Cuando la llama va a encender el cigarro, el malo estrella un puñetazo con la mano libre en el mentón de Bruce, que boquea hacia un lado y escupe sangre. El cigarrillo ha salido volando. El maleante se parte de risa. Bruce se vuelve a poner recto, y dice: “Si me vuelves a tocar, te mato”. Está muy tranquilo. Saca otro cigarro y se lo coloca entre los labios. “¿Tienes fuego?”. “Sí...”, le acerca otra vez el mechero, y ¡bum! Le propina otro derechazo cruzado. El malo suelta una sonora carcajada y se dobla sobre su estómago, desternillándose. Bruce echa otro poco de sangre, pero en seguida se levanta y le coloca al malo un puñetazo ascendente justo debajo de la nariz. Suena un crujido seco y vemos la cara del sicario hundida por el medio, los ojos inexpresivos, la boca entreabierta. Se le doblan las rodillas, las hinca y se desploma de espaldas, como un fardo. Muerto. Bruce escupe algún diente, enarca las cejas y dice: “Te lo advertí”.

Martes, 24 de Abril de 2007 19:41. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Onírico remordimiento

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Anoche me dormí contigo. Estuve toda la noche por ahí, pensando en ti. ¿Por qué? No lo sé. Pero ahí estabas. Y entonces cuando volví a casa y me dormí, apareciste. Viniste por mí. Me cogiste las manos y me abrazaste. Yo intentaba escapar, pero no me dejabas. Y entonces lo que hice fue darte una paliza, lo único que quería era que te alejaras de mí. No sabía quién eras y te di tal paliza que te dejé inconsciente: un rodillazo, puñetazos en la cara, en la nariz, en la boca… No sé de dónde sacaba la fuerza. Quizá de que tú no hacías absolutamente nada por defenderte. Te dejabas maltratar por mí. Y cuando consideré que era suficiente y que había acabado contigo, me llevé tu cadáver a mi jardín secreto, para enterrar. Saqué una llave, abrí una puerta, y empujé una pared. Entonces lancé el cuerpo, que cayó entre la maleza, junto a otro de una chica desconocida con la que acabé también hace tiempo y ahora no recuerdo porqué. Al ver los dos cadáveres me sentí culpable. Y me pregunté cómo aún no se había descubierto lo de aquella chica. Me fui de mi jardín esperando que nadie supiera jamás de su existencia. Pero, pasados unos minutos, reapareciste. Habías logrado sobrevivir y escapar de mi misterioso jardín. Sorprendentemente, sólo tenías unos golpes y rasguños. Y me amenazaste, junto a otros dos como tú. Entonces tuve miedo, y te supliqué, te pedí perdón, lloré, pataleé, quise hacerte entrar en razón, y finalmente, conseguí que me comprendieras. Sabías que en el fondo te quería. Que cuando te pegué sólo quería defenderme. Que no sabía nada de ti pero sabía por qué me habías abordado. Y te comprendía. Entonces me besaste, y sería una insensatez decir que del resto no me acuerdo. De lo único que lamento no acordarme es de tu cara. Remordimiento. Sólo espero que no nos volvamos a encontrar. Aunque en el fondo lo deseo. Y sé que volverá a ocurrir. Esta misma noche, quizás.

Sábado, 21 de Abril de 2007 15:14. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Crónica de un concierto surrealista

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Ella cantaba. Estaba rodeada de un montón de personas que también cantaban. Hacían música de iglesia. Después descubrí que eran casi feligreses. Ella hacía coros. En realidad no se sabía si cantaba algo o no. El aparato en sus dientes, su gesto ridículamente infantil, sus alborotados rizos que caían sobre una chillona camisa morada de seda intentando -sin éxito-  esconder su prominente pecho, imprimían a la escena un carácter grotesco y espeluznante. Los instrumentos sonaban mucho más altos que las voces, lo que, en última instancia,- y en contra de lo que se pudiera pensar-, hacía que los cantantes  merecieran debidamente los aplausos que recibían.

 

Yo aplaudía hasta que me picaban las manos, - cosa que ocurría más pronto que tarde- mientras me imaginaba en el bar de enfrente, con mi hermano y mi padre, tomando unas cañas y viendo qué tal le iba al Real Madrid. Nunca me había interesado tanto el fútbol. Mi padre - como aquél que fue a por tabaco y no volvió- nos había dicho que iba al baño. Cuando mi hermano le llamó "a ver si le había pasado algo" y descubrió dónde se encontraba, no tardó en reunirse con él. Pero después salieron mi hermana y su grupo. Cambiaron los cantantes y los músicos. No había color. No había sermones. No había camisas de seda color morado. Mi cuñada hizo entonces una llamada perdida a mi hermano para que dejaran las birras y el fútbol y vinieran a lo que habían venido.

 

Tardaban en volver, y a mi madre empezó a darle un ataque de nervios. Estaba nerviosa, como todas las madres cuando tienen que controlar a la familia en un evento de estas características, ya sea una boda, un bautizo, o un concierto de su hija predilecta. Y a mí me ponía nerviosa que no dejara de hacer comentarios. La verdad es que, los conciertos, al darse en un gran salón de un centro de ocio, tenían un halo de acontecimiento familiar e incluso religioso. La nota espiritual la puso un tipo que mi hermano y mi padre decían que se parecía al de Arma Letal 2. Era extranjero, quizá europeo, de unos 60 años, tenía arrugas, el pelo blanco y los ojos azules. Portaba un chaleco negro sobre una camisa blanca, y en general parecía que se había esmerado en escoger su vestuario para la ocasión. Salió a escena, y haciendo gala de una grandiosa y elocuente verborrea, se esforzó todo lo que pudo para aleccionar como es debido a un numeroso grupo de corazones solitarios que necesitaba encontrar el camino, la respuesta, la salvación, la razón de la sinrazón.

