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Primera conversación, en el día del debate

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El día del debate

Si yo hubiera nacido en otra época, ahora sería una vieja comunista que ha luchado por sus derechos y que acude a votar a Izquierda Unida de la mano de su nieto, del PP, como en el spot de ZP. Pero no, yo he nacido en 1984 y he podido comer nocilla cuando era pequeña y tener un teléfono móvil a los 16 años. Sin embargo, aun así, anoche en mi trabajo, según dijeron mis compañeros mientras me felicitaban, anoche “defendí nuestros derechos”. Cualquiera pensaría que la tía callada y amedrentada que a veces parezco habría sido la primera en guardar silencio, pero ahí donde me veis, fui la única en exigir algo a cambio de la sobreexplotación a la que nos querían someter ayer como consecuencia del debate entre Zapatero y Rajoy.

La verdad es que estuvo bien la experiencia y fue hasta emocionante. Al final me gustó quedarme. Os estaréis imaginando que pedí una paga extra o algo así, pero no, me conformé con que nos pagaran el taxi de vuelta a casa a todos, aunque al final nos dieron también un cheque de cena.

El taxista era el de siempre. Y ésta es la causa por la que he decidido abrir esta nueva sección en mi blog: "Conversaciones con un taxista". Razones para ello:

1) Los taxistas están locos.

2) Una vez a la semana cojo un taxi para volver a casa y se supone que cada vez es uno diferente (antes sí lo era, desde hace un mes el destino ha hecho que coincida con el mismo tipo siempre). Y por eso tendría material suficiente para escribir…

3) En tercer lugar, he podido observar características comunes que se dan de manera general en este gremio: los taxistas de Madrid no llevan cinturón. Aún no he visto a ninguno que lo lleve. Y por ello he pensado que recoger aquí sus andanzas y opiniones estaría bien. Al fin y al cabo, son héroes. Pasarán a la historia por ello.

4) En los viajes que hacen a lo largo del día, los sabios taxistas recogen a tanta gente y a tantas personalidades diferentes, que son unos genios a la hora de entender e interpretar el lenguaje gestual y, en definitiva, el pensamiento humano.

5) Escribir sobre ello me proporcionaría una excusa para entrenarme a la manera de otros escritores que empezaron escribiendo chorradas y la verdad es que me va a divertir hacerlo. Me acuerdo de otros taxistas que me llevaron en noviembre o diciembre, y los pienso retratar.

El día del debate vino el de siempre. El que me recogió un día que estaba especialmente cansada; pero el tío quería iniciar una conversación a toda costa, a pesar de mis monosílabos y gruñidos varios. Este tipo es, por decirlo de una manera que entendáis todos, un bakala. Pero no uno de esos pastilleros delgaducho, impertinente y con pintas. Éste es uno que tiene pinta de ir a una discoteca y quedarse en un rincón, sin pelearse con nadie y sin fuerzas para intentar ligar, limitándose a mover la cabeza a la manera del bicho ése que salía en un anuncio de Levi´s.

La conversación es siempre la misma. Hasta ayer, que ya me conocía de sobra. El primer día dudé de sus intenciones de ir a llevarme sólo a casa, porque se aprendió mi nombre y cada vez que se dirigía a mí la coletilla era pronunciarlo como si tuviéramos la suficiente confianza o como si esperara tenerla. Además, con un tono de voz como si el tío acabara de ver porno sobre taxistas y estuviera convencido de que todo lo que había visto iba a ocurrirle a él esa misma noche. Ese día sólo se dedicó a hablar él: “¿sales ahora no?” (Sí…); “¿estás cansada?”; “¿a qué hora entras?”. Luego hay un punto en el que se pone nervioso y empieza a subir y bajar la música, hasta que pregunta: “¿Te molesta la música, Sonia?”. “No, no, tranquilo”. Será que llega la canción que le gusta y quiere subirlo, el pobre; pienso. De hecho, a veces se pone a dar palmaditas en el volante intentando seguir el ritmo de la música, y si en ese momento estuviera solo en el taxi, seguro que se atrevería a proferir algún grito de satisfacción, tipo: ¡Qué temazo, colega!, o ¡joder, ésta es la hostia, la hostia!...

Después, cuando llegamos a casa, me dice “que descanses y que tengas un buen día mañana”. El segundo día que me llevó fue uno en el que tenía ganas de matar a alguien (yo. Él no sé). Porque me había ido a casa sin la carpeta en la que había fotocopiado cosas para entregar en un trabajo al día siguiente. Y me di cuenta a mitad de camino, así que tuve que volver en el autobús para recogerlo. El resultado es que cuando llegué al periódico era tan tarde, que tuve que llamar a un taxi para volver a casa (bueno, al metro, porque encima había quedado para que me dieran una cosa del trabajo de clase). La sorpresa llegó cuando vi que me recogía… ¡otra vez él! La misma conversación, calcada. Las mismas palabras y el mismo tono. En ese momento pensé que había una cámara oculta o algo. Pero así como yo me acordé de él, él parecía no acordarse de mí (o al menos eso es lo que yo pensé). La tercera vez (el domingo), cuando estábamos llegando a mi casa, sí se acordó. Ese día me contó que según me dejara iba a ir a tomarse un café porque tenía mucho sueño y “le estaban haciendo chiribitas los ojos”, vamos, que ya no veía un pijo.

