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Loca

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Creo que me voy a volver loca. Nunca me había pasado lo que me está pasando este año con los exámenes. Llevo un tiempo sin escribir aquí con el fin de no perder tiempo, pero he llegado a la conclusión de que dormir, descansar, desconectar y desahogarse son maneras de que también se te “quede” la lección. Parecía que lo peor había pasado con los exámenes del viernes y el sábado, pero cuán es mi sorpresa cuando descubro que he caído en la trampa del señor C. al pensar que su examen sería uno de esos en que te lo lees, llevas los apuntes al examen y empiezas a divagar de la manera en que a él seguro que le gusta. Quizá sea verdad lo que estoy diciendo, mañana lo comprobaré. Pero la ansiedad que me sobrevino ayer,-una crisis peor aún que la del viernes noche ante la inminencia de aprenderme H. de la P.- me hizo reflexionar sobre algunas cosas. Si tanto me importaban los exámenes, ¿por qué no he empezado a estudiar antes? Sí, ya sé que he estado trabajando, haciendo trabajos de clase para las asignaturas en que no hacían examen y descansando. Pero sabiendo que tenía los exámenes tan mal colocados… quizá debería haberme imaginado antes todo esto. Por otra parte, no recuerdo haberme agobiado tanto como este año con el tema de los exámenes. Y recuerdo aquellos felices días en que estudiaba lo que podía – o lo que quería- y el día de antes me conectaba al Messenger como si nada o me ponía música para estudiar y me dormía a las 12 como una señora, y no madrugaba jamás para estudiar. Y luego llegaba y sacaba un notable. También hay que decir que la mayoría de las veces he tenido suerte. Y cuando me atacan las crisis de ansiedad –después de la gastroenteritis, anoche me salieron manchas y granos rojos por la cara que ya se me han quitado y empecé a respirar mal- para tranquilizarme pienso en aquellos también felices días en que me dejaba para el último día las 50 hojas de integración europea y me las aprendía y luego sacaba –eso sí, y gracias a dios- un 5. O cuando nos hicieron en Historia un examen con apuntes y habiéndomelo estudiado dos días y sin haberme leído entero el libro que mandó el profesor alto y feo, estuve entre los 6 que aprobamos. Si he sido capaz de hacer eso, me digo, ahora también podré con esto. Siempre he pensado que el asunto de los exámenes no es de suerte o no suerte, sino que tiene que ver más bien con el concepto de justicia. Si has ido a clase, has aprendido y has dedicado un mínimo de tiempo de tu vida a prepararlo, aprobarás. Sin embargo, ahora estoy poniendo en duda esa idea, aunque los dos últimos y primeros exámenes que he hecho han contribuido ligeramente a que me quite de la cabeza esa idea de catástrofe. Veremos el jueves cuál de las dos ideas ha ganado este año…

Lunes, 04 de Febrero de 2008 11:53. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario No hay comentarios. Comentar.

Volvió a casa... pero no para quedarse

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Vengo ahora mismo de recoger de comisaría el bolso que me robaron. Después de más de un mes, recibo ayer la llamada de un policía en la que me dice que lo tienen. Por fin cogí el teléfono después de un par de días en los que me llamaba ese número y siempre estaba dormida, o haciendo algo, y yo pensaba que era mi compañera de clase con la que tenía que entregar un trabajo. En total me llamó tres veces a lo largo de día y medio, ese número.

