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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2007. 'Sonidos' (o cómo parir la más inmensa rayada del último año)![]() Un fondo rojo sobre el que pensar, sobre el que sentir Champú que oculta la verdad, que significa libertad, aunque impuesta Sonidos que no dejan Hacer pensar en otra cosa, Porque no existen
Vacío completo, que denuncia el desorden Ordenado Un ‘Cultural’ en el suelo, con un Conrad que apunta, que me apunta con una pistola A la cabeza, a las orejas, tapadas con cabellos que deberían recatarse Hay que matar al pelo, hay que recogerse Hay que cenar, hay que dejar de pensar Hay que no leer lo ajeno Volver a leer lo de otros, volver a escribir lo que fue de unos Lo que fue de esos sonidos, que sí eran inexistentes, desordenados
No existes No existes De repente se me ocurre que no existes Que vuelvo a encontrar en la nada Y no existo Como nunca Mejor que nunca Como siempre ¿Siempre es siempre? El tiempo me atrapaba, siempre, intentaba congelarme, siempre El café no se acababa, nunca y los apuntes en la mesa se manchaban Un domingo aniquilador Con un Conrad que dispara, Y sonidos que no existen Que lo dicen todo Que existieron, y salían de mi boca Ahora no sale nada De mi boca Salvo un grito desolador Que anuncia, que me denuncia El disparo de Conrad Así, directo al corazón Domingo, 02 de Diciembre de 2007 22:24. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar. La mujer de Napoleón III resucita para enrollarse con Gonzalo Miró![]() Pues eso, que estaba yo leyendo mi blog, riéndome un poco de las cosas que antaño ya escribía en la sección de “Cielo santo”, y digo: ‘¿cómo es que no se me ocurrió en su momento compartir con vosotros la hazaña periodística que la compañera, a la cual dejé mi legado del famoseo en octubre, cometió? En fin, si yo resucité a Carrero Blanco para que diera en TV la noticia de la muerte de Franco, mi compi se fue mucho más atrás en el tiempo y resucitó a la mujer de Napoleón III para que supiera lo que es bueno al lado de Gonzalo Miró. Esto es verídico y no me lo invento. No digo cuál es la web porque si no, no habría tenido sentido que durante cuatro meses yo haya estado intentando ocultar en qué cadena hice prácticas este verano (aunque para mentes inteligentes y despiertas, supongo que estará bastante claro). En fin, en primer lugar, para todos aquellos que, como mi compi, no saben quién es Eugenia de Montijo, un link;y para ilustrar, la foto. En segundo lugar, la entradilla de la noticia, a saber: Gonzalo y Eugenia pillados comiendo juntos Sí, sí, la pareja ha sido fotografiada, ¡por si os hacían falta pruebas! Y además, además… ¡charlaron tranquilamente! Hace falta tener huevos el Gonzalo Miró éste, que estando con una muerta, el tío ahí pimplando como si nada y ¡pá qué más!, charlando ‘de tranqui’ con la Eugenia. Madre de Dios. Y no sólo eso, sino que además, al parecer no era la primera vez que se reunían. Qué vergüenza. En fin, ésta es otra entrega más de Cielo santo, por si a alguien le apetecía reírse, y también, para relajar el ambiente después de la paranoia que salió ayer de las teclas de mi teclado (y valga la redundancia). Saludos. Lunes, 03 de Diciembre de 2007 19:07. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: ¡Cielo Santo! No hay comentarios. Comentar. Es como si... escribieras constantemente![]() Es como estar siempre intentando que los demás se enamoren de ti (alguien). Es una manera de esperar algo de la vida; de esperar el fin inacabable de las acciones. Es escuchar a los Beatles sabiendo que son tuyos. Y que lo son de la misma forma en que lo eran hace un año, y 23. Es la sensación más abyecta y más viva, más ausente presente; más manifiestamente imposible. No tiene sentido. Ves los rayos brillar en la oscuridad de lo permanente. Anidas la esperanza del mañana, pero piensas en el ahora, el ahora que fue agosto de 2006: un cigarro, en la fachada del hospital. Pensando, sintiendo, esperando. Leyendo. Atisbando, percibiendo sombras. Observando Y además, puedes pensar en lo que fue el ahora de diciembre de 2006: un whisky, una buena amiga, buena música, buenos sentimientos, buenos libros y la espera de algo, algo que cayera del cielo, que me llevara al cielo. Recuerdos de risa, que creías olvidados. Una pieza que suena lenta, efímera y distinta. Y te sientes bien. Y tu madre entra en estos momentos por la puerta y piensas: ¿por qué no? ¿qué hay más real que mi madre entrando por la puerta? Avanzando rápida y sin pausa; hacia un destino. El resto no existe. La cena de hoy, esperándome en la cocina, es lo más real que conozco hasta el momento. Y la ducha que me acabo de dar. Y los apuntes que cogeré mañana a las 9 de la mañana en clase (si voy). También lo es el ver a mis compañeros y el esperar –ahora sí- algo de la cena de trabajo que hagamos. Eso es todo esto. Eso es el ahora del verano de 2007, y lo era el de 2006. Pero… ¿qué mierda de real puede ser el pasado? Que acabo de discernir entre lo esencial y lo superfluo es lo más real que conozco hasta el momento; y si recuerdo el verano de 2006, ¿será por qué es una mierda de real? –todo esto-. Martes, 04 de Diciembre de 2007 21:53. