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Mi mundo

Intento recordar cómo era el mundo antes de que yo dejara de escribir en mi blog. Cómo era mi mundo. Porque empecé a escribir una novela y por eso dejé el blog. Pero ahora tengo una novela inacabada y un blog completamente desastrado. Leo mis últimos post y no me reconozco. Ya no soy la misma. Hace dos años, o tres, escribía mejor, y quizá también fuera mejor. Más desdichada, pero mejor. Quiero leer mi novela, quiero corregirla y terminarla de una vez. Pero quizá todo esto se explique porque en realidad no quiero poner punto y final a esa clase de novela, un Madame Bovary de cachondeo, tan del siglo XXI… Pero ¡cuánto me acuerdo de la novela! ¡Estaba tan bien! ¡A la gente le gustaba tanto! Me pregunto si algún día podré dar a leerla sin que sea en documento de Word…

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Sobre nuestro tiempo

Sobre nuestro tiempo

"¿Qué lugar hay pues en nuestro espíritu para aquel equilibrio superior en que la naturaleza balanceaba la historia, la belleza el bien y en el que intervendría la música de los números hasta en la tragedia de la sangre? Ahora volvemos nuestras espaldas a la naturaleza; nos avergonzamos de la belleza. Nuestras miserables tragedias exhalan olor a oficina y la sangre que chorrean tiene color de tinta grasosa".


ALBERT CAMUS.

Metafísico y astrológico

Metafísico y astrológico

 

No he ganado el concurso ese de relatos. Bueno, en cualquier caso lo raro sería que ganara. Tampoco he quedado finalista. Pero no me importa. Es el primer concurso al que me presento y es normal. También sería lo normal que no me saliera el trabajo por el que llevo sufriendo casi ya tres meses. Mi gozo en un pozo. Estoy casi segura de que no lo conseguiré, aunque la noticia se sabrá a finales de mes, o sea, la semana que viene. La primera fase me fue bien (aprobé), por lo que me ha parecido muy cruel que en la segunda se hayan notado tanto los "favoritismos" y enchufismos varios; además de mi falta de experiencia, todo hay que decirlo. Creo que tendré que “conformarme” (estoy muy agradecida) con el nuevo proyecto con el que estoy trabajando. No lo diré porque nunca he dicho nada concreto aquí de mis trabajos; sólo informaré de que se parece a lo que he venido haciendo hasta ahora, desde que hace un año me licenciara. Aunque ahora es distinto: tengo compañeros de trabajo (para bien y para mal es mejor que trabajar sola: ¡yuhu!), y es un poco más variado. Y tengo un horario, madrugo, no como antes que me organizaba el día desastrosamente.

Últimamente me siento rara. No estoy contenta conmigo misma. Cuando me meto en la cama por las noches no paro de reprocharme cosas que hago mal o que no hago y debería, o que hago y no debería, (esto sobre todo). Resumiendo, creo que el problema es mi actitud. Es como si no quisiera luchar por nada y fuera aceptando las cosas como vienen. Mientras que antes quizá quería aprovechar el día y hacer muchas cosas útiles e intelectuales, ahora parece que hago todo lo posible para que el día pase rápido y yo no haya puesto en cuestión nada respecto a mi existencia o al mundo en el que vivo. Sólo me entretengo con necedades que la gran maquinaria que es la sociedad dirige a lo que yo antes consideraba el vulgo, y lo consideraba como un ente al que yo por supuesto NO pertenecía. Esto sonará un poco metafísico, pero noto que he cambiado y es a peor. O quizá sea una nueva etapa por la que tengo que pasar para regresar luego con más fuerzas, cuando venga la tormenta. No sería la primera vez que esto me pasa.

Nada más que decir. Quiero hacer muchas cosas y hago la mitad. Quería ese trabajo, un trabajo para toda la vida que me permitiría hacer esas cosas, pero si no tiene que ser, pues que no sea. Nunca se sabe lo que te deparará el destino o lo que tiene guardado para ti. Esto también puede que suene no ya metafísico, sino astrológico, y no me gusta nada. Pero es lo que pienso (o quiero pensar) a veces. ¿Qué mejor manera de animarse a uno mismo?

 

P.D: La foto es del perro que quiero tener: un portuguese waterdog (aunque creo que ese es spanish). ¡Son hipoalergénicos!

La perfección NO era esto

La perfección NO era esto

Se me olvidó decir el otro día que presenté a un concurso de relatos – o más bien microrrelatos- una variante de lo del mosquito que escribí (porque sólo podía tener 99 palabras). El de 10 de junio dan los premios, ojala me toque algo. Sigo con la novela de coña y espero terminarla antes de que acabe el taller de novela (el 30 de junio).

