|
Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.
 Replicantes MANUEL VICENT (09-12-2007) El País El deseo de revolucionar el mundo y de cambiar radicalmente el curso de la humanidad no ha cesado de excitar el cerebro humano desde el inicio de la historia. Pero este sueño que no alcanzaron los ejércitos de Alejandro, ni las legiones romanas, ni el imperio de los Papas, ni los caballos de Atila, ni la conquista de América, ni la Revolución Francesa, ni el asalto del Palacio de Invierno, ni las divisiones acorazadas de Hitler, ni la bomba atómica, finalmente lo ha conseguido un simple electrodoméstico, que entró en nuestra vida a mitad del XX junto con el frigorífico, el lavavajillas y la lavadora de ropa. Estos aparatos fueron instalados en la cocina para satisfacernos el estómago y limpiar nuestras miserias, pero hubo uno, el televisor, que fue entronizado en la parte más noble del salón e incluso fue llevado amorosamente en brazos hasta la intimidad del dormitorio. Muchas personas sencillas le pusieron cortinillas como al sagrario y lo adornaron con flores de plástico, intuyendo que dentro se ocultaba un poder trascendente. Este electrodoméstico, en teoría, había sido inventado para desarrollar nuestro espíritu. Parecía un juguete insólito e inofensivo, pero pasada una primera etapa de inocencia, ha terminado transformándose en un monstruo, que se ha apoderado del alma humana y la ha disuelto en imágenes hasta destruirla por completo, dejando a los espectadores convertidos en simples replicantes, como los seres extraplanetarios de la película Blade Runner. Existir consiste en ver y en ser visto, dijo el filósofo Berkeley. Sólo son reales las cosas que son percibidas. Según Platón, las esferas celestes están pobladas de ideas sintéticas a priori y los humanos no somos sino encarnaciones físicas de esas ideas e imágenes, de tal forma que al desaparecer este mundo sólo permanecerán expandidas eternamente por el universo, más allá de Orión, las imágenes que el televisor ha vomitado y ellas serán, como ahora, nuestra única existencia. Somos replicantes con fecha fija de caducidad, pero todavía quedan resistentes. En casa de un escritor sonó el teléfono. Le llamaban de una cadena de televisión para proponerle una entrevista. El escritor exclamó: "Espere un momento y le atenderá mi lavavajillas".
 Ese día que quería escribir pero no podía dormir y no podía escribir, más que nunca, estuvimos en sintonía, estuvimos en el autobús (libro de Tom Wolfe). Sospecho que fue el café. Sospecho que fueron “los pantalones chinos” y la garita radiofónica a la que te resultó imposible llegar solo. Recuerdos de lo anterior, y a diferencia de ellos y de la inexactitud de esa sensación, a mí se me antoja entrañable la idea de que te equivoques, de que no cojas Velázquez y sigas por Alcalá, y esa adorable torpeza al dar el último sorbo de una copa que te enseñé yo a disfrutar. Y el haber estado a punto de llevarte por medio algún objeto ayer cuando me saludaste en el campo al entrar. Porque yo quiero guiarte, llevarte por todos los caminos y que cuando lleguemos me susurres al oído lo que decía ese cantante y nos riamos. Y vea mis manos de otra forma. Y me mire en tus ojos. Y que suene And I Love Her para ti también, en el sitio en el que las poesías no son lo que parecen y te hacen gracia. Y que todo confluya en un inevitable cosmos de viajes por hacer y de dientes en sintonía. Y que los domingos por la tarde siga acechándome la angustia de la posible llegada de un ‘domingo’ en que nos bajemos del autobús, mientras ese día no llegue. Y entonces verás todos los días ese rubor helado perfectamente dibujado en una expectante y timorata nariz.  