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar. Por su culpa![]() Soy un desastre. Aunque hoy he comprado el libro del que nos van a examinar a la vuelta de Navidades, he impreso el trabajo que hay que entregar mañana, y he ido por fin a ver a mi prima al hospital. Pero aun así soy un desastre. Me da la sensación constante de que no hago nada útil con mi tiempo, que mis cuatro días libres son a cada cual más deprimente y, en un ataque de locura y desesperación, he llegado a pensar que donde mejor estoy es en el trabajo, a pesar de que ahora la cosa esté más a tomar por culo que nunca, y de que me sigan dando mareos cuando leo muchas páginas seguidas y la causa sea –según el médico- sólo el estrés… Pero el otro día me llevé una alegría. Y es que saber algo de Bukowski hizo que llamara la atención de alguien; no sería el primer amigo que hago gracias a Bukowski y… quién sabe, a lo mejor me he ganado algún admirador y todo. El caso es que cuando leemos las cosas, las firmamos, y siempre que viene alguien a nuestra mesa y pregunta quién es la persona firmante, es para echarle la bronca por algo, o para decirle: “no, bonita, -o bonito-, este nombre no lleva tilde porque es vasco”, o cosas así. Aunque nunca suelen apelar a nuestra persona. Los correctores, -los becarios en sí- somos un ente: nadie se preocupa por saber quiénes somos, nadie nos mira, nadie nos habla. Se sabe que existimos, pero sin llegar a ser algo ‘tangible’. Pues bien, el otro día corregí una columna en la que nombraban al autor de Pulp y de Factótum, y lo ponían en cursiva, (no a sus obras, sino a él), y entonces puse yo: “Bukowski es un escritor, ¿por qué va en cursiva? En todo caso en negrita.” Y a la media hora llega un tío cachas y de buen ver y con una voz para derretirse, que con un tono serio pregunta “¿quién es Sonia?” Y yo, ya acojonada, levanto la mano, para asombrarme y sonreírme después cuando escucho a ese tío decirme: “muy bien visto lo de Bukowski”. Y yo… “ahhh, gracias”. Y ya, cada vez que le veo y me mira, entiendo que me está analizando, o que, sencillamente, se ha enamorado perdidamente de mí o algo así. Y cuando sobre las 6 me estoy tomando un café con galletas príncipe o una chocolatina y viene a la mesa a entregar noticias, me pongo a imaginar e intuir sus pensamientos acerca de mi persona, porque en ese momento no puede estar pensando en ninguna otra cosa: “mira Sonia, qué graciosa, comiéndose unas galletas”; “esa tía debe de saber un montón”; “es una de las pocas becarias que destacan, que no sólo le pone tildes a los ‘comos’ que van con interrogaciones, sino a los otros que deben llevarla también”…. Y así sucesivamente. Además, pensará, “con lo joven que es esta chica, qué sabia es, y lo peor de todo, ¡es que además es guapa!” La verdad es que antes me daba igual comer galletas y hablar con la boca llena, o llevar las páginas a la sección de Opinión los sábados cuando voy con falda o vestido porque voy a salir después por ahí, pero ahora que tengo este admirador bukowskiano que sabe cómo me llamo y que sé que Bukowski es un escritor… he empezado a sentirme observada debido a mi talento y sabiduría innatos e insólitos en un becario. La verdad es que por culpa de Bukowski siempre estoy haciendo amigos culturetas y es el único escritor gracias al cual pongo algo en común con la gente… Es como si compartieras algo más que la lectura. Como si fuera una forma de vida. Pasa a veces lo mismo con los Beatles, aunque no tanto. Lo único que ahora está claro es que a pesar de ser un desastre, cuando recuerdas esas chorradas y te pones a escribirlas, puedes llegar a pensar que eres algo más y que, quizá, con un relato algo cargado de exageración e ironía a la manera de "Cielo Santo", has hecho reír a alguien. Miércoles, 12 de Diciembre de 2007 22:38. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: ¡Cielo Santo! Hay 1 comentario. Un día para no levantarse de la cama![]() Bueno esto es una chorrada en forma de relato que escribí hace tiempo pero que no me apetecía publicar. Ocurrió a raiz de seguir el consejo de una amiga y no contar a mis padres una dolencia que tuve relacionada con cosas que -aunque no es así- pueden hacer pensar mal a una madre, aunque bien es cierto que a estas alturas a mi madre la tengo acostumbrada y ya no le extraña nada: que me automedique, que cada día me duela una cosa sin motivo, que me raye, e incluso - ella no lo sabe- que haya llegado a sospechar que tengo o que voy a tener enfermedades graves... (Es normal, con la racha que llevo, desde... octubre, más o menos, hasta yo me asusto de mí misma y de lo que soy capaz de pensar... Lo mejor de todo es que nunca tengo nada y por eso cada vez me da más reparo preocupar a mi familia sin aparentes motivos). El caso es que ayer leí una noticia sobre el ex agente ruso al que supuestamente envenenaron con polonio y me he acordado de lo que me pasó a mí -nada tan grave, pero el miedo fue equiparable a como si me fuera a envenenar como una jodida desgraciada.