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Es domingo por la tarde. Son las 20.14 horas y en este momento me estoy preguntando muchas cosas trascendentales que, (como todas las cosas trascendentales) quizá no tengan explicación. ¿Por qué nadie escribe ya en mi blog? Desde que lo hice tuve la sensación de que triunfaría si hubiera comentarios, como en otros blogs. Sin embargo, pronto fui consciente de que el número de comentarios no tenía nada que ver con la finalidad de un blog ni con mi necesidad de seguir adelante con él. Pero ahora, al ver las estadísticas, la pregunta de por qué nadie colabora ni aporta nada se hace aún más oportuna. Últimamente me ronda la sospecha de que personas que me rodean, sin ningún tipo de cariño (aunque sí con dedicación), leen mi blog a menudo y lo buscan en google. ¿Quiénes son y por qué no tienen suficiente con leerme un día, y siguen entrando? Me ha extrañado también que mucha gente llegue a mi blog buscando cosas de música, de cine, o incluso de literatura. Y es normal que si sólo van a ver una página, no comenten nada ni hagan un seguimiento (como he hecho yo en otros blogs, en 1 o 2, concretamente). Pero escribir y lanzar una cosa a la blogosfera, aun sabiendo que me pueden estar leyendo millones de personas (o precisamente por eso), me produce últimamente una inexplicable y enorme sensación de soledad. Es como confesar cosas íntimas a un interlocutor enemigo, o al que no le importas en absoluto. Es como venderte. Vender tu alma. No sé, quizá no sepa explicarlo. Pero es así. Y lo de no saber ni quién me lee ni qué piensa de todo esto quien me lea, también me produce una sensación de estar desarmada ante ciertos peligros. Quizá sea hora de dejar esta aventura. Algún día tenía que llegar el momento. Al fin y al cabo, cada vez escribo menos, y mucho de lo que publico lo hago a los 3 días de haberlo escrito, porque siento que no merece la pena o porque, sencillamente, me da reparo, aunque no suponga, en un principio, ningún agravio para nadie. Quizá mis palabras, sean las que sean, en sí mismas, ya son un agravio, o ésa es al menos la sensación que tengo yo. O sea, que es la realidad. Sí, quizá haya llegado el momento de dejarlo. Al menos por un tiempo. Escribir forzada es lo que ya no pienso hacer. Y menos cuando tengo poco tiempo para ello.

Domingo, 02 de Marzo de 2008 20:34. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario Hay 4 comentarios.

En busca del tiempo perdido

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Sabía que iba a hacerlo al final. Hace unos días me dieron ganas de volver a escribir, pero no he tenido tiempo y, un día por otro, lo he ido dejando. La costumbre ya, quizás. En el fondo lo que quería era ver cuánto aguantaba sin escribir en el blog, pero finalmente, viendo que han sido tres semanas y un poco, y también gracias a algunos comentarios y algunos ánimos que he recibido de alguien en persona, he decidido retomar esto. Además, ahora que lo pienso, al decir que lo dejaba me he mostrado un poco soberbia, (por decirlo de alguna manera), en plan: aviso de que lo voy a dejar, o no… no lo sé aún, no sé si para siempre, pero amenazo con dejarlo para ver qué pasa. No lo hice por eso, sino para creerme yo un poco más lo de que lo dejaba, al ver ahí mi sentencia cuando entraba de vez en cuando al blog. Hombre, tengo que confesar que sí esperaba recibir algún comentario, al menos dos o tres. Y también me ha sorprendido ver el comentario de alguien que no me conoce y ha decidido dejarse caer por aquí más de un día. Por otra parte, esperaba también algún comentario en plan: “¡pues sí, ya era hora de que te fueras a tomar por culo, cansina tocapelotas!”, que finalmente no he tenido. Por cierto, además, el otro día, cuando le comenté a mi hermano que me van a cambiar de trabajo (bueno, sigo en el mismo sitio, aunque a partir del 1 de abril ¡¡ya no voy a corregir!! ahora, en teoría, ¡¡voy a escribir cosas!! en un suplemento de ocio y cultura en general que se vende con el periódico cierto día de la semana). Bueno, pues cuando se lo dije a mi hermano, va el tío y me suelta: “pues ahora podrías hacerte un blog”. A lo que contesto, con una sonrisa de incredulidad: “sí…podría”. Pero él continúa, incisivamente: “Ah, si ya te hiciste uno una vez, ¿no?”. (Se lo dije cuando lo creé y se metió un día). Y yo, “sí… me hice uno”.Y aquí se acabó. Fin de la conversación.