 

Pude verle parlamentando emocionado ante el público cuando volví de tomarme una cerveza, con mi madre y mi cuñada, en el bar que había retransmitido minutos antes la derrota del Real Madrid. Yo había propuesto escaparnos empleando la misma excusa y el mismo método -llamada perdida cuando volviera a salir el grupo de mi hermana- que habían utilizando antes mi hermano y mi padre. No obstante, ellos no jugaron limpio, ya que nos llamaron antes de que, efectivamente, mi hermana hiciera su aparición en el escenario. Me cabreé de una manera importante, ya que, con las prisas, había tenido que beber más de la mitad de mi cerveza en cuestión de segundos. Juro que cuando llegué y me senté de nuevo en mi asiento, estupefacta ante la bromita de mi hermano y el espectáculo que estaba dando el feligrés, el alcohol ya se me había subido a la cabeza. No recuerdo ahora mismo haber bebido nunca nada tan rápidamente, excepto los chupitos de tequila reglamentarios del viernes pasado.

 

Al principio ya hacía calor, pero, cuanto más tiempo pasaba, más se cargaba el ambiente. Y mi cabeza. En qué hora me habría puesto ese jersey de cuello cisne, me dije. Mi hermano y mi padre no paraban de reír. Además de reírse del feligrés, - al que comparaban unas veces con el de Arma Letal y otras con Flanders, el de Los Simpsons- , decían que habían visto a un tipo que le hablaba a su mano. La cosa se ponía cada vez más surrealista. Yo también reía. Y cada vez había más asientos vacíos. La gente iba, venía, iba al baño, al bar de las cañas rápidas... Las luces del techo empezaron a fallar. Iban, venían, a veces nos quedábamos a oscuras, incluso una vez me pilló la oscuridad en el baño que había al lado, y me di un golpe tonto en la mano con la puerta al calcular mal las distancias. Mi hermana y una amiga ensayaban en el baño, hacían mmmm mientras entonaban todas y cada una de las notas de la escala musical. Cuando no me veían, - o sea, cuando estaba dentro del baño o cuando se iba la luz- , no podía hacer otra cosa que reírme estúpidamente de la situación.

 

La música pronto volvió a sonar. Los asientos volvieron a ocuparse. Debía de haber unas 150 personas. Echando una ojeada rápida a tu alrededor podías ver a un hombre mayor muy delgado, canoso, hiperactivo, que daba palmas de manera frenética al son de la música. También podías ver a un joven que llevaba puesta una camiseta de Jimi Hendrix, moreno, con gafas, y con un mechón de pelo más largo que el resto y que le caía de manera graciosa sobre la espalda. También se volvía loco dando palmas, debía de estar alcanzando el paroxismo de un dolor que sólo en él parecía tan placentero. Se había levantado de su asiento y bailaba como un verdadero demente. Después, si te dabas la vuelta, podías ver a David, pareja de mi hermana y fan de Los Beatles y en general de todo el rock de calidad que se ha creado en este mundo, que silbaba, aplaudía, y gritaba uuuuhhh emocionado cada vez que acababa una canción. Si dejabas de mirar a David y mirabas, simplemente, al frente, apreciabas la impasibilidad y excesiva quietud del cuñado del fan de los Beatles, que ni daba palmas, ni se movía, y me atrevería a decir que ni siquiera cambiaba la expresión de su rostro. Quizá todo ello fuera fruto de una incesante y atenta observación del ambiente. Pero yo, en cambio, sin levantarme de mi asiento, y sin dejar de observar y analizar todo lo que ocurría a mi alrededor, de vez en cuando sí daba palmas acompañando a la música, y también, me movía ligeramente de un lado a otro.

 

El coro al que pertenecía la joven espeluznante de aparato  en los dientes y camisa morada lo tenía difícil al lado del coro de mi hermana. Era la primera vez que actuaban. Era comprensible que fueran tan patéticos. Y tan cansinos. Cantaron una última canción, cuya letra proyectaron en una pantalla, a través del archi utilizado programa de ordenador Power Point, con dibujitos incluidos para ilustrar a la perfección el sentimiento que se desprendía de la letra de la canción: es Él, Él es lo que buscabas, nadie te escuchará igual que Él. Él es el Amor. El feligrés, al acabar el concierto, tomó de nuevo la palabra. Era para despedirse, y ofreció a todos los asistentes un café, un refresco y unos bollos. Y aparte de esto, nos instó a que compráramos alguno de los libros que se habían puesto a la venta en una mesita a la entrada del salón: El poder de la fe, La respuesta está en el Señor, Encontrar la salvación. O, en su defecto, si no queríamos dejarnos guiar por el camino del amor religioso y espiritual, nos dejáramos al menos guiar por el camino del altruismo y de nuestro eterno e infalible compromiso con Pepito Grillo, lo que significaba tener que dejar una ofrenda a la salida. "Pueden dejar algo, lo que sea, nos ha costado dinero alquilar este local", aseguraba un feligrés que ya hablaba mejor el español, mucho más terrenal y menos místico e inocente.

 

Según acabó de hablar el tipo de Arma Letal 2, acudí a husmear esos bollitos y ese café. Me avergonzaba ser tan golosa, e hice caso cuando mis padres y mi cuñada me dijeron que estaba loca si tenía intención de tomarme un café con bollos a las 10 de la noche. Pero sólo hice caso a lo del café, porque desde la mesita en la que estaban, no sólo me llamaban los lacitos de hojaldre, sino los bizcochos de chocolate y las magdalenas. La verdad es que bastante gente se estaba agenciando un café y un bollo. Un ágil y canoso hombre mayor que vestía un chándal multicolor y zapatillas deportivas intentaba hacerse paso entre la multitud para coger cuanto antes su bizcocho. Me dio miedo y apenas quise interponerme en su camino. Me esperé y le observé. Parecía un tipo solitario y fracasado, cuya única ilusión por la vida había quedado relegada a ese vistoso chándal y a ese bizcocho que iba a pasar a su estómago en cuestión de segundos.