Una voz de hombre mayor, campechana y entrañable al otro lado del teléfono, cuando contesto “¿Si?”, me dice que “por fin, ¡ha habido suerte!” (…) “Tenemos aquí tu bolso, negro, grande; tienes el DNI en la cartera junto con más papeles y una botella de agua, que me la he bebido ya entera desde que te estamos llamando y no lo coges”. (Hala, qué exagerado el hombrito, pienso yo). “Bueno”, (continúa), “también tienes aquí un aparato…” Y yo, con un emocionado tono de voz, casi gritando: “hala, ¿el mp3?”. Y él: “no, no, un aparato de esos, así… de esos como para respirar”. (Ah coño…. El jodido ventolín, que lo suelo llevar en el bolso por si algún día me entra mucha alergia y lo tengo que usar. Vaya mierda). Bueno, aun así, esta mañana he ido con mi madre a por el maldito bolso. Estaba el hombrito, que muy amablemente nos lo ha dado. “¿Eres Sonia, verdad? “Sí”, le contesto. “Lo digo por la pinta.”, me dice. Y me imagino que dirá eso porque ha visto mi foto del DNI, no por la pinta de “robada”. O más bien, porque una mujer de 50 y pico años, o sea, mi madre, no iba a ser Sonia, así que tenía que ser yo.

Nos llevamos el bolso a casa con cierto asco y cuando llegamos procedemos al análisis: con guantes de plástico en las manos, miramos todo lo que había en los mil y un bolsillos que tiene (o mejor dicho, tenía) el maldito bolso. Lo curioso es que el DNI estaba (con dirección de mi pueblo), la tarjeta de Universidad estaba, la Sanitaria estaba, la del trabajo estaba, pero no las llaves de casa, que, por cierto, los ladrones lo habrán flipado si han apuntado la dirección y han ido a mi antigua e inhóspita casa de la sierra.

Otra curiosidad es que el libro que llevaba dentro y del que me examinaba cinco días después de que me robaran, tampoco estaba. ¿Para qué coño querían los ladrones un libro de liderazgo? Bueno, la teoría de mi madre y del poli es que la persona que entrega el bolso en comisaría “le pega” otro “repaso”. Así que igual el/la que ha efectuado la entrega es una persona interesada en temas de empresa y liderazgo profesional. Y no pudo resistir la tentación de quedarse con ese genial e interesantísimo ejemplar de John Adair, el experto en liderazgo centrado en la acción. Nunca se sabe. Otra curiosidad es que el abono transporte sí estaba; aunque nos dimos cuenta después, al proceder al análisis mi madre y yo, de que el billetito de enero sí que se lo habían agenciado los ladrones. Después estaban mis pintalabios preferidos (a la basura han ido todos) y el stick anti dolor de cabeza, (a la basura también). He encontrado también, en la cartera, el ticket de 20 euros del taxi de aquel día, que lo tenía que entregar en el trabajo y en su lugar les facilité una copia de la denuncia; el programa de la exposición de Roma SPQR que había ido a ver el día de antes, también estaba. Y un paquete de chicles, y un lápiz con el que iba subrayando el libro del examen.

En fin, muy curioso todo. ¿Dónde habrá estado durante estos 30 y tantos días mi bolso? ¿Por qué manos habrá pasado? ¿Por cuántas? ¿Y qué habrán pensado los ladrones al ver y, a su vez, analizar mis cosas? ¿Habrán disfrutado las 143 canciones que había en mi mp3? Ahora tengo que ir con uno viejo en el que entran sólo 26, y que encima va a pilas, no con cargador como el otro. Así que ya sabéis qué regalarme para mi cumple. He dicho.

** Ah, ya terminé los exámenes, el jueves pasado. Y después de unos días de inexplicable bajón, estoy mejor y ya me creo que por fin haya podido dejar de lado las pilas de apuntes y de libros sin leer. Me han dado una nota, del que -creo- es el que peor me salió, y estoy aprobada. ¡Yoho! Ahora sólo falta irme de viaje ¡a París!

Miércoles, 13 de Febrero de 2008 14:21. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario No hay comentarios. Comentar.