Estoy ahora mismo estudiándome, a duras penas, el libro de liderazgo sobre el que me van a examinar mañana. Después de leer las cosas sin prestar atención unas cuantas veces, creo que por fin estoy llegando al meollo del asunto. Y el acordarme de los jefes que he tenido a lo largo de mi vida, (este verano casi todos, más bien) ha hecho que todo se me esté quedando mejor. Mi jefe de la página web era un buen líder, el tipo ideal del que habla el libro. No solamente me explicó, el primer día, lo que tenía que hacer (escribir cotilleos), sino también el porqué: los propósitos e ideas básicas y subyacentes de esa empresa (“a la gente que se mete aquí le gusta leer poco, y cosas que sean fáciles y amenas, que enganchen”. “Se trata de entretener”. “Tienes que escribir de manera sensacionalista”, me vino a decir). Y los primeros días me mandaba lo que tenía que hacer: la noticia de la Pantoja, la de Bisbal, la de Jesulín, etcétera. Pero pasado un tiempo, cuando vio que podía confiar en mí, me decía: “haz lo que creas”. Y después evaluaba mi trabajo: “muy bien”, o “tienes que escribir menos”, o “date prisa” (aquí iba a poner "hazlo más rápido", pero me he dado cuenta de lo bien que quedaba y he decidido cambiarlo). Por otro lado, mi jefa del primer programa de radio en que estuve, era pésima. Pasaba de mí y jamás me explicó lo que tenía que hacer. No sabía qué hacer conmigo, y, de esa forma, sin saber cuáles eran sus propósitos ni lo que se esperaba de mí, por mi parte rara vez tomaba la iniciativa, o rara vez hacía algo que supiera que era verdaderamente necesario. Además, quería hacerse nuestra colega (de M y de mí) para irnos de copas y sentirse más joven, y después tenía salidas de tono y detalles feos en las horas de 'trabajo'. El siguiente jefe que tuve en la radio era mucho mejor. Aunque tampoco me explicó nada de los propósitos y aspiraciones de esa organización, el objetivo primordial estaba claro: había que sacar adelante un programa. Ésa era la tarea que había que cumplir. Y para ello, (aunque en el caso anterior el objetivo fuera el mismo) a mí me asignó una sección, y eso era lo que se esperaba de mí: que la preparara a diario. El tío confió desde el principio porque, aunque se leía lo que yo iba a decir en antena cinco minutos antes de que todo empezara, cuando a mí me daba por decir cosas que no estaban en el guión, nunca me llamó la atención. Es más, eso es lo que él quería, que quedara espontáneo. Por último, mi jefe actual no es ni malo ni bueno. A veces ni siquiera es. Pero creo que no es exactamente su culpa, como líder de equipo, ni siquiera lo es del líder operacional: yo creo que es más bien culpa del líder estratégico. Este jefe nunca me explicó nada. Es más, hasta que no llevé una semana trabajando ahí, no supe ni quién era. Todo lo que había que hacer y que no hacer me lo explicaron sobre la marcha mis compañeros. Y respecto al control y la evaluación que debería llevar a cabo de vez en cuando, no realiza ni lo uno ni lo otro. Me da la sensación de que no sabe quién trabaja más y quién menos, o quién lo hace mejor y qiuén peor. Supongo que la naturaleza del trabajo implica que las cosas sean así. Además, no podemos esperar recibir recompensas a largo plazo, la única, en todo caso: que nos quiten de ahí y nos pongan en otra área (a mí espero que dentro de tres meses). El objetivo que tenemos que cumplir no es un objetivo que alcance cotas muy altas de motivación, pero visto desde una determinada perspectiva, es hasta bonito. En fin, ésta es una breve y rápida reflexión que he hecho porque tenía ganas de darle a la tecla y para que os planteéis cómo es y cómo debería ser vuestro jefe/a. En fin, me voy a trabajar, a no aguantar al jefe.  