- I) Milagros y la sala de espera He llorado. Sí, hoy una de esas cosas que me pasan injustamente me ha hecho llorar. Todavía tengo los ojos acuosos y un ligero sonrosado en la nariz, de la mitad para abajo. Lo sé porque me he mirado al espejo, buscando camuflarlo, poniéndome los dedos fríos de venir de la calle en los ojos para que desparecieran el calor y el sofoco. Y para que no me vieran mis padres. Tengo que hacer muchas cosas, un trabajo para dentro de dos días, pero en lugar de eso he ido a la consulta médica de mi barrio, donde he tenido que soportar situaciones de miedo y asco. Ésas que tanto me gustan hasta que se unen al desenlace y contribuyen a hacer el marco aún más grotesco. Una cola de gente que salía de la habitación para pedir cita y/o entregar la tarjeta. Yo voy sin cita. Espero en el pasillo, con un viejo enorme y la señora que venía detrás de mí, una pobre anciana aquejada de qué sé yo. Temblando, delirando y luchando contra unas arcadas extrañas. Así estaba. La obligamos a sentarse en el interior, aunque se negaba, por si luego la gente pensaba que se había colado, la mujer. A mí no dejaba de hablarme, quejándose de que había demasiada gente, pero sólo obtenía respuestas parcas y cansinas. La anciana se llamaba Milagros. Al parecer, todas las recepcionistas y los médicos la conocían. La recepcionista, cuando me atiende, me dice que en el orden de atención a los pacientes, voy detrás de un señor canoso, y que después de mí, va Milagros. Me señala bien la recepcionista para que Milagros vea que voy detrás de ella. Así que, ante la –casi- rebosante sala de espera, encuentro un sitio y decido sentarme. Las revistas son inmundas y tampoco me apetece sacar el libro que llevo: basta que me enfrasque un poco en la lectura para que el tipo canoso entre y salga y me pase Milagros y todo (aunque según estaba debería entrar antes que yo, pero ésa es otra historia). Así, espero mirando a la gente e intentando intuir qué le pasa a cada uno. En esto, a Milagros aún no la han atendido en recepción porque no encontraba su tarjeta, y cuando por fin la van a decir detrás de quién va (de mí), la recepcionista no me encuentra y cuando oigo: “Milagros, vas detrás de esa chiquita joven, pero no sé dónde está” me levanto y las digo que estoy ahí, que cuando salga, yo aviso a Milagros. A todo esto, el canoso entra, así que me aproximo a la puerta del doctor sentándome en el sitio que aquél ocupaba. Otro doctor diferente sale a llamar por el nombre: Pilar Pérez. Pero no se levanta sólo la aludida, sino Milagros también. La recepcionista se da cuenta y la dice, apesadumbrada y como si tuviera que decirlo a diario: “no, Milagros, tú no”. Así que la mujercilla se sienta otra vez. Cuando sale el canoso, entro yo, sin darme cuenta de que venía Milagros detrás. Cuando el médico abre la puerta, ve a Milagros, pero la recepcionista dice que iba yo. Entonces les digo, al médico y a la recepcionista, que me da igual, que pase Milagros, pero el doctor parece que ya se las sabe todas (todas las de la entrañable Mila), y dice: “no, primero va esta chica, Milagros, luego entras tú, quédate aquí sentada, anda”. Así que yo hago caso al médico y entro. Nunca me había tratado. Es gordo, tiene gafas grandes, la piel oscura, y no para de toser. Le cuento mis nuevas e ‘injustas’ dolencias, en el momento en que, justamente, me suena el puto móvil (siempre lo pongo en silencio cuando voy al médico y nunca me han llamado; menos hoy, claro). Se empeña en que atienda la llamada sin ningún problema, pero yo le digo que no, pero insiste, así que cuelgo porque no me da la gana cogerlo, no me parece de recibo, y ya está. Y me estreso. Me explica un poco el rollo, sin hacer muchas más preguntas, y me manda lo que me tiene que mandar. Como soy tan lista, me he olvidado de las recetas… Al fin, entre algunas dudas y toses roncas, salgo de la consulta. No me he olvidado de Milagros, y el doctor tampoco, así que empezamos a buscarla, sin habernos puesto de acuerdo, con la mirada, pero no la vemos por ningún sitio, hasta que el doctor pregunta, ya un poco ansioso, en recepción, donde le indican que Milagros está en el baño. II) El termómetro Llego a casa y voy al baño, y mis padres aún no se han ido. Me preguntan que si he comprado el libro., y les digo que no, que se me ha hecho tarde, con un gesto de llanto e impotencia incontrolables que ellos sólo pueden atisbar de perfil, y me imagino la perplejidad en sus cabezas. “Esta Sonia, ya está con cosas raras…”. En el fondo siempre es lo mismo. Decido empezar a hacer el trabajo de clase, pero no me concentro muy bien. Mis padres se van; y mientras se cierra la puerta el llanto se apodera de mí y súbitamente empiezo a berrear, con un pañuelo en la mano que se empapa cada segundo y con sofocos y ahogos en el pecho. Me obligo a relajarme porque a ese paso me iba a dar un infarto o algo peor de lo que en un principio tenía. No recuerdo haber llorado tanto y de esa forma, quizá desde que era pequeña y me castigaban sin salir, o algo así: ¿impotencia? ¿egoísmo? ¿locura? ¿desesperación? Ayer estaba radiante de felicidad, me desperté como nunca desde hacía tiempo, con una energía inusitada, y me lo pasé genial trabajando en domingo... Pero me relajo, “no es para tanto, Sonia, saldrás de esta tú sola y ya está. Nadie se enterará y cuando te quieras dar cuenta todo habrá pasado”. Entonces pongo A Ghost Is Born, y empiezo a hacer el trabajo sobre mi periódico. Me noto dolor de cabeza (provocado por el lloriqueo, sin duda) así que como soy tan hipocondríaca, me pongo el termómetro: “aunque se me estén pasando los síntomas… voy a ver si tengo fiebre”. Me lo había buscado. Cuando lo miro: nada, 36.7. Así que lo voy a dejar sobre la mesa y ¡Oh!, ¡se me cae al suelo! ¿Se habrá roto? ¡Joder, esta mierda se rompe con nada! Lo primero que me preocupa es ¿qué decirle a mi madre? ¿Cómo coño he roto un termómetro si para ella no estoy enferma? Sería absurdo. Y tampoco es cosa de dejar a la familia sin termómetro, en plan “Ah, no sé, no sé, se habrá perdido…”. Así que nada, decido comprar un termómetro igual, pero ya otro día, claro. Lo busco en internet a ver si viene