Y lo más gracioso es que ayer pedimos tres taxis a la vez, y a uno de mis compañeros le vino a recoger un hombre mayor; a otro no sé, pero a mí me tocó otra vez ¡¡the bacaluti´s man!! No me lo podía creer, pero estaba tan cansada y a la vez tan aturdida después de 8 horas y media currando, que ya me daba igual, nada me iba a sorprender.

Anoche fuimos hablando del debate. Y ya no me preguntó si me molestaba la música, aunque el próximo día creo que me voy a tomar la confianza y le voy a llevar un disco de Wilco y le voy a decir que sí, que sí me molesta esa maldita música, aunque tampoco está tan mal para mantenerse despierto a altas horas, supongo. El caso es que él pensaba que el debate lo había ganado Rajoy, porque Zapatero había estado muy nervioso y “cuando tú sabes que has hecho las cosas mal, o sea, que no tenías que haber hecho algo, y lo has hecho, se nota”. “Cuando has mentido se te ve en la cara”, decía mi amigo. Y añadía que él está mucho peor ahora que hace cuatro años, y que sus padres son cerrados, socialistas de toda la vida, y esas cosas no las ven. Y que ahora querría ayudarles económicamente y no puede, y que antes sí podía. “Antes estaba chungo comprarte una casa, tía, pero ahora está peor, ahora es que ni se venden los pisos, o sea, eggg que no se venden ¿sabes?”

Después me preguntó en qué sección trabajaba y qué horario tenía, y le dije que aún no había terminado la carrera, que era becaria; a lo que se limitó a asentir, pero a los 10 minutos ya me estaba preguntando, como si yo no hubiera querido contárselo antes (dando por hecho que era evidente), que qué carrera estaba haciendo. “Ah, qué bonita, ¿no?”. (Y yo: Sí…, preciosa; y me acordé de todas las veces que en el periódico mi jefe y otros tipejos, cuando es tarde y está todo el mundo estresado y cabreado, se ponen a exclamar en tono irónico: ¡¡Hay que ver qué bonito es el periodismo!!) Después, el taxista decía que ahora hay muchas oportunidades para mi carrera, porque “antes sólo había dos cadenas” (lógica aplastante donde las haya).

En fin, para terminar, diré que en el ranking de taxistas locos quizá no podría entrar éste, aunque peculiar lo es un rato. El loco loco de verdad es uno que me llevó hace tiempo y que llevaba un jersey de los años 50, muy delgado y con pinta de alcohólico, que antes de recogerme (tienen que subir una calle y dar la vuelta a la rotonda para pasar por la puerta) me saludó moviendo los dedos de su mano mientras sonreía psicopátamente (si es que eso existe, que no, pero así lo hizo). Y se equivocó en la rotonda, por lo que empezó a dar marcha atrás hasta que le chirriaron las ruedas, con la “suerte” de que no anduviera por allí ningún coche de la policía. Después, una vez que yo ya había entrado en el taxi, el tío se empezó a equivocar de calles nuevamente y a parlotear sin sentido y a quejarse sin parar, pero sin dejar de reírse como un loco: “¡qué vergüenza, esto nunca me había pasado, si parece que cogí el taxi ayer y llevo 30 años!” Y me aconsejó lo siguiente: “Repíteme dónde íbamos; a ver si te voy a llevar a otro lado y mañana salimos en los periódicos: ‘taxista secuestra a chica’, jajajaja”. Y yo, agarrándome al asiento y buscando el móvil en el bolso: “Sí…ja-ja”.

Pero después de esto el tío empezó a decir cosas que ya no eran tan gores; ya no parecía tan loco, a pesar de todo. Se quejaba de que hubiera tantos inconscientes al volante (¡) y decía que él tenía un sexto sentido para notar qué conductores iban a causar problemas en la carretera. Sólo por la forma de conducir, decía. Y aseguraba que nunca se equivocaba, que un cliente se quedó flipado porque nuestro sabio taxista supo predecir un día un accidente. Y me contó que una vez persiguió a unos yonquis a los que vio quedarse dormidos al volante. Les siguió para llamar después a la policía, porque no se podía quedar así, sin saber qué pasaba con ellos, y que tenía miedo de que pudiesen provocar accidentes.

Bueno, después de esto, debería contar la conversación sobre política y periodismo que tuve con otro hace un par de semanas, un hombre tranquilo él, y lo del loco que se parecía a Faemino (el alto de él mismo y Cansado; y además hablaba igual), que iba a 140 por hora lloviendo a mares por la M-30. Ahí pasé miedo de verdad. Pero todo esto lo contaré otro día, o, ya que lo he contado por encima, me limitaré a contar lo de los siguientes. Ya no tengo más ganas de escribir, ¡y eso que he escrito todo esto por partes! ¡Hasta mañana!

Viernes, 29 de Febrero de 2008 19:19. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Conversaciones con un taxista No hay comentarios. Comentar.




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"Un artista debería crear cosas bellas, pero no poner en ellas nada de su propia vida. Vivimos en una época en que se trata el arte como si de una forma de autobiografía se tratase. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza. Algún día le mostraré al mundo cuál es; y por esa razón el mundo jamás verá mi retrato de Dorian Gray".
El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.

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