Estoy constipada. Tengo que estudiar, hacer trabajos, y que ir a trabajar esta tarde. Pero poco a poco lo voy solucionando todo. Sí, incluso constipada. He solucionado –aunque no del todo- el asunto del D.N.I, y es que -no lo he contado aquí- hace dos semanas me robaron el bolso. Pero van a tardar un mes en dármelo y creo que me voy de viaje el día 12 de febrero. Así que tendré que hacerme otra vez el pasaporte, y estoy buscando otra comisaría porque la que he ido hoy la van a cerrar. En fin, como siempre, surgen problemas cuando intento planear un viaje. Espero que se resuelvan… Y ya que estamos hablando de todo un poco, he encontrado en el ordenador unas cosas que escribía cuando aún no escribía. Es decir, chorradas que escribía una vez cada dos meses para desahogarme respecto a cosas que me pasaban. Lo primero es de 2005 y lo segundo, de 2006, y aunque no estoy demasiado orgullosa de ello, me ha gustado volver a leerlo. Lo último es un párrafo suelto de un relato que me ha parecido curioso al releerlo. (El resto no es digno de publicarse). Y como lo quiero borrar, lo voy a publicar aquí para que nadie más lo vea en mi ordenador. Ahí va: 29.03.05
Últimamente no valgo para esto. Y ni siquiera sé por qué lo estoy haciendo ahora. Me he desganado pero he ganado mucho. ¿O no? Siento nostalgia de mi época solitaria, en la que Camus era uno de mis mejores amigos; realmente era mi único amigo. Vivía apasionadamente; disfrutaba cada momento de agonía, de vitalidad apagada y a la vez renaciente. En mi desidia argumental se hallaban visos de normalidad; pero, ¿quién querría esa farsa? No la quería ni yo; y ahora la echo de menos, emocionada. Recuerdo los días sólidos y coherentes, en los que una hora transcurría exactamente en 60 minutos; y todo era así como parecía, y yo era el demiurgo de mi anodina, pero todavía prometedora existencia. ¿Dónde quedaron mis acaloradas críticas hacia lo banal, superficial, burgués y cínico en que se asienta nuestra sociedad? Ahora estoy dentro, pero quizá sigo fuera. No sé muy bien hasta qué punto he llegado a comprometerme con la causa de mi condición social actual de mujer ya de 20 años de edad. ¿Estoy, acaso, renunciando a mí misma; traicionando mis interioridades más manifiestas y mis aspiraciones más intensas? Ésa es la cuestión. Me volveré loca (03.01.06) Me volveré loca de pensar que debería comportarme como una loca y volver a la soledad, a las letras de los más locos, quizá locos como yo. Pero, qué orgullo sentirse una loca absurda, ¡como los escritores bohemios! Sin embargo, ¡qué triste es ser un escritor bohemio! No tendría uno lugar entre la gente de a pie, que al fin y al cabo es donde se desarrolla la vida. No tendría uno el mínimo interés en comenzar a pagar una hipoteca, en despertarse por la mañana un día tras otro de la misma forma, y, en fin, en vivir una anodina pero tranquila y feliz vida. Porque quizá en esto consiste la felicidad. ¿No es esto lo que todo el mundo quiere? ¿Para qué hago una carrera si no es para trabajar en lo que me gusta y tener así un trabajo fijo y razonablemente remunerado? ¿Y para qué trabajo entonces si no es para ganar dinero? Quizá, además de para ganar dinero, para entretener la espera, porque, mientras nos ocupamos en dormir, madrugar, coger el autobús, trabajar, descansar, ver la tele, la vida va pasando. No sé quien dijo que la vida es aquello que va pasando mientras nosotros nos empeñamos en hacer otros planes (John Lennon, (Editado el 17 de julio). Es cierto. Hay días que podrían ser una copia exacta de otros días. Ayer, igual que hoy, e igual hoy que mañana…Y todo así… Y el caso es que yo ya no puedo seguir así. Quiero ser una loca… Quiero pensar que la vida es apasionante, que me quedan mil cosas por hacer, que no me voy a conformar con nada, y que hay etapas por las que vamos pasando sin remedio; y hay que saber cortar y mirar hacia el presente (más que hacia el futuro, como suele decirse). Quiero afirmar con Camus que “la desesperación por la vida es precisamente lo que hace amar la vida” o que “el hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma” (de “La Peste”). Y yo quiero desesperarme verdaderamente, no hacer de la