 

Cogí entonces un bollo de chocolate y me reuní de nuevo con mi familia, esperando ver enseguida reflejadas en sus rostros miradas cínicas de reprobación y banales sonrisas de desesperación. En mi familia a veces me siento como una especie de bufón. Pero cuando volví con otro bollo de frutas y les dije que estaba muy bueno, a mi hermano también se le antojó comer uno. Le daba vergüenza ir y cogerlo. Entonces, para que lo hiciera yo una vez más, mi hermano -o sea, el empresario y director gerente- me dio nada menos que 70 céntimos para que los dejara de ofrenda cuando saliéramos. Así, sin defraudar a nadie y sin salir de mi papel de bufón, el coraje - o la locura surrealista que envolvía en general todo el evento- se apoderó nuevamente de mí y volví en busca de más bollitos.

 

Llegó la hora de irse; cuando salíamos por la puerta dejé la calderilla en una cesta de mimbre que había en una mesa y busqué con la mirada a la señora que había ahí sentada, quien, por fin, al verme, me sonrió cariñosamente. Esto me sentó casi mejor que los bollitos y la cerveza de antes. Salimos todos acalorados y un poco atontados. Nos montamos de nuevo en el coche de mi hermano y nos llevó a casa con el famoso GPS, que hizo las delicias de mi madre y que a mí me puso nerviosa una vez más. La espiritual música de ese coro y las palabras del feligrés de Arma Letal no habían conseguido, ni por asomo, conducirnos por el camino de la cordura.

Sábado, 17 de Febrero de 2007 12:33. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Only A Northern Song

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Ella no quería complicarse la vida. Esto es raro en ella, por lo que, finalmente, algo hizo que se complicase todo. El ciclo tenía que continuar. Como siempre. ¿Para qué dejar en paz a Alicia? Su vida necesita, constantemente, acción, drama, pasión; en definitiva, emociones fuertes. Unos días se encuentra en la cúspide del triunfo y la felicidad, y otros, en cambio, se siente descender hacia lo más bajo, como esta noche cuando volvía a casa. La pobre buscaba las canciones más decadentes que había en su mp3 para poder plantarle una orgullosa cara triste a este gélido 28 de enero.

Mientras terminaba de escuchar Light My Fire de los Doors, iba caminando ensimismada por la calle, encontrándose de frente con el sentido de la vida, encontrándose a sí misma siendo realista y coherente con su exacerbado idealismo, aceptándolo y sometiéndose a él; conteniéndose a la hora de dar patadas con sus botas a unas tristes colillas abandonadas en el suelo y que ya nunca más podrán ser las suyas. Busca después otra canción, y aparece Don´t let me be misunderstood. Sí, es bastante decadente; y mientras la escucha se caga en todo. Aunque los Doors en Light My Fire tampoco se caguen en nada, cuando la escuchó hizo exactamente lo mismo. Pero la canción que realmente necesitaba escuchar era Only a Northern Song, de los de siempre. Y es que exactamente se siente tal y como dice la canción: “It doesn´t really matter what clothes I wear, or how I fare or if my hair is brown… when It´s only a Northern song…”.

Lo siente mucho. Se pide perdón a sí misma por hacerse sufrir. Pero es que no lo puede evitar. Nada de lo que ocurre en su vida carece de importancia. Ella nunca hace las cosas con el único fin de matar el tiempo. Tampoco dice las cosas por decir. Y si alguna vez lo hace, algo en su pesada cabeza la dice que se lo tiene que creer. Y se lo cree. Quizá por eso la noche anterior durmió tan poco. Cuando se desveló y comenzó a revivir los emocionantes e intensos momentos que había vivido hacía tan sólo unas horas, supo que ya no podría volver a conciliar el sueño. “Quizá esos momentos fueron demasiado emocionantes”, piensa ahora. Y es que Alicia se entrega en todo lo que hace. En todo. No lo puede evitar. Quizá la seductora y problemática Carpe Diem siga por aquí, de alguna manera, haciendo una firme y efectiva oposición.

Sí, Alicia la está viendo. Es ella la culpable de que Alicia esté escribiendo ahora todas sus penas en una hoja en blanco. Carpe Diem está orgullosa de ella. Y yo puedo verlas a las dos. No hacen tan mala pareja como piensa Alicia. Son las 2.30 de la mañana y hace media hora que he vuelto a casa. Hace frío, y como es evidente, aún no me he metido en la cama. Ahora suena A Day In The Life. Es un buen momento. Y creo que esta noche dormiré bien. Estoy segura de que no tendré pesadillas como las que tuve la noche anterior; unas pesadillas en las que veía a la pobre Alicia abandonada, a las 8 de la mañana, perdida, triste y sin haber dormido; buscando una cafetería en la que desayunar en un pueblo de una ciudad y quizá de un país que no eran los suyos. Aunque sus amigos y yo veamos a Alicia siempre tan perdida, su intuición, sin embargo, siempre ha sido buena. Y sé que eso la fastidia enormemente. A veces la gustaría equivocarse. Pero es que, incluso cuando se equivoca, Alicia tiene razón.