Últimamente tengo una necesidad imperiosa de viajar. Me entretengo en una página que te busca vuelo y hotel a la vez (no quiero hacer publicidad) y empiezo a meter en el buscador ciudades, fechas, y horas, para ver qué sale. Me imagino yendo a esos sitios, y veo que el dinero no es ningún problema, si puedes viajar entre semana, etcétera. El problema es que ahora no tengo trabajo (aunque antes ganara unos pocos euros como colaborata, era algo), y quiero tenerlo ya para poder hacer más cosas. No quiero hacer el cuento de la lechera, porque si tengo suerte en aquello que no conté, me esperan muchos viajes, independizarme, comprarme un coche, comprarme ropa a lo Paris Hilton (que no), y comer en restaurantes de cinco tenedores, de los que he tenido que escribir sin haber podido visitar primero.

Hablando de comer, hace un par de días llegué sin planteármelo a una serie de blogs de chicas que no se definen como anoréxicas ni bulímicas, sino con unos términos que ahora se han hecho populares pero que antes les permitían pasar desapercibidas en el ciberespacio: proana (a favor de la anorexia, que para ellas es como una amiga, la llaman Ana) y promia (pro bulimia). En todos sus escritos hay una prosa poética desgarradora y exageradamente intimista, hasta la náusea (y nunca mejor dicho). Son extremadamente inteligentes y perfeccionistas, y como el protagonista de Mejor Imposible, que tenía que encender y apagar las luces cinco veces antes de entrar en casa, ellas cuentan las calorías hasta de un guisante (sobra decir que ni siquiera comen guisantes), se pesan cada día (por no decir cada hora) y son lo suficientemente responsables al no animar a ninguna chica más a que entre en su mundo; antes al contrario, las advierten y las muestran su realidad, su cruda realidad; muchas confiesan que se les cae el pelo, que éste se les ha quedado áspero, que sus uñas están amarillas, que se odian a sí mismas, por lo que se auto hieren, y que sólo buscan la perfección. Si por el camino a esa "perfección" (que por cierto, nunca llega) han de mentir a su familia, cargarse la relación de pareja, y joderse la vida, en definitiva, lo harán.

Es una enfermedad y como tal hay que tratarla. Si tú te obsesionas con ser delgada porque en el colegio se reían de ti por ser gordita, y sufrías, o si ves que en las pasarelas siguen desfilando esqueletos andantes y que las que triunfan son las delgadas… ¿Qué puedes hacer? ¡Si en principio el axioma es hasta sencillo y concluyente! no comer. Eso lo puede hacer cualquiera con fuerza de voluntad. Ellas conocen las consecuencias, pero aún así continúan con su “suicidio”, como algunas lo llaman. ¿Cuántas veces no hemos dicho: “mira esa gorda con cara de mala leche”? Si no fuera gorda, no sería tan denunciable su cara de mala leche, ¿verdad? ¿Y qué decir de los comentarios de los chicos? Ellas dicen que si pesan 45 kilos todos van a estar detrás de ellas (aunque quizá lo harían si pesaran 50, o 55, más bien, pero su sentido de la proporción ya se ha distorsionado cuando llegan a los 50 kilos, siempre quieren más, es como un reto). Para las personas que se toman en serio su éxito basado en las apariencias (¿no está basada en ellas la sociedad?) esto es un mundo. Por lo demás, cuando no tienes otras cualidades y si, teniéndolas, los demás no saben valorarlas, ¿qué hacer? Es duro sentirse rechazado.

Bueno no estoy justificando esto ni quiero seguir hablando de ello, pero el universo de estas chicas me parece apasionante, en el sentido de que lees sus escritos olvidándote por completo de la hora que era cuando empezaste a hacerlo; te hacen temblar; te quitan el sueño, y en el fondo, aportan una dimensión del ser humano que siempre ha estado ahí: el auto sacrificio, la auto flagelación, se trata de una especie de religión que hay que seguir aunque te dejes la vida en ello. Hablan de "Ana" como de un ente que te posee, que no te deja pensar por ti misma. ¡Es como si "Ana y Mía" fueran el demonio! Pero quizá no haya que ser tan abstractos y metafísicos. La cuestión es más sencilla. Las garras de la sociedad están apretando fuerte al cuello, y no se rendirán así como así. Esto sólo acaba de empezar.

El camino y las dos vías

El camino y las dos vías

 

Señoras y señores, he vuelto. Hacía demasiado tiempo que no escribía. Se da la paradoja de que antes, cuando escribía a diario o casi a diario, me reprochaba a mí misma el hacerlo porque lo consideraba un vicio. Ahora sé que era un buen vicio, en todo caso, que poco a poco he sustituido por otros nada encomiables.

Han ocurrido muchas cosas nuevas en mi vida; y ya no siento la necesidad de escribirlas, como antes. Terminé la colaboración y ahora estoy a la espera de conocer si las dos vías que se han abierto en mi camino me conducen a algún sitio (sobre todo una de ellas, que es la que más me interesa). Si lo consigo, diré de qué se trata, e invitaré a todos los que leéis este blog a una caña, o mejor, a una copa, qué narices…

Mañana es un día importante y espero que haya otros dos más, no quiero decir nada; así que me despido, (no os quejéis, al menos he escrito algo por fin, después de ¡tres meses!, para quitar de la portada a ese mosquito desagradable). ¡Espero volver a escribir aquí chorradas más a menudo!