desesperación una forma de vida que se engaña a sí misma y a la vez se espera impacientemente. Porque quiero esa sagrada desesperación. Quiero subirme al autobús y sentir la trayectoria de mis pasiones acompasada por el murmullo de la ciudad, por la soledad que se respira en ella. Quiero sentir el silencio; quiero parar la tarde, que sea larga e intelectualmente meticulosa, que se me desgasten los ojos y los dedos de leer y de escribir. Y salir después a la calle para ver, ver con mi afilada mirada, con los resortes de una imaginación pasada pero siempre soñada. Me volveré loca, porque ni siquiera sé darle forma a mis pensamientos pre-locura. El afán de un escritor es, además de transmitir y expresar sus pensamientos de la forma más sublime y prometedora, que el lector comprenda esas pasiones, que se identifique con esas situaciones. Yo, por mi parte, me temo que estaré siendo poco clara para los cuerdos. Es una pena, porque, en el fondo de mi corazón sé que debería darme a los cuerdos. La realidad es, por definición, cuerda, real, segura (“así está montado el asunto…”) Pero, quien indaga un poco más, se da cuenta de que todo lenguaje humano es comprensible, porque lo que lo explica todo es la experiencia de cada uno. Lo que cada uno quiera y sepa entender. Cuando empecé a leer a Camus, “El Mito de Sísifo” sobre todo, me sentía un poco confusa porque no sabía si lo que yo entendía era realmente lo que significaba aquello. Al momento me di cuenta de que lo que yo entendí de Camus era lo más cierto del mundo. Quizá a los pocos meses se me olvidaran aspectos concretos del libro, pero por suerte o por desgracia, aquello quedó en mi para siempre. Y hoy, renace en todo su esplendor, con fuerza y con una templada y tranquila agresividad. Me hace escribir, me hace sentir a cada momento lo absurdo de mi existencia, que no sería menos absurda si me dejara llevar por la bohemia de antaño. Lo sé. Lo sé y a la vez no lo sé. Al fin y al cabo, es un mundo de aventuras, nunca se sabe a quién conoceré después, si no me he vuelto loca ya para entonces… O precisamente porque lo esté.
-19 de marzo de 2006-
(...) Ayer conoció a un chico. O quizá lo conoció hace tres años. No lo sabe, en realidad; “es todo muy extraño últimamente”, sostiene. Lo cierto es que prefiere conocerlo lo justo para saber que quiere pasar el resto de su vida con él; no quiere conocerlo más, no quiere pasar ni un sólo minuto más a su lado; porque cree que quizá de esa forma se eche todo a perder. Prefiere no conocerle y quererle, a conocerle y saber efectivamente que le quiere. Pero quizá cree que le quiere porque quiere quererle, y en realidad no le quiere… Y sin embargo, le quiere. (...)
-24 de febrero de 2006- (...) Instalado en su cosmos diario, familiar y rutinario, cree que no necesita nada en la vida, nunca se siente solo, porque no necesita a los demás, ¿es que es quizá un homófobo? No lo sabes, pero tu mirada lo intuye. Se comporta como tal. Estás tomando un café con él y no habla, no emite más que absurdos quejidos, exclamaciones que únicamente denotan su debilidad intelectual. No tiene inquietudes existenciales, es un personaje plano, categórico, simple. Cuando tú alcanzas el clímax de seguridad en el justo momento en que estáis juntos y a gusto, él sólo sabe pensar en banalidades sin importancia, pero que para él, inexplicablemente, sí la tienen.
|
Sonikelandia
"Un artista debería crear cosas bellas, pero no poner en ellas nada de su propia vida. Vivimos en una época en que se trata el arte como si de una forma de autobiografía se tratase. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza. Algún día le mostraré al mundo cuál es; y por esa razón el mundo jamás verá mi retrato de Dorian Gray". El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde.
Temas
Archivos
Enlaces
Cinefilia
Otros Blogs
Enlaces de Música
Literatura
Otros
|