 

La verdad es que estos días, aunque no haya escrito aquí, no he dejado de escribir mentalmente. Sí, ya sé que no es lo mismo, pero en el fondo he pensado y he analizado muchas de las cosas que veo cuando voy por la calle, muchas de las cosas que dicen nuestros profesores y muchas de las cosas que se me ocurren porque sí, sin más. Por ejemplo, esta mañana una de mis profesoras (la más competente, no la otra) nos ha dado una clase magistral de Nietzsche. Cuando ayer preguntó si le habíamos leído, sólo levantó la mano la empollona de la primera fila para decir que se había leído Así habló Zaratustra. (Sí, lo sé, es ponerme a escribir y empezar a meterme con la gente, no lo puedo evitar. En fin, seré una cobarde; o que simplemente decir lo que son las personas no es más que un epíteto. Es como decir “la blanca nieve cubría los tejados del pueblo en que nací”. En realidad, blanca aquí no es ningún adjetivo. Es lo que es, y ya está. La pura realidad). Pues bien, nadie más, aparte de la empollona, dijo nada, y yo estaba pensando: “si es que, ¿cómo voy a decir que me he leído el de Zaratustra y el de El Nacimiento de la Tragedia si no me acuerdo de casi nada? ¿Si ni siquiera recuerdo haberme enterado de algo mientras lo leía? Sí, quizá sí me enteré, pero ahora mismo no sabría explicar nada sin volverlo a leer, a pesar de que Nietzsche me gusta y en selectividad saqué la nota más alta en Filosofía gracias a él. (Sí, soy muy lista yo, ya me estoy flipando). Bueno, aparte de todo esto, la profe que nos hablaba de Nietzsche decía que Nietzche decía que podemos hablar alguna vez ingenuamente, pero que nunca, nunca, nunca, escribiremos de manera inocente. En ese momento me dieron más ganas aún de recuperar el blog. Porque quiero seguir proyectando toda mi intencionalidad a través de la escritura. Y quiero ser, (como nos contó el otro día la profe de literatura española del siglo XX hablando de Unamuno), una escritora vivípara y no ovípara. O sea, que más que empollar algo y tomar notas antes de escribir, voy a seguir haciendo lo que, por otra parte, he venido haciendo siempre: sentarme a escribir… y lo que salga. Así, un poco al tuntún. Me gusta bastante improvisar. En realidad no podría hacerlo de otra manera. Y aunque muchas veces me he recriminado esto, al leer cómo el genial Unamuno justifica su nueva intención de convertirse en vivíparo (confesó haber escrito Paz en la guerra ovíparamente), me he sentido legitimada a seguir haciendo esto tal y como lo estoy haciendo.

 

En fin, serían muchos más los ejemplos de cosas que me apetecieron escribir en su día y no lo hice. Y aunque quizá alguien pueda pensar que el tiempo perdido no se puede recobrar, el no haber escrito me ha podido proporcionar ciertas cosas que ahora quizá no se puedan apreciar a simple vista. El tiempo nunca es perdido.

 

** Por cierto, no dejéis de escuchar a Cat Power, en concreto su nuevo álbum Jukebox.

Miércoles, 26 de Marzo de 2008 22:03. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario Hay 1 comentario.

Dar pistas al enemigo

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Tenéis que leer este artículo de Javier Cercas aparecido el pasado 23 de marzo en EPS (El País Semanal). Es muy bueno. A mí por lo menos me ha encantado. ¡Y habla de lo que yo pienso muchas veces respecto al blog!

"EN PUNTO"

Acaba de ocurrir lo que tenía que ocurrir: el articulista se ha quedado sin tema. El articulista lleva años escribiendo artículos y sabe que tarde o temprano todo articulista se queda sin tema, pero no sabe qué hay que hacer cuando llega el momento; lo único que sabe es que el momento ha llegado. Como cada dos semanas, a las doce del mediodía de hoy el articulista tiene que enviar al periódico un artículo de 90 líneas; sin embargo, ya son las diez y ni siquiera sabe sobre qué va a escribir. Sentado ante el ordenador, con las yemas de los dedos rozando impacientes el teclado, el articulista se angustia, intenta relajarse, se angustia otra vez. De repente se le ocurre un tema –un tema político: algo relacionado con las elecciones generales, que son inminentes y ya se habrán celebrado cuando su artículo se publique–; el articulista, sin embargo, descarta enseguida ese tema: cada vez que escribe de política se pone solemne, últimamente no para de ponerse solemne y corre el riesgo de que la gente descubra que en realidad la política le importa un pimiento y de que, en consecuencia, el periódico le despida. Apenas descartado este tema, se le ocurre otro –algo relacionado con Billy Bob Thorton, ex marido de Angelina Jolie, quien en una memorable entrevista declaró: “Dejé a Angelina para ver la tele”–; pero el articulista también descarta ese tema, y no sólo porque Thorton y Jolie le importen un pimiento, sino porque se trata de un tema demasiado frívolo y últimamente no escribe más que de frivolidades y corre el riesgo de que la gente descubra que en realidad es un frívolo redomado y de que, en consecuencia, el periódico le despida.

