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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2008. Mi examen de cine documental colonial español hasta 1939![]() Acabo de llegar de hacer un examen. Llueve y hace frío. He dormido poco y es sábado. Nadie entiende que hayamos tenido que hacer hoy un examen. Ya es mala leche. Un examen de cine informativo español, que es una asignatura optativa que tengo este cuatrimestre y que me gusta mucho. Sólo he faltado dos días a clase. Uno de ellos, estaba mala. El otro, también. Fueron en concreto los días 26 de febrero y 4 de marzo. Así lo recuerdo. Y recuerdo que el 26 falté por el maldito debate Mariano-ZP que tuvo lugar el día anterior, por lo que me hicieron quedarme hasta las tantas en el trabajo. Y cuando me levanté, me levanté mala. Y ahora que lo pienso, el día 4 también falté por el segundo maldito debate. La política y el periodismo, definitivamente, son los culpables de que tenga que faltar a clase de vez en cuando. El periodismo sobre todo, porque estoy harta de trabajar y estudiar a la vez, y he tenido que faltar jueves y viernes a mis clases favoritas de literatura y agencias para estudiar esto, o sea, para estudiar cine. Ayer, además, pedí la tarde libre a mi nueva jefa para poder estudiar, y me la dio. Ya había estado estudiando un par de días en Semana Santa las fotocopias que me hice de un libro en el que estaba más o menos la mitad de lo que son los apuntes. Na, 15 hojas en total, aunque había que ampliar un poco. Las cosas se tenían que torcer mucho para que no sacara el examen con sobresaliente. Aun así, voy a suspender el examen que acabo de hacer. Y no es porque no pidiera los apuntes que me faltaban (que los pedí, aunque no sé de quién son, si lo supiera, le habría dicho a esa persona (o no), que no se escribe surrealismo con ‘b’, ni eslabón con ‘v’). Tampoco será porque no he puesto interés en la asignatura. Pero ayer, en medio de la paranoia esquizoide de la víspera, me decía, una y otra vez, “como ponga el cine colonial la denuncio, ¡la denuncio! ¡No puede hacer eso!”, y me intentaba convencer de lo contrario, de algo que yo pensaba era evidente, más que sobradamente probado: “no, es imposible que ponga el cine colonial, no puede ponerlo, pudiendo poner tantas y tantas otras cosas: el sistema Lumiere en España, la propaganda de Primo de Rivera, lo de Velo y Mantilla y “Las Hurdes” de Buñuel, el cine republicano en la guerra civil, el cine franquista….”. En los apuntes, el cine colonial pasaba casi desapercibido, de hecho cuando yo lo vi en el programa me sonó a chino. Y si lo dio, lo debió de dar o el día 26 de febrero o el 4 de marzo. Los días de los malditos debates. Maldita suerte la mía. Lo que me dejaron de apuntes era un esquema incomprensible. Con 4 títulos de películas y dos o tres ideas. Nada importante. No se me quedó la esencia. Pero claro, pudiendo preguntar “Las Hurdes”, documental que me encantó y al que le dedicamos 2 clases, ¡2 clases! O cualquier otro tema del que hemos visto documentales... O cosas de la Guerra Civil. Me recuerdo ahora con tristeza e ingenuidad en el día de anoche, memorizando una hoja llena de películas, autores y fechas de la producción anarquista en la guerra. Otra, de la producción comunista con todos los organismos que producían. Otra, de la producción gubernamental (incluidos Generalitat y Gobierno Vasco) y otra de los franquistas y falangistas. Todo estaba controlado. Incluidos los primeros tiempos del cinematógrafo y lo de la República. Del cine colonial me leí la hoja que tenía una sola vez, pero no quise profundizar ni memorizar porque iba a perder tiempo para estudiarme bien lo otro, todo lo que, seguramente, iba a poner por narices. En el manual tampoco venía eso. O venía en el manual que yo no cogí, claro. Porque había 2. En fin, que se han dado todas las circunstancias para que cuando la profesora esta mañana, a las 10 en punto, le ha dicho a un chaval que sacara de un cucurucho de papel un