y tal, y para ver cuánto cuesta un jodido termómetro. Pero en ese momento me percato de algo que mi inconsciente sabe, ¡pero yo no…! Hostias, se ha roto un termómetro, que lleva dentro mercurio. Veo en ese instante dos bolitas ‘metalizadas’ encima del escritorio, las cojo con los dedos y las meto en la caja del termómetro. Me asusto, sin saber aún por qué, pero me asusto. Busco en google las siguientes palabras: “qué pasa si se rompe un termómetro”. Y llego a una página en la que pone que hay que recoger con mucho cuidado las bolitas, con guantes incluidos, abrir la ventana rápidamente, y coger cartones o cartulinas para cogerlos. Nada de aspiradoras ni escobas. Me agacho al suelo y veo todas las jodidas bolitas, (¿unas diez?) que con klennex mojados – como ponía en esa página- son imposible de coger. Como no tengo cartulinas ni hostias, me pongo a doblar folios como una posesa para poder cogerlo así. Busco una linterna y no la encuentro, así que bajo al suelo el flexo que tengo en el escritorio y las veo todas. Intento que no se desperdiguen, porque son asquerosamente escurridizas. Poco a poco, entre dos folios, las voy consiguiendo encerrar, y lo meto todo en una bolsa. En la web pone que hay que llamar a un teléfono para que venga no sé quién a ver qué nivel de mercurio hay en el ambiente y a llevarse los restos, en plan brigada de Expediente X, pero me parece excesivo… Y mis padres están al llegar. Cuando aún sigo doblando folios y con el flexo por los suelos, entran por la puerta. Me dicen, como si nada, incluso felices: Hola, ¿qué tal? Pero yo estoy angustiadísima, ¡no puedo decírselo! Sin embargo, en ese momento, recapacito, ante el acojone: mi madre sabrá mejor qué hacer, y es bueno que lo sepa, por lo que pueda pasar en el futuro. ¿Y si nos intoxicamos todos sin saber lo que estaba pasando? Entonces me armo de valor, entro al salón, y como si fuera una niña ñoña o un alma en pena a punto de empezar a hacer pucheros, les suelto: “mamá, ¡que se me ha roto el termómetro!”. A esto mi madre me pregunta, lógicamente, que qué me pasaba, que por qué me he puesto el termómetro. Y a ello le contesto: “no, por nada, me he notado fiebre, un poco de congestión”. En fin, mi madre no da crédito a lo que oye, hacía unas horas durante la comida, me había visto como una rosa… La llevo a mi cuarto y le digo lo de los folios y tal, y me toma por loca. Mi padre, por su parte, sugiere que cojamos las bolitas con la aspiradora. “! Nooo, con la aspiradora noooo!”. Así que mi madre coge el cepillo y el recogedor, y yo: “que noooo, tampoco, que lo pone en internet”. Pero para mi madre en internet puede poner misa, que ella lo barre todo y san se acabó. No está en absoluto asustada, aunque le da rabia que una cosa peligrosa como el mercurio esté en el ambiente… Se zanja aquí el ‘capítulo termómetro’, y –esperemos que también – la jornada de situaciones absurdas y angustiosas que se encadenan, sin antes ducharme con opresión y ahogo en el pecho, y con abones por las manos y brazos que suelen indicar alergia a algo, o estrés, o disgustos, y que no son en absoluto desconocidos para mí. ¿Será por haber tocado el mercurio? Me dedico después a contarlo a todo aquel que puedo, y me tranquilizan, aunque en pleno diciembre sigo con la ventana abierta para no contaminarme con la mierda esta. Conclusión: me he prometido no volver a mentir nunca de esta forma y en estos temas. Unas mentiras llevan a otras, y cada vez es más difícil y menos verídica la verdadera verdad. Cuando sea mayor, podría cambiarme el nombre: quizá me sentaría bien Milagros... Sábado, 15 de Diciembre de 2007 13:22. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario No hay comentarios. Comentar. Sobre lo nuestro![]() La Opinión, por JUAN JOSÉ MILLÁS Articuentos Hay gente que desespera porque no tiene opiniones y ha de leer muchos editoriales para alcanzar un entendimiento, por precario que sea, de la realidad. La opinión es útil al modo en que lo es una dentadura postiza, o sea, que tiene algo de prótesis, y produce llagas en la encía o dondequiera que se implante. Sin embargo hay personas a las que las opiniones se les caen con la naturalidad con la que se quedan calvas. Escupen prótesis como un molde tornillos. Los seres del universo segregan una variedad infinita de líquidos. Muchos profesionales afirman que la cantidad de opinión-hora que cada uno sea capaz de segregar depende de la cantidad de información que tenga sobre el mundo. Pero eso no es cierto. Los genes tienen mucha información acerca de las células y jamás han dicho una palabra sobre ellas. La opinión es una excrecencia que le sale a la realidad, un bulto que provoca multitud de malentendidos y catástrofes. No es que uno esté en contra de la opinión, sino que piensa que se trata de un mecanismo tan difícil de desentrañar como el del virus de la gripe. Y es que tiene también una capacidad de mutación sorprendente. Cuando logras alcanzar una idea para comprender algún hecho básico, viene una infección masiva de opinión en sentido contrario que te deja perplejo y con décimas. Yo, si tuviera que elegir entre tener mucha opinión o mucha realidad, no sabría qué hacer. La realidad me gusta, pero su carne es dura y sin la salsa de la opinión no entra. Lo malo es que la salsa engorda mucho. No sabe uno a qué dieta acudir ni con qué aderezos cocinar las noticias; ni si es mejor la faja de péndulo o la liposucción, las lentes de visión progresiva o de