Domingo, 28 de Enero de 2007 15:21. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Asesinar a Carpe Diem

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Ha llegado el momento. La señora Estabilidad Martínez ha de pasar a la acción. Ha de dar un golpe de Estado. La Señora Estabilidad Martínez es fea, pero muy inteligente. Y sabe que lo que tiene que hacer, tiene que hacerlo ya. En caso de que no lo hiciera, la estúpida, aunque suntuosa Carpe Diem seguiría haciendo de las suyas y acabaría provocando una desgracia. Carpe Diem se imagina embadurnándose de amor, de esperanza, de provocación en una noche de verano. Pero sabe que esa ya nunca más será su noche. Pensaba que había sido capaz de acabar con la Señora Estabilidad Martínez para siempre, que había conseguido ahogar sus súplicas y sugerencias en otros momentos escuchadas. Y es que, últimamente, Carpe Diem y Estabilidad Martínez no se llevaban nada bien. No podían convivir de ningún modo. Era una o era la otra, pero nunca se las podía encontrar juntas en la misma reunión. Además de no dirigirse la palabra, no soportaban verse, y ni siquiera oír, de boca de otras personas, anécdotas sobre la otra. Carpe Diem había resultado victoriosa de la última batalla entre ambas, -la Batalla de las Delicias 2006-, lo que la otorgó el título de Jefa de Estado del país de Sonikelandia.

El problema de Estabilidad Martínez es que apenas tiene amigos. Ella misma sabe que no llama la atención, que no hace gracia, que no sabe agradar a los demás, y, por eso mismo, se siente un poco desgraciada. Siempre tiene miedo, y prefiere esconder la cabeza, porque, como hemos dicho, es una señora un tanto fea, -poco agraciada físicamente, si se prefiere. Sin embargo, sus virtudes son manifiestas. Siendo siempre fiel a sus ideas, nunca se equivoca, y, por tanto, nunca se arrepiente de nada. No espera nada de la vida, se conforma con lo que hay. Le da igual salir a dar una vuelta una noche de verano que quedarse en casa mirando las estrellas desde la ventana de su habitación. Total, se va a aburrir igual… Y además, no está dispuesta a encontrarse con Carpe Diem, por supuesto. Eso sólo sería una locura. Porque Carpe Diem, una vez que te ha embelesado, no te deja escapar. La señora Estabilidad Martínez lo sabía, pero aún así, una extraña noche – aunque no de verano- decidió salir a encontrarse cara a cara con la irresponsable Carpe Diem. Y enseguida veremos lo que pasó.

Desde hacía un par de meses estaban llegando a oídos de Estabilidad Martínez rumores que apuntaban al malestar de Sonikelandia bajo el reinado de Carpe Diem. La verdad es que, tanto en lo económico como en lo social, Carpe Diem no estaba realizando una buena gestión. Teniendo en cuenta que se pasaba el día fuera de Palacio, emborrachándose, y que apenas dormía y descansaba, esto no es de extrañar. Estabilidad Martínez, como hemos dicho, no tenía muchos amigos, por lo que la iba a resultar difícil hacerse con el mando en el país de Sonikelandia, un país desordenado, conflictivo y, en definitiva, completamente inestable. A Carpe Diem, por el contrario, no era extraño encontrarla en cualquier bar con sus inseparables amigos Lady Decadence y Míster Hedonismo. Otros que nunca podían faltar eran la Señora Embriaguez, -que aunque se encontrara de paso en Sonikelandia, es muy española- , y el Señor Placer. Estabilidad Martínez, cuando decidió salir de casa para salvar Sonikelandia, tuvo tentaciones de cargárselos a todos. “¡Menuda panda de perros!”, pensó. “No saben lo que les espera”.

No obstante, la señora Estabilidad Martínez, cuando llegó al Bukowski Club, que era el bareto en que se encontraba Carpe Diem con sus amigos, se atemorizó sobremanera. Empezó a toser a causa del humo del tabaco que inundaba el ambiente, y cuando vio a Carpe Diem tan feliz como siempre, tuvo algo de envidia. No se atrevía a ir hasta donde estaba ella para decirle esas cuatro cosas que tantas vueltas habían dado en su cabeza desde hacía semanas. Fue cobarde, y, entonces, decidió llevar a cabo un plan que después traería muchos problemas al país, aunque no a Carpe Diem, que nunca desiste ni entristece.

Estabilidad Martínez volvió a casa y dibujó un mapa del país de Sonikelandia. Había decidido que sus ideas iban a ser escuchadas por la fuerza. Iba a atentar contra ese país. Quería dar un golpe de Estado, pero no se atrevía a hacerlo como toda la vida lo habían hecho los militares en ese país. Estabilidad Martínez no tenía ejército, se encontraba sola, no la apoyaba nadie. Así, se le ocurrió poner una bomba en el centro de Sonikelandia. De esta forma conseguiría que sus habitantes culparan de ello a Carpe Diem y pidieran la celebración de elecciones libres y democráticas. Estabilidad Martínez sabía que muy democráticas tampoco serían esas elecciones, puesto que ella iba a manipular y a coaccionar a los habitantes para que votaran en su favor.

Lo que debía haber hecho Estabilidad Martínez era asesinar únicamente a Carpe Diem, pero ésta, finalmente, no murió en el atentado. Aún no se sabe con exactitud si hubo víctimas, pero la magnitud del atentado fue tal que los habitantes de Sonikelandia comenzaron a tener miedo y, efectivamente, culparon de ello a Carpe Diem. Ahora, Estabilidad Martínez ha salido vencedora de las elecciones y está formando un gobierno de transición. Como es una señora triste y solitaria, una vez consiga asentarse en el poder, se compadecerá de Carpe Diem y la dejará un pequeño hueco en el Parlamento, quizá, para que lleve a cabo una pequeña oposición.