Ellos me hacen feliz

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Venía en el metro mirándome en el cristal de enfrente y sorprendiéndome a mí misma, pensando: ¿Qué cara tendré cuando escribo delante de la pantalla del ordenador? Si lo hiciera más a menudo, como antes, quizá podría recordar o intuir –recordar la intuición de- ciertos gestos, o algo así. Pero no, ahora que intento analizarme -no tengo, evidentemente, ningún espejo enfrente, sólo la pantalla de mi ordenador nuevo y la pared con recortes de los Beatles y un mapamundi-, creo que estoy con los ojos muy abiertos y con el ceño fruncido, no exactamente como cuando te enfadas porque se te olvide el móvil cuando ya has salido de casa y vas por la calle o como cuando tu compañero de trabajo te habla de cerca y notas/constatas que no se ha lavado los dientes después de comer. No, no es un ceño de cabreo, sino más bien de concentración. Quizá, cuando se me ocurre alguna idea ingeniosa mientras escribo –no todo lo tengo previamente en la cabeza, o si lo tengo le acabo dando una forma diferente- el ceño cambia y se convierte en un gesto que expresa una mezcla de felicidad y satisfacción, que no se traduce en sonrisas, sino más bien en una mueca de aprobación – de aprobación a mí misma-. Hace tanto que no escribo con regularidad, que me cuesta saber dar el punto exacto al sentido de lo que digo o la correcta concordancia a las frases que estoy escribiendo.

Me han dicho que debería escribir más, pero últimamente me he encontrado con limitaciones que podrían entenderse mejor como excusas –falta de tiempo, exámenes, estrés, cansancio- y que realmente se refieren a una inabarcable falta de inspiración. (¿Puede ser inabarcable una falta de algo?)

He leído poco, además, estos días. Por fin me terminé en Navidad Ponche de Ácido Lisérgico de Tom Wolfe, que os lo recomiendo si tenéis narices y aguantáis esa forma de escritura, amén de las 450 páginas en las que –casi- nunca pasa nada. Y ahora estoy con La Señora Dalloway de la cansina de Virginia Wolf. La verdad es que esta tía escribía lo que se le pasaba por la cabeza y se quedaba tan ancha. Más o menos como lo que hago yo aquí (la diferencia es que ella lo hacía mejor, claro). He dicho que es una cansina pero en realidad me gusta cómo y lo que escribe porque muchas veces no lo entiendo. Sí, parecerá una paradoja, pero está todo lleno de metáforas y muchas veces el sentido que les da ella sólo lo entiende ella, no yo. Pero me lo imagino y le doy otro sentido, lo aplico a lo que a mí me da la gana, a lo que me ha pasado alguna vez o al sentimiento que he tenido algún día y que ahora no recuerdo y que nunca supe expresar con palabras ni con imágenes. Wolf se mete en las cabezas de los personajes y sabemos exactamente lo que piensan y lo que sienten.

Bueno, creo que voy a dejar esta retahíla de temas inconexos y diré por fin que mañana vuelvo a las clases –nuevas- y espero que –de alguna manera- me gusten. Debería irme pronto a dormir porque me espera una semana de aguante y no quiero estar mohína. Entre ayer y hoy he aprendido a hallar la felicidad en las pequeñas cosas que hacen la vida –mi vida-. Y me he encontrado entusiasmándome ante la idea de –antes de meterme en la cama y arroparme con una cálida mantita- despertarme por la mañana y tomarme un café con galletas o ante la idea de ir a trabajar un domingo después de haber comido con mi familia un cocido. Y darme una ducha relajante antes de ponerme el pijama y escribir aquí, habiendo llegado a casa sana y salva, sin jaqueca y con un SMS en el móvil.

P.D: La foto responde a la felicidad que me proporciona contemplar un buen ejemplar de hipopótamo. Sí, nunca lo había dicho aquí, pero los hipopótamos también me hacen feliz.

Lunes, 18 de Febrero de 2008 00:37. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario No hay comentarios. Comentar.

En Lavapiés

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Esto es un relato que escribí un día que me quedé en casa y me apetecía vivir aventuras fuera. Hay muchas elipsis, y, por otra parte, no es nada del otro mundo, pero el caso es publicar algo, ¿no?