lunetas. Uno no tiene nada contra la opinión, excepto que donde florece demasiado no deja lugar al pensamiento. Muchas gente cree que escribir consiste en colocar una palabra detrás de otra. Desde esa concepción, las palabras permanecerían en la caja de herramientas hasta ser seleccionadas por el escritor con el gesto de cálculo con que el aficionado al bricolaje separa un tornillo de otro. En parte es eso, sí, con la diferencia de que las palabras son activas, de manera que tienden a colocarse por su cuenta. Si uno va, por ejemplo, al cajón de los sustantivos y coge la palabra noche, inmediatamente aparecerá a su lado el adjetivo oscura. Hay, pues, que tener las tijeras a mano para podar los sustantivos, a los que les salen más ramas de las necesarias. Así que escribir no sólo consiste en decir lo que uno quiere, sino en evitar que el lenguaje diga lo que le da la gana. Desde luego, como esa lucha, llevada a sus últimas consecuencias, resultaría agotadora, finalmente hay que pactar. Por eso, un texto literario es el resultado de un acuerdo entre lo que quería decir el lenguaje y lo que pretendía expresar el escritor. Ahora bien, como el lenguaje nos construye, nos hace, y, llegado el caso, nos deshace, es posible que esa forma de relación se erija en el modelo de trato con el resto de las cosas. Visto de ese modo, la realidad sería el resultado de un pacto continuo entre nuestros deseos y los del a existencia. Se puede elegir no pactar, imponer nuestro criterio al ciento por ciento, pero eso quizá conduzca en la literatura al onanismo y en la vida al manicomio. Hay otra forma de no negociar que consiste en que las palabras digan lo que quieran y en que el destino nos lleve a donde a él le plazca, pero eso es una forma de capitulación algo humillante. Finalmente, situados en la posición de negociar, se puede cargar el acento en lo que uno quiere decir o en lo que le apetece contar a las palabras. Esta última es la posición que algunos identifican con la sabiduría y quizá tengan razón. Desde luego es mucho más relajante levantarse de la cama pensando: “vamos a ver qué quieren decir hoy las palabras (o la realidad)”, que meterse en la ducha con la idea de que uno tiene la responsabilidad de lo que sucede dentro de la cuartilla o en la calle. Martes, 18 de Diciembre de 2007 20:10. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Lecturas veraniegas (y del resto del año) Hay 2 comentarios. Cultureta y gafa-plastaEstaba haciendo que hacía un trabajo, bueno, mejor dicho un artículo, sobre las desigualdades mundiales en el aspecto digital y todo ese rollo, algo que no hemos dado nunca a lo largo de estos cinco años de carrera… Y me he dicho “qué narices”, voy a escribir sobre otros temas, que es lo que realmente me apetece hacer ahora mismo, en medio de una maraña depresiva resacosa y amenazantemente pre navideña. Mi hermano se ríe de mí porque digo que no me gusta la Navidad, dice que es una actitud que tomo porque es lo que se lleva en los círculos “culturetas” y “gafa-plastas” (que no gafa-pasta) en los que, según él, yo me suelo mover, o, al menos, a los cuales deseo “pertenecer”… Pero lo de que no me gusta la Navidad me viene ocurriendo desde hace unos cuatro o cinco años y es algo que no puedo evitar. Me alegan que no tengo razones para odiarla, pero a mí eso me da igual, es la sensación inexplicable que tengo, una sensación de agobio, de tristeza, de impotencia y de desazón, de amor-odio hacia todo lo que me rodea… Y el caso es que el otro día, meditando sentada en la cama después de comer sobre por qué no me gustan estas fechas, me di cuenta de todas las cosas malas que me han pasado – y aún me pasan- en Navidad y que claramente me han hecho odiarla. ¿Cómo me va a gustar la Navidad si el único año que he salido en Nochevieja acabé absolutamente embriagada y rodeada de patatas, y llorando desconsoladamente ante la pasividad de la que entonces era mi mejor amiga, y manchándome mi abrigo preferido de chocolate con churros, y quedándome, al día siguiente, el día 1, en casa con mis padres viendo Dirty Dancing y leyendo después El Criticón de Gracián metida en mi habitación, sometida a la gran resaca depresiva de las copas del día anterior? ¿Cómo me va a gustar la Navidad si soy una pobre becaria –y al revés- a la que le duele más que a nadie “rascarse” el bolsillo? ¿Y a la que cada vez se le exigen más regalos y más detalles? ¿Cómo me va a gustar la Navidad si todo el mundo se vuelve tonto organizando comidas y cenas de empresa o de grupos a las que hay que asistir si no quieres ser tachado de insociable? ¿Cómo me va a gustar si el 5-1-2006 casi me secuestra para siempre la de la guadaña? ¿Cómo me va a gustar con el frío que hace, ¡con el frío que hace en Navidad!, que no es de este mundo ni por asomo? Pero esta Navidad va a ser mejor. Sí, lo va a ser porque lo malo ya está pasando. Anoche me fui de cena con mis compañeros, y me lo pasé mejor en la cena que en la macrofiesta que había convocada después para potenciar la “unidad”. El que estuviera lleno de periodistas de deportes y de cultura y que hubiera barra libre no impidieron que, pasada una hora, empezara a aburrirme como una ostra. El dj intercalaba “tengo la camisa negra” con “Sweet dreams are made of this” pasando por Hombres G, por “marcha, marcha, queremos marcha, pim pum fuera que se te sale la camisa fuera” y terminando con el ‘chunda chunda’ más atroz… Cuando nos fuimos, no pasaba ni un puto taxi