papelito con un número y haya dicho que ese número era el 7, ‘el cine colonial’, yo gritara “¡cambio, cambio!”, y un murmullo de indignación general se apoderara de la sala. Una chica, más civilizada que yo, levantó la mano y preguntó si nos daba otra opción o algo, pero la tía dijo que no, que había sido un sorteo y había tocado así. Eran lentejas. Si te sabes el cine colonial, bien si no, te jodes. Así de sencillo. Un ataque al corazón estuvo a punto de darme. No sin antes pasar por las necesarias fases de negación, incredulidad, impotencia, dolor y desolación. Y continué diciendo cosas en alto. No en vano me había sentado atrás del todo y constituía ese ‘fondo sur agitador y perturbador’ al que en pocas y contadas ocasiones he pertenecido. "¡Esto es indignante!", decía, sin pensar en las consecuencias. O, cuando ella salió por la puerta y nos dejó con un vigilante barbudo y con el pelo largo para peinarse de lado y tapar entradas, y dijera "que tengáis suerte", yo contestara, "¡sí, la vamos a necesitar!". Mis amigas se preguntaban: “¿Qué la pasa?”. “Pues que se ha estudiado todo menos el cine colonial”, contestó otra. “Ah…vaya”. Pero la de al lado, una chica a la que he conocido hoy, intentaba animarme: “Sí mujer, el cine colonial, lo de la Paz en Marruecos y eso”. Y yo: “sí, si ése es el único título que me sé, pero ¿de quién es?”. Y ella: “Ah, eso ya no sé decirte”. Pues nada. Total, que he hecho el examen más cutre que yo recuerde. Va a ser, con toda seguridad, mi primer suspenso de la carrera. He estado a punto en otras ocasiones, en otros cursos, aunque siempre me quedaba algo de esperanza. Y al final, aprobaba, y con nota. Pero hoy es diferente. Un examen sin ninguna seguridad, en el que las frases y las ideas construidas eran del tipo: “otros documentales producidos en esta época fueron los de Guinea Ecuatorial, que parecían turísticos pero eran sobre todo propagandísticos”. “También, documentales sobre Tetuán, etcétera”. Así, habiendo dicho ya una y otra vez que se hacían para la propaganda de Primo de Rivera... Y nada más, ideas vagas, ni idea de los títulos, de las fechas, ni de los autores. Un desastre total. Y encima el epígrafe era “hasta 1939”. Me parto. No, pero el único consuelo que tengo (no, no es el “mal de muchos”, aunque muchos se hayan ido como yo a los 40 minutos de que empezara el examen. Yo, por vergüenza, no me fui a los 15). No, el único consuelo que me queda es que este examen era un parcial, que puedo recuperar el 3 de junio con el resto del temario que demos de aquí a dicha fecha. El problema es que ese mismo día tengo el examen de literatura. Y qué narices, que he perdido tiempo estudiando estos días, que he faltado a clase, (¿habrán dado en literatura ayer la literatura colonial española también?), que anoche me estresé y he dormido poco, y que me he mojado los pies yendo a la facultad un día frío y lluvioso nada más que a hacer el ridículo. Pero cuando iba en el metro, así de entristecida, se me ocurrió hacer un post sobre ello. Y decidí sacarle algún provecho al fracaso. Al desastre. Bueno, un desastre que no creo sea tan gordo como el de Annual, que he escrito para finalizar los cuatro párrafos absurdos que he dejado caer por no dejar la hoja en blanco. Que se divierta la doctora. Sábado, 19 de Abril de 2008 12:49. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario No hay comentarios. Comentar. Mi columna de redacción![]() Hola a todos, éste es el artículo de opinión que acabo de hacer para dárselo a mi profesora cansina, que nos pide una columna de ¡1.200 palabras! Cuando me faltaban dos palabras, he estado a punto de hacer como Hommer cuando se convierte en crítico gastronómico y para terminar pone "joróbate-Flanders". Bueno, me ha costado lo suyo, no sabía qué más narices poner y me he enrollado como he podido. Para hacerlo me he inspirado en la actualidad pero también en la conversación que escuché el otro día en mi periódico. Una le avisaba entre risas a uno -al director- de