 

Cuando llegué, decidí llamar a mi amiga Amaia para ver qué hacía. Había ido leyendo en el autobús “Música para camaleones” de Truman Capote, en concreto la historia de un hombre ciego que conocía a una mujer que parecía que le quería mucho porque le cuidaba y estaba siempre a su lado pero que se acababa yendo con otro, dejándole abandonado en un desierto. Allí el ciego conocía a un tipo de 40 años que a su vez es quien le está contando esta historia a su mujer, una tía que se lía con su psicólogo y que, al mismo tiempo, le busca líos de confianza, (es decir, amigas suyas) a su marido, para que éste no se aburra y se siga sintiendo atractivo a pesar de las canas, la barriga y la papada. La verdad es que no me acuerdo ya de cómo acababa la historia, pero no pude sacar finalmente ninguna moraleja. Quizá la moraleja es que las buenas personas siempre acaban jodidas, o que, simplemente, dejémoslo así, las personas acaban jodidas. O que, hagan lo que hagan, las personas acaban jodidas. O quizá la moraleja es, sencillamente, que no hay moraleja alguna.

Cuando Amaia descolgó el teléfono me dijo que estaba tomándose una copa en un sitio bohemio de Lavapiés. Me extrañó que estuviera en esa zona, porque nunca hemos salido por allí. Y así, ante la curiosidad de descubrir cosas nuevas, me dirigí allí en el metro. Creo que cuando encendí el mp3 sonó Hand In Glove de los Smiths, a la que siguieron canciones de Jefferson Airplane, y por supuesto, del maravilloso T. Rex.

Me bajé en 10 minutos del metro y lo primero que vi fue a un tipo liándose un porro y escupiendo después en el suelo. Hice todo lo posible por alejarme para no tener que esquivarlo y continué andando hacía el pub bohemio en el que estaba Amaia. Por el camino me crucé con una pareja de sudamericanos que iban discutiendo: el tío no dejaba de gritar y movía las manos enérgicamente como si estuviera luchando contra fuerzas ocultas, con el aire; y la mujer caminaba a su lado mirando siempre al suelo, sin decir nada, resignada y como si fuera la misma cantinela que había de escuchar y sufrir todos los días. Quizá miraba al suelo pensando que su salvación le llegaría después de querer sin remedio a ese hombre todos los días de su vida, hiciera lo que hiciese él, y que, en realidad, pensaba, el amor es aceptar esas manos luchando (en el mejor de los casos) contra el aire que ambos respiraban.

Se abrió la puerta del pub y entró un hombre grande aunque no entrado en carnes, con rizos en la cabeza y en los mofletes, y con unas gafas de pasta colocadas encima de una nariz de 30 años. Tomó asiento a nuestro lado y pidió un whisky. Nos observó y preguntó si teníamos “fuego”. Yo, que me encontraba justo en ese momento exhalando el arrebatador humo de un cigarrillo rubio, extendí mi mano y le encendí el suyo. Me dio las gracias y me dijo que por qué estábamos en un sitio como ése con la pinta de niñas pijas y tontas que teníamos, que deberíamos estar mejor en algún garito de Moncloa o la Castellana. Amaia no contestó, se limitó a reír y a buscar, para calmar su excitado nerviosismo, un Nóbel de la cajetilla que ambas compartíamos. Yo también reí y le expliqué que los sitios de Moncloa no nos gustaban demasiado y que, además, nunca hay que fiarse de las apariencias. En este sentido, me acordé de mi blog y pensé que quizá aquí se resuma toda mi personalidad, toda mi intimidad, o sea, que conociéndome en persona y leyendo esto, la persona que lo hiciera ya podría entender a todas las sonias que hay en mí. Pero no, esto no es así, pensé. Y se me ocurrió que quizá nunca acabamos de conocer a las personas, de conocernos a nosotros mismos. No sabemos, aún, qué somos y qué no somos capaces de hacer. Y cuando, manipulados por el subconsciente o por el tradicional afán irresistible de conocer (que muchas veces viene por vocación), nos inmiscuimos en alguna esfera de conocimiento que no nos corresponde (o sí), concluimos que no debe haber ningún efecto colateral, que es mejor no hacer absolutamente nada, no actuar, así como si hubieras viajado al pasado y hubieras seguido el consejo de no tocar nada para no modificar algo que, por lo que sea, tiene que ser de una determinada manera y no de otra. Si no hubieras ido al pasado, no sabrías lo que podría haber sido o sería ahora si hubieras cambiado algo, así que mejor no digas ni hagas nada y limítate a vivir con lo que sabes y conoces de lo que efectivamente tienes por conocer.