* Foto: Dublín (abril 2009).

Los mosquitos de Nuevos Ministerios

Los mosquitos de Nuevos Ministerios

En Nuevos Ministerios hay mosquitos. En la estación de Nuevos Ministerios. En un banco del andén de la Línea 4 del Cercanías de la estación de Nuevos Ministerios. Esto no tendría nada de particular si los hubiera –los mosquitos- en un espacio abierto o en pleno verano. Pero no. En enero los mosquitos salen de sus guaridas y atacan a los futuros pasajeros de la línea 4 del Cercanías RENFE. Ignoro si pululan en otras vías, en otros andenes. Son feos, grandes, inmisericordes. Algunos sólo muestran una actitud amenazante que saben ocultar con maestría cuando les descubres. Me hacen pensar en los de Parque Jurásico.

El mío en concreto – mi mosquito- debe de salir de una de las papeleras que están situadas en el andén. Siempre ataca en el mismo banco. En el que yo me siento. Sospecho que me llama para que me siente siempre ahí, emitiendo algún tipo de sonido inaudible físicamente. Cuando aparece, se planta frente a mí, con su afilado estilete y sus patas infectas.

Le pierdo de vista cuando me levanto y huyo despavorida hacia otro banco, en el que, -quién sabe- puede que haya otros como él. Intuyo que le llevo encima, que quizá al acercarse a mi pelo el muy maldito ha conseguido enroscarse, y mientras doy manotazos confusos en el aire a pasos indignados, las caras de fascinación y perplejidad de los demás futuros pasajeros consiguen que me olvide por un instante de mi mosquito y de sus sucias alas. Subo y llega el tren – ¿o al revés?- y me acuerdo de mi mosquito. ¿De dónde vendrá? ¿A dónde irá? ¿Qué es lo que busca exactamente? ¿Me habrá seguido? No lo creo, nunca se ha atrevido a picarme. Será que aún no ha conseguido asustarme lo suficiente.

'Fashion huevos'

'Fashion huevos'

Estaba sola. Al fondo del todo. Sólo yo la vi. Con mis ojos miopes pero extrañamente avizores cuando se trata de captar bellezas como ésa. Sus ojos como botones y sus labios de cremallera me llamaban silenciosamente.

Sí, tuve que comprar esa cazadora de Bershka. Unos 50 euros por aquí, otros 30 del vestido aquél, 20 y pocos de las alpargatas... Me pregunto qué habría sido mi mes de enero sin las rebajas del Corte Inglés.

Yo, que hace tres años no sabía lo que era un trench, combinaba colores como la Ruiz de la Prada, y no llevaba marcas, ni ná. Las botas de leñador tipo Coronel Tapioca, las deportivas y los jerseys gordos de lana eran mis señas de identidad. Por no hablar de los bolsos: iba con mochila a diario y, en el mejor de los casos, con un bolso de piel de abuela heredado de mi madre. Por aquel entonces era, con toda seguridad, la menos fashion, la menos trendy de la Facultad de Periodismo…

Pero, hete aquí, que un día me vi con ganas –y también con dinero, todo hay que decirlo- de ir un poquito a la moda. Que si un collar un poco hippie de 2,50, que si un jersey finito de Sfera rebajado, que si un vestidito del Zara… Unas botas que no pesaran 10 kilos… En fin, así fui renovando mi vestuario, tímidamente, sin grandes sobresaltos, hasta hoy.

Hoy, he de reconocerlo, soy una obsesionada de la moda. Y no porque la siga, ni porque tenga más dinero aún que entonces. No, soy una apasionada de lo fashion porque vivo en un constante “quiero y no puedo”, y eso, por alguna extraña razón, a mí me gusta. O sea, que me voy apuntando a las modas una vez se han extendido. Así, cuando adquiero el último bolso marrón bandolera de la tienda, sólo puedo disfrutarlo durante dos meses, porque en seguida su objetivo deja de tener sentido y hay que comprarse el negro, con tachuelas.

Por lo demás, cuando compras algo, siempre necesitas otra cosa más que lo complemente. Es un sin vivir. La chupa marrón te pide a gritos un bolso negro, ¡no marrón! Y ese vestido negro tan soso pero elegante, que sería otra cosa con un colgante de esos que venden a 4 euros y que se pone negro en dos noches de farra y garrafón.

Sí. Sí. Sí. Siempre quiero algo. Siempre tengo algo en la cabeza que me quiero comprar. Sin embargo, como por suerte o por desgracia, ni tengo un chalé en Marbella ni soy familiar de la Paris Hilton esa, me tengo que conformar con desearlo todo y tener menos de la mitad.

Yo, que me precio de ser una periodista buena y sentimental, -fea espero que no- (guiño unamuniano); que lee libros de Kapuscinsky, Bukowski y Jodorowsky, no puedo seguir sosteniendo esta tragedia actual. ¡Pero qué hacer! No dejo de pensar en esos shorts grises que me van a juego con el jersey del otro día que me probé en el Corte Inglés, ni en las botas de flecos que llevaba ayer la compañera de al lado… ¡Yo quiero unas!