que la columna que iba a escribir a lo mejor le costaba el despido; y aunque éste le llevaba la contraria (o sea, que el director se reiría de mi artículo), sonreía y bromeaba con ella. La columnista sacó su columna y mucha gente la habrá leído. Yo la leí y me gustó. No esperaba menos de ella. Ahora lo que espero es que mi artículo no sea muy redundante ni demasiado subversivo, aunque he de reconocerlo: soy un poco feminista. No obstante, y sin necesidad de estar loca o menospreciar a los hombres sin razones para ello, a veces hay que ser algo "-ista" para que cambien de una vez las cosas ¿no creéis?. En fin, he aquí mi gran columna, (debería hacer esto más a menudo). Otra historia El tema ‘estrella’ de esta semana han sido las llamadas ‘ministras de Zapatero’. Y es que no se ha hablado, como en otras ocasiones cada vez que se da paso a una nueva legislatura, del equipo de ministros que ha nombrado el presidente del Gobierno para criticar o valorar su trayectoria y competencias respecto al cargo que van a ocupar. No, esta vez sólo ha trascendido el hecho de que por primera vez en la Historia de España -¿y del mundo?- en la composición de un Gobierno haya más mujeres que hombres. Hasta aquí todo bien. Ya era hora de que la realidad de las universidades y de las escuelas se trasladara a la esfera pública. Las mujeres cada vez superan más a los hombres en número de matriculados en las universidades. Entonces, ¿por qué en las reuniones de alto nivel hay tan pocas o ninguna mujer? ¿Cuántas mujeres dirigen un periódico en este país? ¿Y en el mundo? Bueno, esta vez han sido 9 frente a 8, no se vayan a pensar que hay uno o dos pobres hombres indefensos ante tal horda de féminas descontroladas y ‘hormonadas’. Están casi igualados. Pero en los titulares de los periódicos la nota importante eran ‘ellas’, como si no se hubiera nombrado a hombre alguno para ser uno de los ‘hombres del presidente’. Así, “Zapatero y las ministras” era uno de los titulares más recurrentes y por ello, facilones. Nada informativo, si se quiere. Y bastante amarillista. Pero ésa es otra historia, porque lo que aquí se lleva son la carnaza y el morbo, el sensacionalismo en su máxima expresión. Y a pesar de ello, -o mejor dicho, gracias a ello-, al final casi nadie sabe quiénes son esas ministras de Zapatero. Quizá ni siquiera sepan nombrarles a ellos. Algunos sólo conocen a una, y ni falta que les hace conocer a más para opinar y para saber lo que se debe hacer aquí como Dios manda y lo que no; y sobre todo la conocen por llevar el sambenito de ‘la del bombo’. Cinco días después de la toma de posesión, Carme Chacón se ha desplazado a más de 5.000 kilómetros de Madrid y ha pasado revista a las tropas españolas en Afganistán. Acompañada por su ginecólogo, un pediatra y un anestesista, un equipo médico con el que gracias a Dios nunca ha tenido que viajar ningún otro ministro, porque sería por una causa clínica realmente grave, -¿y lo haría?- la nueva ministra ha expresado su “respeto, admiración y orgullo” por el trabajo de los militares desplegados en Herat. Asimismo, cuando juró su cargo, Chacón gritó los ‘vivas’ a España y al Rey como lo pudieran haber hecho los ministros Alonso, Rubalcaba o ’Pepiño’. Pero en los corrillos, la imagen de una mujer embarazada – y sin embarazar también- en un mundo de hombres adquiere tintes casi escandalosos. Mujer embarazada no equivale a mujer inválida, a ver si se enteran, aunque en los metros y autobuses se las deba dejar sentar por si ocurre el frenazo de turno y por respeto, y aun así no siempre se hace. Pero ésa ya es otra historia. En la última semana se han dicho y escrito un sinfín de barbaridades acerca de las supuestas incapacidades de una ministra que sólo ha cometido el pecado de tener un útero y un óvulo fértil. ¿Y si le da por vomitar en una reunión de alto nivel? Pues se va al baño y luego vuelve, como haría el gran General de las Fuerzas Armadas españolas si le da un apretón tras la fabada asturiana que