El articulista mira el reloj: son las once menos cuarto y, aunque ya ha escrito 26 líneas, sigue sin tema o sin un tema que no vaya a ocasionarle el despido; acariciando las teclas del ordenador, se angustia, se estruja el cerebro en busca del tema adecuado y, con la esperanza de que si se distrae lo encontrará, piensa en temas inadecuados. Como todo el mundo, el articulista sabe que hay tres temas que un articulista no puede abordar jamás: uno es los perros, otro los médicos, otro los taxistas. El articulista lo sabe por experiencia: en una ocasión escribió un artículo sobre perros y Vázquez Montalbán le propinó una colleja de la que aún no se ha recuperado, y en otra ocasión escribió sobre médicos y el buzón del periódico se atascó de cartas de protesta. ¿Y los taxistas? Temerario o desesperado, el articulista piensa que, ya que no sabe sobre qué escribir, debe escribir sobre taxistas: es la forma de demostrar que no es un articulista frívolo, sino comprometido, un intelectual insobornable dispuesto a abordar los temas que nadie tiene la valentía de abordar. El problema es que el articulista no sabe absolutamente nada sobre taxistas –ni, de hecho, sobre perros o sobre médicos–; claro que esto, bien pensado, no es un inconveniente; al contrario: el articulista sabe que, cuantos menos conocimientos se tienen de un asunto, más fácil es opinar sobre él, y que a un articulista no se le pide que sepa, sino que opine (la prueba es que él opina constantemente sobre asuntos de los que no sabe absolutamente nada y le va muy bien). Hay otro problema, y es que el articulista siente una simpatía irreprimible por los taxistas: en general, le parece gente seria, cordial y diligente; ese sí es un inconveniente insuperable, porque la primera norma de un articulista consiste en no hablar bien de nada ni de nadie (salvo, sutilmente, de sí mismo), y si a él se le ocurre escribir un elogio del taxista todo el mundo pensará que no es un intelectual insobornable, sino una sanguijuela dispuesta a conquistar a base de adulación el favor de los taxistas. En ese momento, sin embargo, el articulista recuerda algo que le ocurrió con un taxista. Fue hace algunos años, un día en que paró un taxi en el centro de Madrid; lo conducía una anciana apacible que enseguida se reveló como una conductora asesina, y, después de que realizara un par de giros suicidas sin poner el intermitente, sudando de miedo el articulista le imploró que lo pusiera. “¿Está loco o qué?”, le contestó la mujer, mirándolo perpleja por el retrovisor. “¡No hay que darle pistas al enemigo!”. Feliz, convencido de que por fin ha encontrado el tema de su artículo, el articulista piensa que quizá podría trazar un paralelismo entre los taxistas y los articulistas: al fin y al cabo, piensa el articulista, escribir artículos consiste en dar constantemente pistas al enemigo. Pero, vuelve a pensar el articulista, si de verdad escribir artículos consiste en dar pistas al enemigo, entonces lo mejor que podría hacer él es dejar de escribir artículos. De inmediato, este pensamiento le bloquea.

El articulista mira otra vez el reloj: son las doce menos dos minutos y sólo le faltan cuatro líneas para terminar el artículo y comprende que sigue sin saber de qué va a hablar. Escribe lo anterior y advierte que sólo le faltan tres líneas y piensa que a estas alturas ya importa un pimiento si el artículo es solemne o frívolo o comprometido o digno de una sanguijuela. Escribe lo anterior y piensa que sólo le faltan dos líneas y que, si no envía de inmediato el artículo, el periódico le va a echar. Escribe lo anterior y dan las doce y escribe esta línea y luego, con un alivio inmenso, envía el artículo.

Lunes, 31 de Marzo de 2008 22:57. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Lecturas veraniegas (y del resto del año) Hay 4 comentarios.




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"Un artista debería crear cosas bellas, pero no poner en ellas nada de su propia vida. Vivimos en una época en que se trata el arte como si de una forma de autobiografía se tratase. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza. Algún día le mostraré al mundo cuál es; y por esa razón el mundo jamás verá mi retrato de Dorian Gray".
El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.

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