Bien, he de reconocerlo: no puedo más, soy una fashion victim, o, mejor dicho, como diría mi madre para quitarme toda la tontería, una ‘fashion huevos’.

Consciencia de la estupidez

Consciencia de la estupidez

Hola a todos/as. Quien quiera que seáis. Hoy no he ido a currar. Me duraba la resaca de Nochevieja y tenía que descansar. Es lo que tiene ser freelance. He estado toda la mañana de compras con mi madre y mi hermana y ya he aviado a toda mi familia con los malditos regalos de Reyes. Me puse un poco talibán porque mi hermana pensaba que el libro que había pedido a los Reyes era el de Fernando Savater, cuando en realidad era el último de Juan José Millás. Reparé en que nadie me había escuchado realmente cuando dije que quería ese libro, así que al final me lo han comprado y me lo darán el día 6.  Después comí unas croquetas de jamón, junto a una ensalada y una sartén de huevos rotos. Al poco volví a casa. Me metí al Facebook y me dio por escuchar el disco de Velvet Underground and Nico. Puse unos versos de la canción Venus In Furs en el mensaje de estado. No sé qué pensáis del Facebook, pero a mí cada vez me parece más ridículo. Sí, sé que estoy dentro, pero incluso desde esta perspectiva soy consciente de mi estupidez. Me pregunto si cuando la gente se hace fan del jamón serrano, de las niñas del anuncio de Bancaja o de la melodía de Movie Records, son conscientes de lo simple y absurdo que eso resulta. Yo me hago fan de escritores, músicos y películas que me gustan. Sí, me imagino que también tendrá su grado de estupidez. ¿Y cotillear? Es imposible no cotillear en el maldito Facebook. Y más yo, que lo quiero saber todo y siempre busco el lado más escabroso de la gente. En fin, creo que me voy a poner a leer en la cama. Hoy no he salido y en cierto modo me arrepiento. Podría estar tomándome un whisky en el bar bohemio de siempre para reírme un poco. Mi novela no va mal, ya llevo casi la mitad, aunque desde hace unos días, que escribí del tirón dos capítulos, no me han vuelto a dar ganas de escribir. Quizá mañana. O esta misma noche. Al fin y al cabo, no me falta material, pero quizá haya que dejarlo un poco en barbecho y cogerlo un día que realmente tenga ganas. Sin más.    

Releyendo

Releyendo

Me estoy releyendo Madame Bovary. Yo, que tan paranoica fui con los libros y me los quería leer todos. Como es físicamente imposible leerlos todos en una sola vida (aunque no hicieras otra cosa en el día que leer), cuando tenía algunos años menos nunca se me habría pasado por la cabeza releer. Ahora no soy tan purista. Me leí este libro de Flaubert cuando tenía 15 años y me impactó. Cada año me decía que tenía que volver a leer aquello, que algo tan bueno tenía que ser repensado, revivido, mejor.

Pero quizá releer no sea la mejor idea. La buena sensación que te dejó un libro se puede desvanecer con otra lectura pasados unos cuantos años. Me ocurrió con El Retrato de Dorian Gray; que me fascinó con 18 y me decepcionó con 22 (o quizá esperaba ya demasiado). Pero espero que no me ocurra con ninguno más. Llevo más de la mitad de Bovary, y no sé cómo narices lo hace Flaubert para justificarlo todo y hacer que hasta la chorrada más impensable del libro tenga su importancia. La historia de mi novela es parecida a ésta, (aunque el tono, totalmente distinto); pero no sé si me va a servir la lectura.

No sé por qué escribo todo esto. Hacía mucho que no lo hacía con regularidad y la verdad es que debería volver a escribir aquí. Antes estaba mucho más agobiada y no tenía dolores de cabeza y malurias como ahora. Quizá fuese porque me desahogaba en el blog. Aunque sea con pequeñas incursiones diarias que narran pequeñeces, voy a intentar volver, aunque no lo haga como Flaubert.

Tres kilos del siglo XIX, por favor

Tres kilos del siglo XIX, por favor

 

P.- Estimado José: ¿Como ves a la juventud actual?, ¿la ves quizás muy poco comprometida y escasa de valores?