se ha metido entre pecho y espalda a la hora de la comida, y sanseacabó. Pero, ¿y si se pone de parto? Primero la agotadora campaña electoral, después el nombramiento y ahora, a trabajar. Al fin y al cabo, es ‘la nueva’, pero se enfrenta a todo ello sin miedo y sin las manos en los riñones, alejada de la típica imagen de lo que se entiende como ‘mujer embarazada’. Chacón – y no ‘la’ Chacón- manifestó a su médico su deseo de realizar este viaje a la base española de Afganistán, y el ginecólogo, a pesar de que antes se les prohibiera a las mujeres tomar un avión con siete meses de gestación, le dio su permiso. Bueno, antes también se decía que una mujer con la menstruación no podía tocar las plantas, porque entonces las pobres se pocharían, lo que embargaría de pena a los padres de esa niña inconsciente y maligna, y la dejarían sin salir a jugar con sus amigos esa tarde, a la pobre. También se pensaba – ¿se seguirá pensando?- que una mujer con la regla tampoco debía hacer mayonesa porque entonces ésta se cortaría. Pero en fin, ésa es otra historia. A Chacón no se le corta la mayonesa ni se corta un pelo a la hora de enfrentarse a la inevitable conciliación de lo que va a suponer el desempeño de su dura cartera y su condición de madre. Lo que se ha llamado conciliación familiar parece un sinsentido formado por dos palabras que sí tienen sentido pero que juntas no parecen designar sino a una quimera. No se dice qué se concilia con lo familiar. Pero se sobreentiende que siempre es lo laboral. Como antes las mujeres no trabajaban fuera de casa, no había ningún problema, porque los hombres no tenían nada que conciliar. Cada uno a sus labores. Sin embargo, una vez que la mujer da a luz, se deben responsabilizar los dos progenitores, aunque el hombre no vaya a dar de mamar al bebé ni ninguna de esas cosas. Pero ésta es otra historia. De todas formas, ahora también hay hombres -no se vayan a pensar que no-, que se mueren por saber qué se siente cuando llevas una criatura en tu interior. Y si no, que se lo pregunten a Thomas Beatie, el transexual estadounidense embarazado de seis meses cuya imagen ha dado la vuelta al mundo. Pero eso no cuenta, porque este hombre nació mujer, y aunque se sienta hombre, son las hormonas femeninas las que han hecho posible que vaya a dar a luz al primer niño que cuando nazca no sabrá si reír o llorar. Aunque el bebé de la ministra Carme Chacón llore más de una vez y no sienta a su madre a su lado algunos días, ella, mientras recibe llamadas telefónicas o atiende solicitudes, estará preocupada, no dejará de pensar en él y muchos días tendrá que darle el biberón en su despacho y le cambiará el pañal sin que nadie le pregunte si concilia o no concilia. La ministra, hasta que dé a luz dentro de uno o dos meses, hará los viajes que considere necesarios ya que el embarazo no es una patología, a ver si se enteran. Sólo ella sabe hasta dónde puede llegar. Que dejen de juzgarla por algo que no tiene relevancia para el cargo que va a desempeñar - ¿y si Bono se hubiera roto una pierna y no hubiera podido hacer esos viajes que tanto solía hacer como titular del Ministerio?-. Que se preocupen de otros menesteres. Pero eso, en este país, nadie lo sabe hacer. Ah, esa ya es otra historia. Domingo, 20 de Abril de 2008 20:34. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Observaciones No hay comentarios. Comentar. Acreditada, palabra mágica![]() Ayer escribí todo esto y no me dejaba entrar el blog en lo de administrar. Vaya mierda. Para un día que escribo, que estaba emocionada y todo… En fin, ahora vengo de que mi hermana me haya pinchado la vacuna de la alergia. Sí, hay novedades en mi vida, de tipo sanitario casi todas. Lo más destacado es que cambié de médico-alergólogo y ahora me estoy vacunando contra esta mierda. A ver si da resultado. Hoy ha sido un buen día, en el trabajo y en clase. Bueno, sólo me falta comentar que finalmente sí suspendí el examen de cine y que me impactó un poquillo ver las dos ‘eses’ juntas al lado de mi nombre, por primera vez en la carrera. Pero ya me he hecho con el gran manual y voy a empezar a empollar desde ya. En definitiva, esto es lo que escribí ayer que se quedó sin publicar. Espero que os disguste lo suficiente como para no volver a pasaros por aquí. He dicho. ‘Acreditada’, palabra mágica (29-04-08) Bueno, bueno, bueno. Ya estoy otra vez aquí. Me parecía que llevaba una eternidad sin escribir, aunque tampoco llevo tanto, ¿no? El caso es que he querido, mil y una veces, escribir todo lo que se me pasaba por la cabeza estos días cuando iba en el metro, o todo lo que me pasó, por ejemplo, el pasado día 23 de abril, bendito día del libro… Resulta que ese día salí a trabajar a la calle. (Vaya, qué mal suena esto, a trabajar de periodista, quería decir, aunque no sé quién dijo que al oficio al que más se parece el periodismo es a ése en concreto, a ése en el que estáis pensando). Bueno, pues sí. Mi sueño de salir a cubrir algo cultural se había hecho realidad. Antes de nada, tengo que decir que me encuentro ahora mismo, desde el día 1, de becaria en la versión digital de un suplemento de mi periódico en el que siempre hay un poco de todo, (menos de literatura, que no se habla nada). La versión digital se centra en las cosas de carácter cultural que ocurren en Madrid, aunque también tenemos que editar las cosas de cine y teatro, etcétera, que aparecen en la versión en papel de dicho – no dicho en realidad- suplemento. Después de esta aclaración necesaria, y aunque me habría gustado mucho más escribir esto el día en que ocurrió todo o, a lo sumo, un par de días después, voy a proceder a hacer ahora mi crónica no oficial de lo que aconteció ese 23 de abril. Todo empezó mal y de forma extraña. En la cuesta de Moyano había quedado con la mujer cámara que iba a ir conmigo. Pero no aparecía y yo me estaba muriendo de calor. Hacía un sol de vértigo y donde los libreros estaba todo lleno de gente que se arremolinaba en torno a libros que no conocía y también estaba todo lleno de moscas que se posaban, iban y venían, y que también se estaban muriendo de calor. En esto, veo que emerge de una de las casetas un profesor que tuve el cuatrimestre pasado, y que me saluda efusivamente, sin acordarse de mi nombre efusivamente. Y sabiendo –ambos- que me había puesto sólo un aprobado porque yo no le había hecho la pelota como el resto. Me saluda y me dice que si estoy ahí trabajando (¡cuál sería mi cara para deducir semejante evidencia!) Y nos quedamos un rato hablando allí de nada en concreto. Eso sí, tuve que comprarle un libro de César González Ruano. Me dijo que conocía a la mujer que llevaba la prensa del Ayuntamiento y me llevó con ella a lo de las acreditaciones. Pedí la mía y la de mi compañera, - que llevaba casi media hora de retraso-. Como no nos conocíamos, la mandé un mensaje al móvil con una descripción minuciosa de mi aspecto aquel día: “llevo un bolso azul, pantalones negros, gafas rojas y una coleta. Y un cuaderno en la mano.” Dios, sólo mientras lo escribía, es decir, al verlo así escrito, me di cuenta de las pintas que debía de llevar y de la conjunción de colores tan extraña que vestía. Pero a la vista quedaba bien; quiero decir, que aunque llevara esos colores juntos, cuando salí de casa me vi normal y nadie me dijo nada. Bueno, pues a pesar de la detallada descripción, la mujer no me veía y me tuvo que telefonear. Hasta que por fin nos encontramos. Me pareció una mujer tranquila, amable, de unos 40 años, pelo corto y aspecto sobrio, tan sobrio que nunca la veía cuando salíamos de los actos y sólo cuando la tenía delante de mis narices me daba cuenta de que era ella: “¡ah, estás aquí, color beige indescifrable!”