en verde, y esperamos una media hora, ante los bocinazos de los conductores de los vehículos que pasaban y algunas chorradas que salían de su boca a destiempo y a través de las ventanillas. Pues bien, cuando llegué a Cibeles, esperando coger el búho que me llevara a casa de una jodida vez, me encuentro con que casi no pasan buses y que tengo que coger otro taxi. Mientras me hallo inmersa en estas reflexiones, se acerca a la parada del autobús un chico que mi compañero me había presentado en la fiesta. Él también venía a coger mi búho, y observa en el cartel que el próximo no pasa hasta media hora después, (cosa que yo no había leído correctamente, como por otra parte me suele pasar) así que después de preguntarme dónde vivo, el tío me propone irnos juntos en un taxi porque yo me quedo a medio camino de su destino. Me dice que estuvimos juntos en 1º de carrera, y yo, que lo sabía de sobra, intentaba hacerme la tonta: “ah, sí, ahora que lo dices”… Y es que después de algunas experiencias similares he llegado a la determinación de que no hay que decir nunca a nadie que le conoces de la facultad ni nada por el estilo. (Y es que un día, en una discoteca con A, y algunos más, aposté por que un chico que andaba por allí era de la facultad. A. decía que no, que no le sonaba de nada, y yo: “¡que sí coño! Vamos a preguntárselo”. Pero A. no quería. Así que yo, con alguna copa de más, seguro, fui a preguntárselo al chaval, un osito muy simpático que llevaba una coleta y unas entradas para invitarte a donde fuera, al teatro si hacía falta. Bueno, se quedó tan alucinado e imaginó tanto acerca de mis supuestas intenciones al acercarme a él, que me arrepentí absolutamente de lo que había hecho.) El caso es que cuando llegamos a mi casa el taxi marcaba cuatro euros, (no sé por qué coño me bajé del que nos llevo a Cibeles, pensando que nada más llegar iba a estar mi búho esperándome; y es que el búho que me cojo es la leche, me para en la misma puerta de casa, es mejor que el metro). Así que iba a pagar al taxista con un billete de 20 porque no tenía más suelto, y dice el conductor: “¿pero qué haces? ¿Me vas a pagar tú esto? Es mejor pagarlo todo junto y sale mejor”. Claro, entonces le digo al chico: “pues te lo pago a ti”, pero él no tenía para cambiarme y me dijo que me invitaba, que ya se lo pagaría yo a él otro día (no sé cuándo), así que me sentí mal y le dije que muchas gracias, y que se pasara por mi sección algún día para dárselo, pero se empezó a reír y entonces me bajé del taxi deseando llegar a casa y acabar con esa agonía de frío en el cuerpo y situaciones surrealistas, con un par de copas encima de garrafón que curiosamente no me habían subido nada. Por supuesto, me acosté tan tarde anoche que no he podido ser capaz de ir a clase esta mañana. Y lo peor de todo es que, sin ninguna razón aparente, llevo toda la semana sin pisar Ciudad Universitaria. El lunes, básicamente porque me quería dar un homenaje; el martes, porque faltaba un profesor a segunda hora… Y total, ¿para qué iba a ir a primera? ¿para el debate? El miércoles, porque el despertador sonó a las 7.30 pero… ¡abrí los ojos a las 11! Y el resto ya lo sabéis. Mañana ya sí que no hay clase de manera oficial, y como hoy no he ido, no sé si alguna clase habrá, pero para una, para una ya no voy. Además, tengo que probarme las lentillas nuevas, que llevo un mes con gafas a todas horas, aunque me dicen que estoy más guapa con ellas y todo, pero me molestan y tengo la maldita manía de subírmelas todo el rato del puente de la nariz y no me gustan para salir por ahí, me meto a cualquier sitio y se me empañan como unas locas y luego hay quien me las mancha y llena de cosas. En fin, voy a seguir con mi trabajo de clase; a ver si hago algo útil de una vez. Mañana tengo otro compromiso navideño, aunque espero pasármelo mejor que anoche. No obstante, pensándolo bien, ayer tampoco me lo pasé tan rematadamente mal, ¿no? Jueves, 20 de Diciembre de 2007 21:21. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Diario No hay comentarios. Comentar. Instrucciones![]() Ya terminé la cerveza y las patatas. Y sigo aquí. Me habría gustado sumergirme en la absoluta marea de personas que acuden, teléfono móvil en mano y bolso de Tous en el brazo, a hacer las últimas compras navideñas, como si fuera algo que hay que quitarse de encima cuanto antes o, mejor dicho y en realidad, algo que nos gusta hacer para evitar pensar qué hacer - pensar en general- durante ese tiempo en que el trabajo nos deja libres. La prosa de mis ahora columnistas preferidos me ha mantenido ausente y he preferido quedarme en casa y no salir a hacer algo que perfectamente –esperemos- puedo hacer mañana. Por ello escribo esto, me he documentado para mi trabajo y sensibilizado de nuevo en lo que me atañe. Me han dado ganas de fumar inmediatamente un cigarro, pero he podido coger la tapa de un bolígrafo e introducírmelo en la boca, para aspirar después el aire de mi habitación, que ha pasado lentamente a mis pulmones. Y tras experimentar la cadencia dionisíaca de un extraño efecto placebo, ese aire ha sido expulsado. Instrucciones para estudiar mis apuntes, que diría una amiga. Jueves, 27 de Diciembre de 2007 19:50. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Escritos del resto del año No hay comentarios. Comentar. Un 'descanso' en mi trabajo![]() Estoy haciendo un trabajo sobre el columnismo de Manuel Vicent y la verdad es que, cuanto más me documento, más me gusta este hombre. Me estoy leyendo hasta una tesis de 600 páginas que he encontrado en internet, aunque no me dará tiempo a leerla entera, voy por la página 175 y ayer casi me quedo ciega, así que leeré lo imprescindible. En fin, en medio de mis investigaciones sobre este autor, he decidido compartir con vosotros un artículo suyo muy bueno y muy famoso que no en vano le hizo ganador del Premio González Ruano en sexta convocatoria. Se llama "No pongas tus sucias manos sobre Mozart". Lo escribió en la revista Triunfo en marzo de 1980, pero sigue siendo muy actual. Espero que os guste. “Ésta es la pequeña historia de una rebelión, el famoso caso de un tipo de izquierdas que el viernes, día 14 de marzo de 1980 se deshizo del propio terror psicológico de que sus amigos le llamaran reaccionario y le arreó seco bofetón a su querida hija de quince años, la echó de casa y se liberó de una vez del trauma de la paternidad responsable. El episodio fue el final de un complicado proceso neurótico y se desencadenó por un disco de Mozart, por una bobada, como siempre sucede. La chica estaba en la leonera de su alcoba con unos amigos melenudos y una música de Led Zeppelín hacía vibrar las paredes maestras del piso. El padre estaba en la sala sentado en un sillón bajo la lámpara de enagüillas leyendo un informe del partido acerca de los índices del paro. Aquella panda de jovenzuelos llena de harapos, pulgas y metales del rollo había entrado en su casa sin permiso, había pasado varias veces por delante de sus narices sin dignarse esbozar el más leve saludo, le había manoseado sus libros, le había vaciado la nevera, se había limpiado las botas camperas en la alfombra de la Alpujarra, había dejado un hedor cabrío a su paso. Ahora estaban en la habitación de su hija espatarrados como tocinos bajo los posters de “Ché” Guevara oyendo a Led Zeppelín, a The Police o a The Snack, fumando porros y apurando la última cerveza. Aquella alcoba era una reserva en la que él, desde hacía un año, no se había atrevido a entrar. En aquel momento tenía la cabeza metida en el informe económico lleno de coordenadas catastróficas cuando su querida hija salió a la sala, se acercó a la estantería y pretendió llevarse a la madriguera la “Sinfonía número 40” de Mozart. El padre, de izquierdas, saltó del sillón impulsado por un muelle y lanzó un grito estentóreo: ¡Mozart, no!. ¡No pongas tus sucias manos sobre Mozart!. Y entonces se inició la escena final, en la que el padre se liberó de todos los traumas hasta alcanzar la propia libertad sobre el chantaje de sus hijos. Detrás había quedado un largo proceso de neurosis paterno-filial que acabó con una sonora bofetada. El hombre tiene cuarenta y dos años y pertenece a la izquierda fina, quiero decir que es progresista con dinero, un economista colocado, con una biblioteca selecta de dos mil volúmenes, pintura abstracta en las paredes, carnet del partido anterior a la legalización con la cotización al día, piso de doscientos metros por los altos de Chamartín, un año de cárcel y ciertas mataduras de la represión franquista, educado en el colegio del Pilar, un marxista de vía chilena, buenos modales, deportista de ducha fría diaria y perfectamente alimentado ya desde el útero de su madre. Cuida mucho el envase, pero ama la libertad antes que nada. Tal vez su punto fuerte es la elegancia interior. Este tipo nunca ha comprendido muy bien por qué la izquierda ha caído en la trampa de dejarse arrebatar ciertos valores; por qué un progresista debía vestirse de guarro, aunque sólo fuera para epatar; por qué la disciplina, la eficiencia, el método, el deporte y la limpieza eran aspiraciones asimiladas a la derecha; por qué el respeto social y la educación férrea no eran reivindicadas constantemente por los de su ideología. Cosas así. En los momentos de duda él pensaba que esto eran residuos de su herencia burguesa, de modo que se dejó llevar por la onda, consciente de que hay que hilar muy fino para que tus camaradas no te llamen reaccionario. Ese siempre sería el peor insulto. Cumplió todos los ritos. Se casó en una ermita de pueblo con traje de pana. Fue de viaje de novios a Rumanía. Tuvo tres hijos y los llevó a un colegio progre, los educó para que crecieran sin traumas, los metía con él en la bañera, los paseaba por la ruta del románico, se dejaba insultar por ellos y así las tres criaturas fueron creciendo a la sombra de unos padres comprensivos que no osaron jamás dar por zanjada una discusión sin antes mostrarles todas las salidas, opciones, contradicciones del problema par que fueran ellos quienes tomaran la decisión según su responsabilidad. Ponerles la mano encima hubiera sido un escándalo para su propia alma, contestar con una negativa sin más apelación le producía un desgarro en su sensibilidad progresista. Y el chantaje iba engordando como un tumor. Este buen padre de izquierdas ya había pasado porque sus hijos no se lavaran los dientes o ni siquiera se ducharan una vez a la semana, soportaba que le llamaran viejo con cierta naturalidad displicente, pasaba por alto aquella indumentario zarrapastrosa del vaquero con remiendos, la pelambrera de profeta nihilista, el hecho de que se fumaran un porro en la pocilga de la alcoba y que no lograron aprobar el curso. Ante todo había que contar con la presión social, ya se sabe que la juventud no encuentra salida, la sociedad está muy deteriorada, cada generación tiene sus ritos, sus mitos, sus formas de