R.- La veo asfixiada. Cuando yo tenía 23 años, un cartero ganaba 40.000 pesetas y alquilar un piso en el centro de cualquier ciudad española costaba 4.000. Cenar en un restaurante, 50 pesetas, lo que equivale a un tercio de euro. Nosotros pudimos viajar porque compartíamos todo y porque el dinero tenía un valor muy diferente al actual, podíamos crear compañías de teatro como Joglars y Els Comediants sin ninguna subvención, desde el estómago, crear Ajoblancos o Stars, irnos de casa para montar comunas... Y todo eso lo hacíamos sin móviles, sin ordenadores, sin tarjetas de crédito, sin bancos y teniendo a la policía y a la censura franquista apuntando contra ti. La juventud actual se ve sometida a una presión delirante: has de ser el más guapo, tener pectorales o tetas, un cuerpo perfecto, el mejor vestido de marca, el móvil última generación, el último juego de la Playstation... Vivimos en la era del yo tras aniquilar la década del nosotros, que fueron los 70. Porque el modelo social de desarrollo económico y prosperidad sólo se basa en cantidad y no en calidad. No sólo hemos destruido el planeta y el equilibrio ecológico, sino que este sistema político-social se ha cargado a la juventud mediante una presión mediática-publicitaria sin precedentes, que ha utilizado todos los recursos del arte para perforarnos el cerebro y el corazón... y ahora acusan a esa juventud de ser irresponsable y no saber construir alternativas a este sistema injusto y cruel.

 

 

¿Cómo he llegado hasta aquí? Quiero eliminar lo superfluo de mi vida; pero ¿qué hacer cuando descubres que casi todo lo que haces en un día de tu vida es superfluo? Dormir, comer, trabajar en algo aburrido, llegar a casa y embotar la mente con panoplias que desconectan tu cerebro de tu propio cuerpo, que te manejan, te controlan, te alienan, te destruyen poco a poco hasta hacerte olvidar quién eres. Quién coño eres. Esa es la cuestión.

Personas inteligentes y con las ideas claras, como decía Nietzsche, la mayoría de los seres humanos, incluso los hombres más sabios y las mujeres más encantadoras, carecen de conciencia intelectual. Estas personas, que antaño podían vanagloriarse de no seguir los cánones establecidos por la sociedad, ahora están sucumbiendo a lo superfluo.

No quiero seguir empleando términos abstractos. Me remitiré a lo concreto. ¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué quieren de mí? Mensajes subliminales que acaban consiguiendo su propósito: crear mentes huecas, que no saben pensar por sí mismas, ¡que no disponen ya de tiempo para pensar! Universitarios, gente de letras, de ciencias, economistas, médicos, futuros políticos, teóricos, todos, nos pasamos el día ocupando nuestra mente en banalidades: tener el coche más grande, tener coche, comprarme la nueva chaqueta de moda, comprarme lo que dice la tele, creer lo que dice la tele que hay que creer, hacer lo que la gente dice que hay que hacer, evitando el tiempo libre, la ociosidad verdadera, que es sentarte en tu cama, sin tele ni ordenador, mirar al frente, allí donde tienes el maldito bolso de Gucci que sólo es algo accesorio, las malditas botas preciosas de 80 euros que tantos quebraderos de cabeza te han supuesto… Sí, mirar ahí, a cualquier lado, y pensar. ¿Pensar en qué? Da igual, en nada; algo surgirá del silencio de la habitación.

Se puede sintonizar una radio, abrir un libro y empezar a pensar, enriqueciendo tu existencia, ampliando tus horizontes, aprender de otras vidas aquello que le puedan aportar a la tuya. No eres el maldito ombligo del mundo. Ni tú ni las fotos que cuelgas en Tuenti, Facebook, MySpace. Ni tus fotos, ni las de Pepe Gutiérrez, ese compañero de clase con el que nunca hablaste pero que se emborracha con asiduidad y pone unas caras muy divertidas en las fotos. ¿Por qué no emborracharte con él en vez de ver sus fotos haciéndolo, accediendo así a una parte de su intimidad violada absurdamente por él mismo? ¿Por qué no renunciar de una vez a esta realidad fragmentada, engañosa, precaria y a la vez pesada hasta la náusea? ¿Por qué seguir sucumbiendo al dictado de las modas sociales? ¿Por qué no darse cuenta de que las cosas NO tienen por qué ser así? ¿Quién ha dicho que para triunfar hay que ser el más guapo y el más moderno, y tener todo aquello que tienen los demás? ¿Quién ha dicho que las noticias más importantes del día son las que saca tu periódico en primera página? ¿Quién ha dicho que los feos no tienen cabida en el paraíso? Si las nuevas tecnologías y la nueva forma de vida nos hacen tener todo el día el maldito culo en el asiento para ser así más felices y más modernos y estar más comunicados… ¿Por qué a la vez nos exigen tener un tipazo? Bueno, al fin y al cabo con una operación ahora se arregla todo. Nada es auténtico, nada permanece. No es más que un engaño y nadie es así verdaderamente feliz. Que me llamen arcaica, pero si la modernidad es esto… ¡por favor señor, póngame tres kilos del siglo XIX!

Una mierda encuadernada

Una mierda encuadernada

 

Eran buenos tiempos. Cuando escribía a diario en el blog. Sí, esos eran buenos tiempos. Ahora también lo son, pero de otra manera. Antes no estaba tan estresada ni tan confusa. Unamuno decía en Niebla, “quien no confunde, se confunde”. Yo antes no tenía nada demasiado claro, y era mucho más sabia y fuerte que ahora. Siempre estoy buscando un motivo para no ser feliz, y es que en el fondo es más divertido quebrarse la cabeza. Pero no demasiado, claro, que luego duele. La cabeza.