. Empezamos grabando cosas de los libreros y yo, como una boba, no hacía más que seguirla. En vez de buscar mi propia crónica, me iba a todos lados con ella y no preguntaba nada a nadie. De pronto, un montón de periodistas de un montón de medios rodeó y acorraló a un señor que debía de ser alguien importante, aunque lo único claro que dijo fue: “hay que leer mucho”. Y se compró un par de libros mientras le seguían todos mirando embelesados. Mi cámara y yo no nos enteramos de casi nada pero ella consiguió entrevistarle de nuevo. Yo, me limitaba a observar. Cuando acabó esto, nos montamos en EL AUTOBÚS. Sí, un autobús como el de la obra de Tom Wolfe, en el que sólo estabas si eras importante. Yo, aunque no os lo creáis, lo era. Y por eso estaba dentro. Una vez en el bus, había que entablar conversación con mi compi, que cuando escuchó ‘la bronca’ que me echó mi jefa por teléfono, se convirtió ya en una especie de madre para mí, para siempre. Tengo que decir que yo fui de enviada especial pero que, en realidad, la crónica no la iba a escribir yo. Mi ‘pluma’ había quedado reducida así a una mera conversación telefónica con mis superiores. Cada vez que salía de un acto, tenía que llamar para contar pinceladas sueltas y sin gracia procedentes de mi gracioso cuaderno de notas. Cuando transmití lo del hombre importante con el que, después de todo, íbamos a ‘viajar’ en el autobús, me regañaron por no enterarme de qué libros en concreto había comprado ese tío. Vaya, y también por no contar nada interesante. Bueno, pues me aturdí y estresé tanto por la bronca, que cuando llegamos al siguiente destino y fui al baño, pude ver, al mirarme al espejo, que me había salido una calentura en el labiode arriba. Rara vez me pasa, pero dicen que suele ser por tener las defensas bajas o por estar sometido a situaciones de mucho estrés. Bien, pues en mi caso quizá fueron en realidad las dos cosas. Cuando me regañaron, bajaron tanto mis defensas, que me hundí y me sonrojé ya para el resto del ‘viaje’. Pero mi compi me tranquilizaba: “vaya por dios, si es que a veces no os dejan demostrar lo que valéis…” Sin embargo, he aquí la heroína en que me convertí cuando fui capaz, en medio de un montón de compañeros con cámaras y grabadoras de radio, de hacer preguntas a Soledad Puértolas, a una escritora con la que teníamos que encontrarnos –según el recorrido del autobús- en una librería. Además de esto, pude coger por banda al señor importante, que se acababa de comprar otro libro y preguntarle, no sólo cuál era, sino cuáles eran todos los que había ido adquiriendo en Moyano. Me sentía tan acelerada que no era consciente de lo que yo misma decía, ni de las caras que ponía cuando hablaba, (notaba mucho calor en los mofletes y la cosa en el labio seguía estando ahí seguro). Tampoco quería ser consciente del calor ni del agobio que sentía. Además, iba cargada con una bolsa que nos dieron en la que había un dossier y un chaleco salvavidas, por si llovía, o por si te hundías, supongo yo. Por otra parte, llevaba mi propio bolso azul y el cuadernito en la mano. Recuerdo que entrevisté también a un tipo de unos 30 años que estaba tomándose algo en ese bar-librería y que se encontraba sentado leyendo. Después de unas cuantas preguntas, en las que me vino a decir que la iniciativa del día este de los libros le parecía una chorrada, me cogió la acreditación para ver de dónde era y me confesó que él también era periodista, que conocía a un montón de gente de mi medio de los que yo no tenía noción. Y acabó entrevistándome él a mí: que si dónde estudiaba y que qué suerte tenía de estar haciendo prácticas antes de terminar la carrera, que antes no era tan fácil. Pero nos interrumpió el claxon del autobús, que partía ya hacia un nuevo e inquietante lugar. ¿Qué sorpresas me depararía? Bueno, es mentira, no sonó claxon ni nada, sólo el bufido de la coordinadora, que avisaba a la tropa, como cuando ibas de excursión con el colegio. En fin, esto lo superé y me fui más tranquila, (después de telefonear de nuevo y obtener un “muy bien”), al siguiente acto que me esperaba. No obstante, los nervios no se aplacaron así como así, y aunque lo del labio remitía, me preocupaba su existencia y en lo que pudiera llegar a convertirse. Lo siguiente era Juan