**Éstos son los efectos de la codeína. Si queréis os doy un poco.**

Viernes, 19 de Enero de 2007 19:49. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Cenizas de hielo

Escrito ayer a las 16.00

Creo que ya no hay nadie en mi árbol. Llevo tanto tiempo esperando a que se fueran todos, que he perdido mi conciencia de soledad. Soledad para nada, para nadie, para escribir cosas para mí, que no signifiquen nada para nadie. Me gustaría irme, no volver hasta que todo haya pasado. A veces hago las cosas porque sí, y luego me pregunto, ¿y por qué no? ¿Por qué no ocurre todo tal y como yo esperaba? Siempre es al revés, la realidad está en su propio mundo, y yo en el mío. Mis percepciones siempre son erróneas. Mis intuiciones no. Pero necesito saber que puedo escribir los silencios, que puedo ser capaz de interpretarlos sin pensar absolutamente en nada. Y no estoy segura de nada, pero hoy lo comprendo todo. ¿Habrá terminado ya esta historia? No lo sé, pero escucho y comprendo a aquello que me dice que no, y mi paciencia se vuelve ausencia, ausencia de odio, de rencor. Escucho y comprendo también al silencio arrebatador que me dice que el ciclo se volverá a repetir, que seguirá su ritmo, ¡que ya lo está siguiendo! Porque nunca finalizó, sin que yo sea consciente de ello. Esperaré en el difícil silencio, en el absurdo significado de esas palabras nunca enunciadas, o nunca conceptualizadas, que sólo desean volar, perecer, o arder entre cenizas de hielo.

Sábado, 13 de Enero de 2007 16:14. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Soy el autor impostor, ¿puedo escribir en tu blog?

***Nota del editor: Este texto debe ser entendido en clave de ficción. No obstante, si lo prefiere, el lector puede interpretar algunos pasajes de manera que arrojen luz sobre cosas que han tenido lugar.***

Se ha bloqueado. Su capacidad mental de analizar, asimilar o discernir se ha paralizado por completo. Este narrador sabe que realmente le gustaría encontrar un remedio. Pero, tristemente, lo único que podría salvarla ahora de su locura es precisamente la razón de esa locura, aquello que provoca ceguera en sus ojos y lucidez en su corazón, aquello que la hace pensar que todo merece la pena, que ella misma merece la pena. Cuando se siente sola, o triste, piensa en su objeto de adoración. Pero cuando está alegre y se siente bien, también lo hace; porque siente en su corazón la necesidad de compartir todo momento bello con esa persona tan especial. Hace exactamente un año, cuando le conoció, sabía que algo la vinculaba desde el principio de los tiempos con él. Era como si sus historias estuvieran escritas por la misma persona -o sea, por mí-. Ella, por entonces, creía que quería a otro, y pronto descubrió que nunca había querido a nadie en realidad, y que quizá, después de conocerle, ya nunca más lo haría.

El autor de sus vidas lo supo, supo que ella conocía el secreto, y entonces deshizo la historia de “no amor” de ella para hacer que se sintiera desarraigada de la vida y del amor y se volviera a encontrar a sí misma, volviera a ser la protagonista principal de la historia que había comenzado, hace mucho tiempo, a escribir para ella. Pero quizá ya ha pasado demasiado tiempo. Ahora se está volviendo loca. No sabe qué es lo que tiene que hacer. A veces piensa que no debería hacer nada, que debería quedarse quieta, en su mundo. Lo que aún no ha entendido es que su mundo es el de él, y que para que fuera posible que ella pudiera conseguir no hacer absolutamente nada, tendría que estar muerta. Entonces, una vez descartada la opción de quedarse quieta y en su mundo (que no existe como tal), baraja la siguiente alternativa, que es volverse loca definitivamente y haga lo que haga. Da igual en qué consista exactamente la otra alternativa. Ella cree que no seguirá teniendo éxito si continúa siguiendo sus impulsos. “Llega un momento en que hay que saber cuándo parar y retirarse a tiempo”, piensa ella.

Pero es al autor de su vida – y no a ella- a quien le corresponde hacer que, de vez en cuando, se le crucen los cables y decida seguir sus locos impulsos. Éste autor cree conocer el desenlace de esta historia, pero hay ciertos parámetros de la misma que se le escapan. Puede meterse en la mente de ella y ver que no había sentido nunca lo que sintió aquella noche en que miró –por primera vez- a los ojos a su objeto de adoración durante diez intensos segundos. Este autor sabe que ella le quiere, y se le antoja que le quiera, pase lo que pase, porque, queriéndole, ella es feliz. Y es por esto por lo que está intentando conseguir que él deje de pensar que podría defraudarla.  El problema, -en el que subyacen esos parámetros de la historia que todavía se le escapan- estriba en que, cuando consiga esto, aún no sabe exactamente cómo debería acabar esta historia tan compleja. Lo que sí tiene claro es que, acabe como acabe, alguien tiene que sufrir. Y, precisamente, la razón por la que la capacidad mental de ella está sufriendo en estos momentos una parálisis emocional, deriva del bloqueo, también mental, de este autor, que no quiere que ella sufra. Quizá esté intentando prolongar sus fugaces e ilusorios momentos de felicidad al máximo. Nunca le ha gustado verla llorar.

Lunes, 08 de Enero de 2007 20:43. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Historia de unas flores

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Estaban solas, o, mejor dicho, acompañadas por otras como ellas. No sabían lo que las esperaba. Aguardaban, en una fría noche navideña que aún ignoraban, a que alguien las rescatase del letargo al que estaban sometidas por naturaleza.