Es mejor escribir. Sí, ya lo creo. Pero no he dejado de hacerlo, que nadie se crea. Estoy escribiendo…. ¡sorpresa! Una novela. Sí, la novela con mayúsculas. Lo vais a flipar cuando consiga editarla y se comercialice. Más de uno se va a quedar con la boca abierta. Puede que hasta me denuncien por ofensa a la moral pública y mi familia me deje de hablar. Pero es mi novela y punto. Mi maldita novela. Publicaría aquí los tres capítulos que tengo escritos, pero escuché que no era recomendable dejárselo leer a nadie y me da un poco de yuyu eso de los derechos de autor. A saber si alguien lo copia y luego yo no puedo defender que eso fuera mío. Aunque sea una mierda encuadernada, es mi jodida mierda encuadernada. Dios, creo que estar leyendo Trainspotting está ensuciando mi lenguaje de una manera bestial, y mis intenciones. Ahora cuando voy en el metro y me encuentro a un maldito cretino con la música de mierda que quiera llevar puesta en alto, me dan ganas de decirle que se meta ese jodido trasto por donde no le da el sol y me deje descansar después de un duro día de trabajo como colaboradora. Bueno, he de decir que yo antes tampoco es que escribiese como la autora de Mujercitas, pero ahora esa tendencia chabacana se está incrementado. ¡Ay! Si yo hiciese una novela como la de Irvine Welsh, mi familia sí que me dejaba de hablar. Es el consuelo que tengo. Mi novela en realidad no es para tanto, aunque puede herir sensibilidades, sobre todo algunas.

Bueno, esto del libro que estoy contando que estoy escribiendo viene a cuento de que en octubre empecé un taller de novela y la profesora nos dijo que cada semana escribiésemos un capítulo de nuestra propia obra. Me quedé flipada cuando nos soltó eso. Yo pensaba que nos iba a hacer leer otros libros y nos iba a dar teoría y tal. Pero eso de la novela… Qué fuerte. A mí siempre me ha costado muchísimo escribir ficción. Ya lo veis en el blog. Mis relatos siempre han sido chapuzas. Y donde más cómoda me he sentido ha sido en el género autobiográfico o periodístico. Pero ahora he descubierto mi faceta novelesca. No se me está dando tan mal. Sobre todo gracias a los consejos de la profe. El otro día leí en clase mi primer capítulo y a ella le gustó bastante. De hecho la única pega que me sacó fue que debía detenerme más en algunas escenas a las que les podría sacar más partido y tal. Me dijo que le encantaba mi tono irónico, que la historia pintaba bien y le parecía divertida. Bueno, quizá sea una mierda, pero eso es lo que me dijo. Lo cierto es que yo puedo detectar cómo mejorar algunas partes de mis capítulos y eso, pero no sé verlo con ojos objetivos. Quiero decir, que no puedo abordarlo como si en vez de haberlo escrito yo lo hubiera escrito Pepe Pérez. Eso no. Es imposible.

En fin, voy a apagar ya este maldito cacharro y voy a leer. Me está gustando Trainspotting, por cierto. Supongo que es ese atractivo o belleza que se puede encontrar en las cosas feas y asquerosas. Creo que Baudelaire dijo algo de eso. Pero no me hagáis mucho caso. Por cierto, escuchad el álbum After Bathing At Baxter’s, de Jefferson Airplane. Ya lo he dicho, pero me encanta ese grupo. Hacedme caso. Hasta mañana.

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Escarbar hacia la Nada

Escarbar hacia la Nada

 

Es curioso, pero cuando voy en tren y me bajo en mi parada no veo tanta gente extraña (People are strange when you´re a stranger) como cuando voy en metro y hago lo propio. Cuando me he bajado esta tarde del primer medio de transporte del que he hablado, he pensado eso, pero además, me he dicho: “esto quedaría muy bien escrito en algún sitio, por ejemplo en mi olvidado ‘blog’”.

Venía del hospital, de ponerme la penúltima dosis de la maldita vacuna contra la alergia. Creo que esta tarde ha sido la primera vez que he dicho en alto y a alguien: “soy periodista”. Sin embargo, aunque las circunstancias no acompañen, realmente es el momento en el que más me siento periodista: licenciada y sin trabajo. Tengo una amiga periodista a la que no le gusta decir ‘soy periodista’, porque se avergüenza de la profesión. Ella sugiere la palabra ‘cronista’, aunque no es cierto que todos los periodistas seamos cronistas: los hay comentaristas, noticieros, ‘reportajistas’, e incluso terroristas.