comportamiento y eso había que respetarlo. Imponer la voluntad a rajatabla no es más que una agresión. Después de todo, no es malo que toquen la guitarra o que oigan a Led Zeppelín. Un buen día, el hijo mayor no volvió a casa por la noche. Había tenido un percance en el colegio y decidió huir a Ibiza. La Policía lo encontró en Valencia, cosa que sucede a menudo, cuando no se logra pasar el filtro del barco. Otra hija se fue a vivir con un rockero. Después de un tiempo, el buen padre de izquierdas logró reintegrarlos a las suaves ordenanzas del hogar, lleno de traumas, explicaciones, consideraciones, pláticas razonables, amabilidades y sesiones antipsiquiátricas con un diálogo siempre abierto. Que hagan lo que quieran, lo importante es que están en casa, que los angelitos no sufran, que desarrollen la personalidad, aunque sea tumbados en el catre todo el día. Cada tarde, la alcoba de su hija se llenaba con una panda de amigos que traían una calaña bastante atroz. No era lo peor que pasaran por delante de sus narices y que no se dignaran saludarle, sino el olor a cabra que dejaban en la sala. Que se limpiaran las botas en la alfombra, que se abatieran sobre las estanterías y manosearan sus libros con las uñas sucias, que se le bebieran el whisky y que mearan si tirar de la cadena. El viernes 14 de marzo de 1980 fue un día histórico para este amigo mío, un tipo de izquierdas, padre de familia que se liberó de sus hijos. Y al mismo tiempo se sacudió el terror de que alguien le pudiera llamar reaccionario. Él estaba estudiando un informe del partido acerca de los índices del paro. El sonido de Led Zeppelín hacía vibrar las paredes maestras del piso. Fue cuando su hija salió de la leonera con el pelo grasiento y los dedos amarillos de nicotina, cruzó la sala, se dirigió a la biblioteca con la pretensión de llevar a sus compinches la “Sinfonía número 40” de Mozart. Mi amigo no sabe explicar bien qué dispositivo le hizo saltar. Otras veces también su hija le había llamado carroza. Pero en esta ocasión aquel hombre tan fino y progresista le arreó una bofetada, se lió a golpes contra todo dios y se deshizo el misterio. Echó de casa a patadas a aquella panda de golfos. Y hasta hoy. Mi amigo es un hombre de izquierdas ya liberado.” Sábado, 29 de Diciembre de 2007 15:08. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: Lecturas veraniegas (y del resto del año) No hay comentarios. Comentar. Que no se muera nadie![]() Todavía creo que no he informado aquí de que tuve que trabajar el día de Navidad y que mañana día de Año Nuevo también me va a tocar aparecer por allí. Sí, ‘aparecer’, porque si salgo esta noche, lo máximo que habrá mañana de mí en el periódico será una aparición. Estos días la gente que hay en el periódico me resulta especialmente simpática y entrañable. Todos nos unimos silenciosamente en una especie de frente común no declarado ante la desidia y la desgana, acompañadas muchas veces de la tristeza que supone el tener que ir a trabajar en Navidad. Anoche estuve trabajando, aunque hoy por suerte, -y menos mal- no tengo que ir. Lo que se suele manifestar en días como estos en el ámbito periodístico son ideas algo desafortunadas en lo que a la esfera de los Derechos Humanos y esas cosas se refiere, pero que en el aspecto práctico son, quizá, algo más comprensibles. “Ojalá que no liberen a los rehenes de las FARC esta noche”, se escuchaba ayer a eso de las 23 en la redacción. Y yo me imaginaba a los pobres secuestrados, ahí sufriendo, apenados, sucios, desamparados, deseosos de alcanzar por fin la libertad. Hay que ser mala persona para decir eso. ¿No creéis? Aunque yo anoche también estaba deseando pirarme a mi hora, o incluso antes. Y eso ocurre si no pasa nada nuevo y trascendental… Así que, en fin, que se jodan los rehenes, por un día más de cautiverio no les va a pasar nada… Otra cosa que se suele clamar por las noches en el periódico es algo más bonito y humano, aunque en esas circunstancias sólo tiene que ver con un deseo egoísta y como en el otro caso, asombrosamente pragmático, que es la manifestación del deseo de que “no se muera nadie”. Yo entré a trabajar en octubre, y por tanto, ya había pasado el mes negro en lo que a muertes de famosos se refiere: agosto, que se llevó a Emma Penella, a Umbral, al futbolista Puerta, y a Vilallonga. Y espero no dejarme a nadie. Así, los que dicen eso han pasado por la desgracia periodística de tener que recabar material rápidamente ante unas noticias de última hora un tanto desagradables. Sin embargo, por otra parte, alegrarse por ello para trabajar más sólo sería propio de 'frikis' descorazonados. Pero, en fin, en cualquier caso, en los periodistas la idea de la muerte, cuando estamos trabajando, se difumina, deshumaniza, y adquiere rasgos de chocarrería, cuando menos. Así de cínicos y cretinos somos. Deberíamos leer más a Kapuscinski. Lunes, 31 de Diciembre de 2007 15:04. Autor: Soni In The Sky. #. Tema: ¡Cielo Santo! No hay comentarios. Comentar. |
Sonikelandia"Un artista debería crear cosas bellas, pero no poner en ellas nada de su propia vida. Vivimos en una época en que se trata el arte como si de una forma de autobiografía se tratase. Hemos perdido el sentido abstracto de la belleza. Algún día le mostraré al mundo cuál es; y por esa razón el mundo jamás verá mi retrato de Dorian Gray".
El Retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde. Temas
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