Gelmán, en el Círculo de Bellas Artes. Cuando entré, mostré la acreditación colgada del cuello (se me ha olvidado decir que cuando me la dieron no sabía cómo hacer para que se quedara en la tira que se colgaba en el cuello, aunque lo conseguí finalmente, pero era una chorrada que también me llegó a estresar y que me daba vergüenza preguntar. Seguramente un mono habría conseguido hacerlo antes que yo…). En fin, lo de J.G no estuvo mal. Estuve incluso entrevistando a gente que había ido a verlo, aunque luego no valiera para nada, pero me aseguré de tener material suficiente y de tener todos los flancos cubiertos para no llevarme otra bronquilla. Para terminar de estresarme, la conferencia de Houellebecq. Mi cámara y yo llegábamos tarde y casi no nos dejan entrar. Pero, al fin y al cabo, éramos de un medio importante. Y como éramos importantes, teníamos que estar ahí. Así que lo estuvimos. Para entender al tipo había que coger unos cascos, que te los daban a cambio de tu DNI. Todo lo que dijo el tío me hizo gracia. No fue la típica conferencia rollo. Como supongo suele ser típico en él – no he leído nada suyo, aunque tenía constancia- no paró de hablar de sí mismo, de lo que leía de pequeño y de cómo le había marcado. He de decir que la sala estaba llena hasta los topes y que incluso había gente de pie y que por la aglomeración, incluso olía un poco mal. Aquí no paré de copiar como una loca en mi cuadernito. Mi actividad frenética de la tarde no iba a terminar así como así. No veía cerca aún el encuentro con ese estado de paz que sólo conseguiría cuando llegara a casa y me diera una ducha. Lo del labio mejoraba pero seguía teniendo mucho calor. Cuando acabó la conferencia, me costó salir, hacerme hueco entre toda la gente que también quería abandonar el edificio, y estuve a punto de utilizar la acreditación para colarme pero me pareció excesivo e injustificado y aguanté un poco de cola -aunque acabé pasando por delante de la gente de manera un poco disimulada-. Pero lo del DNI ya fue el colmo. El numerito que llevaban los cascos no se correspondía con la casilla donde estaba el carné, y todo el mundo buscaba el suyo como loco para poder salir. Tardé en encontrar el mío, con la inestimable ayuda de la chica que llevaba el asunto, y finalmente lo tuve en mi poder. Salí al encuentro de mi señora cámara, que se había ido a tomar algo a los 5 minutos de conferencia, porque consideraba que ya había grabado bastante a Houellebecq. Lo último, el concierto de Patti Smith. Estuvimos poco rato pero fue intenso. Sobre todo teniendo en cuenta que habíamos andado bastante hasta que llegamos hasta allí, (más de lo que deberíamos) y que estábamos muy,muy cansadas. Además, la jefa no paraba de llamarme para que la contara algo de Houellebecq. Resultado: acabé en el suelo, en medio del concierto, agachada o de rodillas directamente, -no me acuerdo-, con el cuaderno abierto y pasando hojas hasta dar con algo coherente de Houellebecq. Gritando, con el fondo de la música aullando tras de mí. Y lo peor de todo era intentar ver, leer algo, detectar lo importante de toda esa marea de letras bajo la oscuridad reinante del concierto. Pero de pronto, sin creérmelo aún, todo pasó, y los poemas y canciones de Patti me tranquilizaron, me dieron la clave para volver a la normalidad y me dije: “ya he cumplido. Ya me puedo ir a casa”.
** FOTOGRAFÍA: Michel Houellebecq. Miércoles, 30 de Abril de 2008 22:29. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario No hay comentarios. Comentar. |
Sonikelandia"Un artista debería crear cosas bellas, pero no poner en ellas nada de su propia vida. Vivimos en una época en que se trata el arte como si de una forma de autobiografía se tratase. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza. Algún día le mostraré al mundo cuál es; y por esa razón el mundo jamás verá mi retrato de Dorian Gray".
El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde. Temas
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