Muchas veces, a lo largo de este tiempo de ‘no posts’, he pensado en escribir cosas raras al estilo J.J. Millás; pero por vaguería o por hastío mental (sólo me he dedicado a hacer críticas de arte y de copas para mi trabajo), no las he llegado a parir. Una de ellas iba de que cuando me transportaba en metro y autobús para ir al periódico, me cruzaba con tanta gente que no veía personas, sino cuerpos. O sea, sería algo así como decir: me monté en el autobús y un cuerpo conducía el vehículo, de vez en cuando ese cuerpo comía pipas o leía el periódico en los semáforos. A menudo paraba en diferentes sitios, en los que se subían cuerpos y más cuerpos: unos feos, con pies que vestían unas sandalias que dejaban mostrar durezas y callos, cosas horribles, que me hacían querer vomitar. Después veía cuerpos que envidiaba, aunque no en su totalidad, así que me los imaginaba sin sandalias y también me daban ganas de vomitar. Veía ojos, también, en esos cuerpos, que no decían nada: ojos extraños, sin vida, que sólo formaban parte del cuerpo para guiarle en su imparable y trepidante camino hacia la Nada.

En fin, quizá el día en que pensé escribir esto estaba más inspirada. La verdad es que pensé que sería una idea cojonuda para escribir. Porque eso es exactamente lo que sentía en aquellos instantes. Y a la manera del personaje de ‘El extranjero’ de Camus, el calor me estaba haciendo no sentir nada, tratar como chatarra a todos aquellos que osaban interponerse en mi camino hacia el trabajo, hacia una monotonía entonces tan denostada y ahora quizá algo extrañada. Así es mi vuelta al blog. Nunca pensé que estaría un mes entero sin escribir. ¡Qué valor! Antes intentaba escribir poco, y no podía dejarlo. Ahora ha sido al revés. Todos los días me decía: “venga, hoy escribo”. Pero quizá mis pensamientos eran tan banales e insustanciales, que simplemente preferí el silencio. Sin embargo, puede que no lo fueran y que lo único que haya que hacer sea escarbar y empezar a escribir para que vayan saliendo solos y, ya para siempre, queden desamparados.

'Articuento' de Juan José Millás

'Articuento' de Juan José Millás

Aquí dejo un 'articuento' de los que dije que me estaba leyendo. Éste me ha hecho mucho gracia por lo irónico y subversivo que es, como lo es el propio autor. Si leo más que me gusten (aunque en realidad me gustan todos) os lo pondré. ¿Por qué está tan mal visto el silencio? Juan José Millás lo reivindica, sobre todo en la pareja, y hace gala de su imaginación para contar ficciones:

Viva el silencio

Siempre creí que vivir solo consistía en hacer lo que a uno le diera la gana, pero consiste justamente en lo contrario. El otro día, por ejemplo, puse en el periódico, contra mi voluntad, un anuncio por palabras que decía así: "Asturiano vicioso, piececitos pequeños, supermiembro garantizado. Llámame". No soy asturiano, ni vicioso y calzo un 42. Lo copié todo de la sección de contactos. Además, odio esta clase de reclamos, no sé por qué lo hice. O quizá sí: por vivir solo. Cuando estaba con mi mujer, en lugar de hacer disparates veía la televisión, que es lo que de verdad me gusta. Pero entonces no lo sabía: entonces soñaba con una vida de aventuras nocturnas, me imaginaba recorriendo la Gran Vía a las doce de la noche, tomando copas aquí y allá, contratando prostitutas que, lejos de cobrarme, me entregarían la recaudación implorándome que volviera a visitarlas.

Luego, nunca fui a la Gran Vía por la noche, me da miedo salir a esas horas, así que me quedaba en casa, igual que cuando estaba casado, viendo los programas que antes veía con mi mujer, sólo que sin poderle echar la culpa a nadie. A mí me gusta lo más tirado de la tele, pero con coartada, y la coartada entonces era ella. De manera que qué iba a hacer; un día arrojé el aparato a la basura porque me pareció que un soltero con tele es dos solteros, y puse el anuncio del asturiano vicioso. En seguida empezaron a llamarme seres completamente repugnantes preguntando por el precio. Yo los mandaba a todos a la mierda, no se daban cuenta de que no era una cuestión de dinero, sino que lo que de verdad necesitaba yo era amor o, mejor que eso, costumbre. Muchos matrimonios han fracasado por lo mal vista que está la costumbre cuando es la salsa de la vida. Mi mujer y yo estábamos habituados el uno al otro y ya no necesitábamos ni hablar. De hecho, cuando decidí separarme llevábamos un mes sin decirnos nada. La gente cree que los matrimonios tienen que hablar para mantenerse en forma, pero eso es mentira: se habla cuando no se tiene nada que decir. Yo en la oficina, por ejemplo, no paro de contar historias porque mis compañeros ni me van ni me vienen. Sin embargo, en la iglesia permanezco callado, porque las cosas que tengo que confesar a Dios son tan esenciales que sólo en el silencio se articulan.

De todo esto me doy cuenta ahora, claro. Cuando estábamos juntos, la odiaba porque creía que ella era la culpable de no hacer lo que me diera la gana, aunque no sabía qué es lo que me daba la gana, excepto lo de ir a la Gran Vía a contratar prostitutas, o a dejarme contratar por ellas, lo que en el fondo no es más que una fantasía un poco tonta. Es importante, pues, que las parejas silenciosas no se dejen engañar por toda esa propaganda, que hasta la Reina, cuya obligación es ser neutral, ha dicho en el libro de Pilar Urbano que los matrimonios tienen que hablar, o sea, que la Monarquía se ha puesto también del lado de la conversación. De manera que si uno no habla acaba sintiéndose un bicho raro y tarde o temprano se divorcia.