Madrid. Un restaurante, en el que se sirven ensaladas, pizzas, pasta y sándwiches variados, entre otras cosas. Una joven pareja sentada a una mesa. Él está enamorado de ella. Ella, en cambio, no siente lo mismo, aunque quizá hace cinco meses sí lo hiciera. Ahora quiere a otro. Sin embargo, este joven enamorado, esa noche iba a intentarlo de nuevo. Todo iba bien: conversación adecuada, que no interesante, risas, e incluso se podría decir que se estableció una buena relación entre ambos. De hecho, ella llega a dudar, por un instante, si ha vuelto a sentir algo por él, aunque enseguida resuelve que no, que es pura ilusión, pura ilusión sin presupuestar. Él cree que todo va bien y está dispuesto a llegar hasta el final. Las flores lo saben y conocen de antemano el momento en el que han de pasar a la acción.

Así, la joven adorada se levanta de la mesa para ir al lavabo. Y ellas le ven venir a él, que avanza con una sonrisa de entusiasmo, con un gesto de excitación nerviosa, pero a la vez confiada. Pasan de mano en mano, y ven billetes de colores, y una caja registradora que parece tener vida propia y que hace unos ruidos extrañísimos. Tienen miedo. Tanto ajetreo las puede llegar a desestabilizar de una manera importante. No obstante, entre las manos del joven enamorado, se sienten ya bien. Creen que ya nadie más las va a hacer daño, que en esas manos finalizará su inquietante destino.

En el momento en que la ven a ella, ya en la calle, empiezan a tener frío. Ven que todo el mundo, por la Gran Vía, va muy abrigado: abrigos, guantes, bufandas, en incluso algunos llevan un gorro para impedir que se les congelen las ideas. Las flores, sin embargo, observan que ninguno de ellos dos lleva gorro, y que él parece no tener ni pizca de frío. Ahora la observan a ella, y resuelven que es adorable. Realmente les gustaría pasar a sus manos, pero esta vez sin ver papeles volar por encima de sus cabezas y sin sentirse aturdidas por ruidos o por movimientos extraños. Ahora le miran a él. Parece preocupado, y cuando empieza a decirle algo a ella, sin previo aviso pero sin soltarlas, arroja las flores hacia el suelo. Ellas creen que es su fin, pero, a pesar de estar con sus cabezas a punto de besar el asfalto y en una postura como si estuvieran haciendo el pino, intuyen que no, que ese aún no es el momento en el que han de morir. Aún no han cumplido su misión, aunque no sepan muy bien cuál va a ser en realidad. De repente, como si se las hubiera dado otra oportunidad, son ascendidas de nuevo por las manos del joven, que las muestra, una vez más, aturdidas, ante la figura de la jovencita adorable. En ese momento él intenta besarla, y lo hace, pero ella no parece muy receptiva, y murmura algo lánguidamente mientras coge las flores de manera algo resignada.

Las flores, ahora en las manos de esta joven, se sienten menos vulnerables respecto a los momentos en que se encontraban en esas trémulas manos de ese chico tan nervioso. Con él, sentían la inevitable necesidad de comenzar, de un momento a otro, a comerse las unas a las otras para intentar aplacar ese ataque de nervios colectivo, ese baile de sambito en el que todas ellas estaban inmersas de la misma forma. Lo que no sabían es que entre ellas no se encontraban ni la Señora Valeriana, ni la Señora Tila, ni la Señora Manzanilla, y en ese caso nada podría ayudarlas a tranquilizarse. Sólo podían encomendarse a Santa Atenea, que, sin saber que no era una santa, -aunque sí una importante diosa, habían depositado una inexplicable pero ciega fe en ella.

La joven se despide del chico, y cuando comienza a andar en dirección metro Plaza de España, las flores notan que también está algo nerviosa, y que un aire de tristeza mezclada con preocupación inunda todo el gesto de su cara. Camina rápido porque llega tarde, y las flores vuelven a tener miedo. Cuando llegan a la boca del metro, ven acercarse otra jovencita, de la misma edad y circunstancias que la jovencita adorable a la que ya han cogido cierto cariño. Esta joven que aparece en escena parece enfadada, y grita "¡Cuarenta minutos!" Porque cuarenta minutos son los que ha tenido que esperar en la calle, pasando frío y sin saber qué hacer, leyendo a ratos un libro de Bukowski, fumando otros algunos cigarrillos sin parar, y utilizando su móvil cuando ya estaba hastiada por completo. Vaya, tener que escuchar esto ellas, que han estado anhelando durante millones de minutos a que alguien les diera una oportunidad, que han esperado estoicamente en un sitio en el que pasan y pasan cientos de desconocidos, y que unas veces está iluminado y concurrido, y otras, en cambio, inmerso en una enorme y solitaria oscuridad que en ocasiones puede llegar a ser desesperante.

La joven que, para ellas, ha estado esperando desquiciada durante esos cuarenta efímeros minutos, les parece, no obstante, agradable. Y sobre todo, divertida. Desde que fueran despertadas de su letargo por el joven enamorado y no correspondido en aquél establecimiento, aún no habían tenido la oportunidad de ver reír a alguien - o al menos, no de una manera sincera a la joven adorable-Observan ahora a la chica nueva que se ha unido a su aventura, y ven que no para de hacer preguntas, ¡y de mirarlas!, ¡como si fueran un estorbo! ¿Por qué lo hará? ¿Qué pasa, que nunca ha visto unas flores? Parece realmente una mujer hiperactiva, y parece que ya no está en absoluto enfadada por haber tenido que esperar, -si es que alguna vez lo estuvo en realidad-. Habla con un aire ligeramente retórico, a veces entusiasta, irónico e incluso cínico, que sin embargo aporta a su mirada y a su semblante una gran incógnita llena de pesares agridulces pero sobre todo, sugestivos. Ahora son conducidas, las flores, hacia el triste - aunque a veces muy útil- , metro de Madrid. ¿El destino? Línea 3 hasta Argüelles. Son observadas por los demás viajeros del metro.