Todo esto lo había pensado antes de llegar a Lavapiés, y lo volví a pensar mientras hablaba con el melenudo ese. En realidad, no había dejado de pensarlo en toda la noche. No se me iba de la cabeza. ¿En qué estaría pensando? Y, en vista de que el asunto no me dejaba continuar libremente atendiendo a mis normales y cotidianos pensamientos, decidí escribir cuando llegara a casa. Al fin y al cabo, es lo único que nos queda. Lo que nos diferencia de los animales: la palabra, hablada (bien hablada) y escrita. Llegará un día en que no haya nada, pero los libros de Truman Capote nos sigan esperando en las estanterías, y el Word de los ordenadores o los bolígrafos y folios en blanco nos salven de la crueldad del mundo.
Viernes, 29 de Febrero de 2008 18:56. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar.

Primera conversación, en el día del debate

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El día del debate

Si yo hubiera nacido en otra época, ahora sería una vieja comunista que ha luchado por sus derechos y que acude a votar a Izquierda Unida de la mano de su nieto, del PP, como en el spot de ZP. Pero no, yo he nacido en 1984 y he podido comer nocilla cuando era pequeña y tener un teléfono móvil a los 16 años. Sin embargo, aun así, anoche en mi trabajo, según dijeron mis compañeros mientras me felicitaban, anoche “defendí nuestros derechos”. Cualquiera pensaría que la tía callada y amedrentada que a veces parezco habría sido la primera en guardar silencio, pero ahí donde me veis, fui la única en exigir algo a cambio de la sobreexplotación a la que nos querían someter ayer como consecuencia del debate entre Zapatero y Rajoy.

La verdad es que estuvo bien la experiencia y fue hasta emocionante. Al final me gustó quedarme. Os estaréis imaginando que pedí una paga extra o algo así, pero no, me conformé con que nos pagaran el taxi de vuelta a casa a todos, aunque al final nos dieron también un cheque de cena.

El taxista era el de siempre. Y ésta es la causa por la que he decidido abrir esta nueva sección en mi blog: "Conversaciones con un taxista". Razones para ello:

1) Los taxistas están locos.

2) Una vez a la semana cojo un taxi para volver a casa y se supone que cada vez es uno diferente (antes sí lo era, desde hace un mes el destino ha hecho que coincida con el mismo tipo siempre). Y por eso tendría material suficiente para escribir…

3) En tercer lugar, he podido observar características comunes que se dan de manera general en este gremio: los taxistas de Madrid no llevan cinturón. Aún no he visto a ninguno que lo lleve. Y por ello he pensado que recoger aquí sus andanzas y opiniones estaría bien. Al fin y al cabo, son héroes. Pasarán a la historia por ello.

4) En los viajes que hacen a lo largo del día, los sabios taxistas recogen a tanta gente y a tantas personalidades diferentes, que son unos genios a la hora de entender e interpretar el lenguaje gestual y, en definitiva, el pensamiento humano.

5) Escribir sobre ello me proporcionaría una excusa para entrenarme a la manera de otros escritores que empezaron escribiendo chorradas y la verdad es que me va a divertir hacerlo. Me acuerdo de otros taxistas que me llevaron en noviembre o diciembre, y los pienso retratar.