Argüelles. 00:15 horas. Salen del metro pero vuelven a entrar. Ahora, Línea 4 hasta Bilbao. Sólo son dos paradas, pero las flores están, en este punto, verdaderamente inquietas, y preocupadas. Aunque ambas jóvenes les han resultado simpáticas y agradables, sospechan que de un momento a otro pueden ser abandonadas sin previo aviso, e incluso mutiladas y asesinadas. No en vano, escuchan de boca de la joven cínica que ella tiene experiencia en deshacerse de flores, y temen que ella sea una conocida asesina en serie de estos pequeños e indefensos seres vivos. Las pobres flores no son precisamente tontas e ingenuas, pero siguen teniendo miedo. Su destino no depende de ellas mismas. Y eso las fastidia enormemente. Tienen mucho frío y ya están cansadas de ir de un sitio a otro. Se conformarían, a pesar de todo, con que las dos jóvenes las condujesen a algún sitio calentito, tranquilo, y que las dejaran descansar un poco allí.

¡Sí, por fin! Han entrado a un bar. Nubes de humo de tabaco y una buena música no demasiado alta les dan la bienvenida. Las flores son colocadas, junto a dos abrigos y alguna bufanda, en una repisa. Están a gusto. Se quedan quietas y empiezan a quedarse dormidas. Suponen que ése es su último destino, que ahí es donde van a quedarse. No se atreven a preguntarlo, porque lo intuyen. Y se duermen.

Y, en este punto, ustedes se preguntarán: ¿qué significa todo esto? ¿Qué importancia tiene la historia de estas flores y de los personajes que aparecen en ella? ¿No es, acaso, una historia cualquiera? La explicación a todo esto es que la vida es un teatro. La vida no es más que un teatro, una comedia unas veces, en la que los papeles suelen estar bien designados. Una tragedia otras, que suele significar el fin de la parte cómica de la vida. Sin embargo, todo mezclado: tragedia, comedia y realidad, nos da un resultado cuya extraña propiedad no hace otra cosa que inquietarnos, ruborizarnos, encolerizarnos, - según el momento-, cuando lo que en realidad debería provocar en nosotros es aceptación, una elegante brisa de triunfo en nuestra mirada, un lapsus de pensamiento, de reflexión que hay que disipar de inmediato antes de que nos atrape por completo y nos haga arrepentirnos de las locuras que hacemos, de los besos que damos, de las cosas que decimos, de las idioteces que escribimos... Sí, la vida es un teatro y no merece la pena que nos preocupemos por nada, ni siquiera por unas pobres flores que jamás consiguen acabar su destino en las manos adecuadas.

Ellas lo sabían. En el fondo sabían lo que iba a ocurrir. Y podrían haber dicho algo. Podrían haber dicho algo antes de que se ejecutara el plan que habían concebido, estúpidamente, las dos jóvenes encargadas de "custodiarlas" hasta que llegaran a su próximo destino. Algo las despierta. Son cambiadas de lugar de reposo. Pasan de estar en esa cómoda repisa a ser colocadas en una mesita. Ahora están aún mejor, y además, desde ese lugar pueden escuchar perfectamente la conversación de las dos simpáticas, aunque algo imprudentes, jovencitas. Un ancho vaso que contiene whisky y coca-cola pasa una y otra vez cerca de las flores, rozándolas constantemente. La joven cínica no se lo toma con calma. Y al lado del vaso, que rara vez descansa más de cinco minutos seguidos en la mesa, hay un cenicero que provoca en las pobres florecillas verdadero pavor. Quizá, piensan, su destino sea simplemente, acabar consumidas por las insolentes llamas de unos cínicos e incansables cigarrillos rubios. Pero no, mientras observan, atemorizadas, todo esto, escuchan de labios de las jovencitas lo que va a ser de ellas finalmente, y que se va a concretar en algún momento próximo, a lo largo de la media hora siguiente. En este punto deben de ser las 2 de la mañana.

Ya saben que lo más seguro es que vayan a pasar la noche en ese bar tan interesante, en el que nadie habla demasiado alto, y en el que suena una música que no conocen, pero que las entusiasma verdaderamente. Creen que allí dormirán mejor que en el establecimiento en el que habían pasado tantas otras noches hasta entonces, y esto las hace sentir bien. Las hace desear, como nunca, seguir viendo el mundo. Se enteran, también, de que su próximo destinatario no va a ser una joven risueña y de ideas alocadas y un tanto absurdas, sino un joven que no sabe nada de esto, que no se lo espera; y precisamente es en este aspecto en el que radica la historia, en el que se va a materializar la locura del mundo, en el que se va a completar el ciclo teatral de la vida, de la vida de estas flores y de las jóvenes que las tienen en su poder, ahora ya con cierto cariño.

Quizá no debieron desprenderse de ellas. Pero lo hicieron. Y todo, en el teatro, ocurre por algo. La joven cínica, hoy, asegura que no sabe por qué lo hizo. Que fue una locura. Y la joven adorable, por su parte, reconoce que su plan tenía lagunas, y que no habían contado con lo que ocurrió después. Aunque aún no han hablado entre ellas desde que llevaron a cabo su plan, la joven cínica sabe que si le menciona a la joven adorable que todo esto le recuerda a la situación que se desarrolla en la novela de Truman Capote, A Sangre Fría, la joven adorable, -que no hay que olvidar que también es un poco cínica- esbozará una eterna sonrisa de complicidad, que no hará sino recordar aún más a la joven cínica que la vida es un teatro, un teatro surrealista, en el que ellas dos no son más que las encargadas de representar en él los papeles de dos criminales: Dick y Perry. No han hecho nada malo, sin embargo, pero si no hubieran hecho aquello, si en lugar de ello las flores hubieran ido a parar a un desolado cubo de basura de alguna desolada calle de la inquietante ciudad madrileña, ahora sólo sentirían un soplo de tranquilidad en sus vidas y no de desasosiego, de remordimiento absurdo, no menos absurdo que la acción que llevaron a cabo, y que las flores seguirán relatando a continuación.

Las flores lo saben todo. Y, aunque este narrador sea omnisciente, se permitirá la licencia de no revelar todos los detalles de esta historia, puesto que a veces no todo tiene una explicación convincente. Si la joven cínica no sintiera nada por ese joven al que decidió sorpenderle regalándole estas flores, no habría sido capaz de dejarse envolver por la locura surrealista que la hizo escribir en un casual papel en blanco unos torpes e incorrectos versos. Si su amiga no estuviera tan loca como ella, seguramente tampoco habría tenido lugar esta historia. Y... ya se sabe: el whisky hizo el resto...

Pero las flores son las únicas que lo entienden todo. Se emocionaron, como las dos jovencitas, en el momento en que levantaron el telón y decidieron pasar a la acción; aunque en realidad las escenas principales (y las más difíciles) las había protagonizado en solitario la joven adorable. La otra no quiso hacer ninguna gestión con las personas que iban a quedar encargadas de las pobres flores hasta que llegaran a su destino final. Ya tenía bastante con cargar con la "culpa" y con la autoría final del atentado -que, sorprendentemente para ella, sí fue objeto de sospecha después...

Pues bien, allí quedaron las flores, y nadie sabía cuánto tiempo iban a tener que esperar allí; ni siquiera estaba claro que las fuera a recibir la persona en cuestión... Quizá lo más importante, en realidad, no sea más que la suerte que han corrido ellas. A este narrador no le corresponde, sin embargo, contar el desenlace de la vida de estas flores, las reacciones de todos los personajes de esta historia, ni lo que ocurrió después en sus vidas. Quizá nadie comió perdices, ni las comerá nunca.... Lo único que se sabe del fin de esta historia es que las dos jóvenes se lo pasaron bien esa noche, y que al día siguiente una de las dos no podía soportar la carga de haber mentido cuando se la preguntó, intentando ocultar así lo que había hecho... Todas sus amistades, sin embargo, la felicitan por lo que hizo, y muchos desearían que les hubiera ocurrido a ellos. Dicen que eso sólo pasa en las películas. Se les olvida que la vida no es más que una película. Sin embargo, pasados unos minutos de la conversación, a instancias suyas y sufriendo un peligroso pero recomendable ataque de realidad, reconocen finalmente que sí, que fue una locura, y que no tiene sentido seguir ocultándolo por más tiempo.

Y es que la joven cínica no puede evitar sentir algo por ese chico. Sabe que él no siente lo mismo y ha intentado olvidarle en más de una ocasión. No sabe por qué narices tiene que quererle; a veces se pregunta si en realidad le quiere. Quizá, lo que ocurre, en última instancia, es que no se atreve a reconocer que este chico le interesa como nunca le ha interesado nadie. Le da miedo -y a veces vergüenza- estar sintiendo algo así por una persona a la que no conoce, con la que nunca ha cruzado una sola palabra, ni siquiera una simple mirada... Está dispuesta, a pesar de todo, a olvidarse de toda esta historia, a pedir perdón a ese chico por las posibles molestias causadas, por haberle mentido. Le gustaría, no obstante, que le diera una oportunidad, aunque sólo fuera una y aunque sólo fuera para ser amigos. Pero está, en fin, dispuesta a emular a Humphrey Bogart en Casablanca: a no entrometerse más en su vida y a dejarle ser feliz con quien quiera serlo, "as time goes by"...

Martes, 02 de Enero de 2007 12:42. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Un Cuento (malo) de Navidad

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Mientras Billy entrenaba con su padre al béisbol, su madre esperaba pacientemente a que acabara para servirle su merienda favorita: tortitas con chocolate. Aunque tuviera ya algunas caries, ni a Jules ni a Brenda les importaba demasiado que su hijo disfrutase de ese pequeño placer de la manera más especial. Era el día de Navidad, pero aún no se apreciaba claramente ese ambiente festivo, esa atmósfera de luces y felicidad que impregna la vida de una familia estadounidense en estas fechas.

Sin embargo, eso pronto cambió con la llegada de los tíos y primos de Billy. El tío de Billy era un rudo empresario de ciudad que se creía cosmopolita; y a lo que más se dedicaba en realidad era a decir a su mujer, la pobre Chloe, una y otra vez, que dejase de hacer caso a las tonterías a los niños: "¡bah bah bah, tonterías! Nada más que tonterías". Porque los niños, es decir, los primos de Billy, Martha y Peter, eran dos niños de apariencia dulce pero que siempre conseguían, de la manera más pérfida, que los demás les atendiesen en sus demandas absurdas y que actuasen según sus directrices. Quizás a Billy le ocurrió esto, y cayó en la trampa que le prepararon sus primos, en especial su prima Marta. O quizá fue al revés, y Billy se dejó guiar para conseguir él alguna otra cosa, de manera más astuta que sus primos…

No esperaron más, y los padres de Billy prepararon un café bien caliente para la visita, mientras fuera comenzaba fuertemente a nevar. Billy llevó a sus primos a su habitación para enseñarles los juguetes que le había traído Papa Noel la noche anterior. El perro gigante de peluche vestido de jugador de béisbol y con cara de asesino era el que más gracia hizo a su primo Peter, pero Martha, por su parte, prefirió el camión de bomberos que, en vez de apagar fuego, escupía u