El día del debate vino el de siempre. El que me recogió un día que estaba especialmente cansada; pero el tío quería iniciar una conversación a toda costa, a pesar de mis monosílabos y gruñidos varios. Este tipo es, por decirlo de una manera que entendáis todos, un bakala. Pero no uno de esos pastilleros delgaducho, impertinente y con pintas. Éste es uno que tiene pinta de ir a una discoteca y quedarse en un rincón, sin pelearse con nadie y sin fuerzas para intentar ligar, limitándose a mover la cabeza a la manera del bicho ése que salía en un anuncio de Levi´s.

La conversación es siempre la misma. Hasta ayer, que ya me conocía de sobra. El primer día dudé de sus intenciones de ir a llevarme sólo a casa, porque se aprendió mi nombre y cada vez que se dirigía a mí la coletilla era pronunciarlo como si tuviéramos la suficiente confianza o como si esperara tenerla. Además, con un tono de voz como si el tío acabara de ver porno sobre taxistas y estuviera convencido de que todo lo que había visto iba a ocurrirle a él esa misma noche. Ese día sólo se dedicó a hablar él: “¿sales ahora no?” (Sí…); “¿estás cansada?”; “¿a qué hora entras?”. Luego hay un punto en el que se pone nervioso y empieza a subir y bajar la música, hasta que pregunta: “¿Te molesta la música, Sonia?”. “No, no, tranquilo”. Será que llega la canción que le gusta y quiere subirlo, el pobre; pienso. De hecho, a veces se pone a dar palmaditas en el volante intentando seguir el ritmo de la música, y si en ese momento estuviera solo en el taxi, seguro que se atrevería a proferir algún grito de satisfacción, tipo: ¡Qué temazo, colega!, o ¡joder, ésta es la hostia, la hostia!...

Después, cuando llegamos a casa, me dice “que descanses y que tengas un buen día mañana”. El segundo día que me llevó fue uno en el que tenía ganas de matar a alguien (yo. Él no sé). Porque me había ido a casa sin la carpeta en la que había fotocopiado cosas para entregar en un trabajo al día siguiente. Y me di cuenta a mitad de camino, así que tuve que volver en el autobús para recogerlo. El resultado es que cuando llegué al periódico era tan tarde, que tuve que llamar a un taxi para volver a casa (bueno, al metro, porque encima había quedado para que me dieran una cosa del trabajo de clase). La sorpresa llegó cuando vi que me recogía… ¡otra vez él! La misma conversación, calcada. Las mismas palabras y el mismo tono. En ese momento pensé que había una cámara oculta o algo. Pero así como yo me acordé de él, él parecía no acordarse de mí (o al menos eso es lo que yo pensé). La tercera vez (el domingo), cuando estábamos llegando a mi casa, sí se acordó. Ese día me contó que según me dejara iba a ir a tomarse un café porque tenía mucho sueño y “le estaban haciendo chiribitas los ojos”, vamos, que ya no veía un pijo.

Y lo más gracioso es que ayer pedimos tres taxis a la vez, y a uno de mis compañeros le vino a recoger un hombre mayor; a otro no sé, pero a mí me tocó otra vez ¡¡the bacaluti´s man!! No me lo podía creer, pero estaba tan cansada y a la vez tan aturdida después de 8 horas y media currando, que ya me daba igual, nada me iba a sorprender.

Anoche fuimos hablando del debate. Y ya no me preguntó si me molestaba la música, aunque el próximo día creo que me voy a tomar la confianza y le voy a llevar un disco de Wilco y le voy a decir que sí, que sí me molesta esa maldita música, aunque tampoco está tan mal para mantenerse despierto a altas horas, supongo. El caso es que él pensaba que el debate lo había ganado Rajoy, porque Zapatero había estado muy nervioso y “cuando tú sabes que has hecho las cosas mal, o sea, que no tenías que haber hecho algo, y lo has hecho, se nota”. “Cuando has mentido se te ve en la cara”, decía mi amigo. Y añadía que él está mucho peor ahora que hace cuatro años, y que sus padres son cerrados, socialistas de toda la vida, y esas cosas no las ven. Y que ahora querría ayudarles económicamente y no puede, y que antes sí podía. “Antes estaba chungo comprarte una casa, tía, pero ahora está peor, ahora es que ni se venden los pisos, o sea, eggg que no se venden ¿sabes?”

Después me preguntó en qué sección trabajaba y qué horario tenía, y le dije que aún no había terminado la carrera, que era becaria; a lo que se limitó a asentir, pero a los 10 minutos ya me estaba preguntando, como si yo no hubiera querido contárselo antes (dando por hecho que era evidente), que qué carrera estaba haciendo. “Ah, qué bonita, ¿no?”. (Y yo: Sí…, preciosa; y me acordé de todas las veces que en el periódico mi jefe y otros tipejos, cuando es tarde y está todo el mundo estresado y cabreado, se ponen a exclamar en tono irónico: ¡¡Hay que ver qué bonito es el periodismo!!) Después, el taxista decía que ahora hay muchas oportunidades para mi carrera, porque “antes sólo había dos cadenas” (lógica aplastante donde las haya).

En fin, para terminar, diré que en el ranking de taxistas locos quizá no podría entrar éste, aunque peculiar lo es un rato. El loco loco de verdad es uno que me llevó hace tiempo y que llevaba un jersey de los años 50, muy delgado y con pinta de alcohólico, que antes de recogerme (tienen que subir una calle y dar la vuelta a la rotonda para pasar por la puerta) me saludó moviendo los dedos de su mano mientras sonreía psicopátamente (si es que eso existe, que no, pero así lo hizo). Y se equivocó en la rotonda, por lo que empezó a dar marcha atrás hasta que le chirriaron las ruedas, con la “suerte” de que no anduviera por allí ningún coche de la policía. Después, una vez que yo ya había entrado en el taxi, el tío se empezó a equivocar de calles nuevamente y a parlotear sin sentido y a quejarse sin parar, pero sin dejar de reírse como un loco: “¡qué vergüenza, esto nunca me había pasado, si parece que cogí el taxi ayer y llevo 30 años!” Y me aconsejó lo siguiente: “Repíteme dónde íbamos; a ver si te voy a llevar a otro lado y mañana salimos en los periódicos: ‘taxista secuestra a chica’, jajajaja”. Y yo, agarrándome al asiento y buscando el móvil en el bolso: “Sí…ja-ja”.

Pero después de esto el tío empezó a decir cosas que ya no eran tan gores; ya no parecía tan loco, a pesar de todo. Se quejaba de que hubiera tantos inconscientes al volante (¡) y decía que él tenía un sexto sentido para notar qué conductores iban a causar problemas en la carretera. Sólo por la forma de conducir, decía. Y aseguraba que nunca se equivocaba, que un cliente se quedó flipado porque nuestro sabio taxista supo predecir un día un accidente. Y me contó que una vez persiguió a unos yonquis a los que vio quedarse dormidos al volante. Les siguió para llamar después a la policía, porque no se podía quedar así, sin saber qué pasaba con ellos, y que tenía miedo de que pudiesen provocar accidentes.

Bueno, después de esto, debería contar la conversación sobre política y periodismo que tuve con otro hace un par de semanas, un hombre tranquilo él, y lo del loco que se parecía a Faemino (el alto de él mismo y Cansado; y además hablaba igual), que iba a 140 por hora lloviendo a mares por la M-30. Ahí pasé miedo de verdad. Pero todo esto lo contaré otro día, o, ya que lo he contado por encima, me limitaré a contar lo de los siguientes. Ya no tengo más ganas de escribir, ¡y eso que he escrito todo esto por partes! ¡Hasta mañana!

Viernes, 29 de Febrero de 2008 19:19. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Conversaciones con un taxista No hay comentarios. Comentar.




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"Un artista debería crear cosas bellas, pero no poner en ellas nada de su propia vida. Vivimos en una época en que se trata el arte como si de una forma de autobiografía se tratase. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza. Algún día le mostraré al mundo cuál es; y por esa razón el mundo jamás verá mi retrato de Dorian Gray".
El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.

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