Yo ahora hablo mucho, no paro, porque entre quienes me llaman hay también asturianos que llevan años en Madrid y echan de menos las brumas matinales o los chubascos vespertinos. A éstos les doy un poco de cuerda porque se refieren a Asturias igual que yo a mi mujer: como si se tratara de un miembro amputado. Pero uno no mantiene conversaciones con los miembros: yo al menos nunca les digo nada a mis dedos ni a mis antebrazos. De manera que, aunque nunca he hablado tanto como ahora, jamás me he sentido tan vacío, tan torpe. Echo de menos las horas que pasaba en el sofá viendo la tele junto a ella; a veces, me acercaba la mano distraídamente y yo, tomándola entre las mías, le contaba mecánicamente los dedos, primero del pulgar al meñique, luego del meñique al pulgar, siempre con idéntico resultado. Daría cualquier cosa por dejar de ser un asturiano vicioso con supermiembro garantizado y volver al silencio del matrimonio. Hay gente que sale por la noche porque no tiene con quien quedarse, del mismo modo que hay quien habla porque no tiene qué callar. Total, que a ver si promocionamos un poco el silencio. Por mi parte, no tengo nada que añadir. Muchas gracias.

Soñando

Soñando

 

Voy a actualizar porque ya es hora. Porque ha habido días en los que he tenido ganas de hacerlo y por pereza o por yo qué sé, no lo he hecho. Porque he estado en Barcelona hace unas semanas y no he escrito absolutamente nada. Porque tendría, ahora, muchas cosas que decir y no sé por qué no lo hago. El calor agota mis neuronas. Quizá ya tenga bastante con escribir lo que hago en el trabajo y mis ojos no se merezcan otra sesión más de ordenador. Pero ésa no es excusa. Porque aunque no haya escrito, me he seguido metiendo a Internet para ver otros blogs y otras cosas.

Respecto a las novedades culturales en mi vida (qué pedante suena eso) he de decir que en el terreno musical he seguido con Jefferson Airplane, se podría decir que ha sido mi banda sonora del cursillo de inglés y demás. El disco Crown Of Creation, absolutamente recomendable. Sobre libros, me leí El Mundo, de Juan José Millás y también lo podría recomendar. No sé por qué pero yo me siento muy identificada con este hombre, en lo que dice y en la manera en que lo dice. Ahora acabo de empezar el libro de sus Articuentos, tras terminar La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela. No está mal, aunque todo demasiado crudo. Me esperaba otra cosa, no sé exactamente el qué.

Bueno ahora no tengo mucho más que escribir. Tengo sueño y estoy cansada. Anoche fui a las fiestas de mi pueblo y he dormido poco, aunque no mal… Me da vergüenza decirlo, pero me lo pasé muy bien durante la discoteca móvil, escuchando unas canciones que ya creía olvidadas, aunque, por lo visto, no suficientemente odiadas. Soy lo peor, pero me gusta una canción de bakalao que no sé cómo se llama ni nada, porque no tiene letra. La primera vez que la oí fue hace casi un año, en la fiesta de Tele... a la que acudí. Me pareció asquerosa, pero con cierto atractivo. Es ese amor-odio que experimento con algunas cosas. Me consuelo pensando que John Lennon dijo una vez que él valoraba algunas músicas electrónicas y demás.Bueno, la segunda vez que la escuché fue en la fiesta del periódico, por Navidades; la reconocí, y me acordé del magnífico día de Tele..., pero cuando llegué a casa ya no sabía reproducirla en mi cabeza. Otros días, sin ningún porqué, pensaba en ella, hasta que la logré reproducir de nuevo. Anoche la oí y no podría haber sido de otra forma: la disfruté como una insensata, bebiendo un ron raro de un cuenco extraño. Bailé borracha con un sombrero de vaquera en la cabeza que ¿brillantemente? nos compró mi amiga M. Pero lo mejor vino después. Ahora espero descansar y recuperarme, para seguir soñando mañana, cuando me despierte...

El 'viaje' de Jefferson Airplane

Creo que nunca he hablado aquí en serio de Jefferson Airplane. Es una banda que me gusta mucho desde hace tiempo. Lo que me ha hecho querer hacer un post sobre ellos es que, hasta ahora, sólo había escuchado uno de sus discos. Y ahora tengo 3. Pues bien, Jefferson Airplane fue un grupo de Estados Unidos surgido en la ciudad de San Francisco (California), pionero del movimiento psicodélico influenciado por el LSD. La actuación en agosto de 1969 en Woodstock es considerada uno de los momentos más memorables del rock. (Todo esto según Wikipedia).

Sus primeras influencias, según esto, serían los Beatles, The Byrds o The Lovin’ Spoonful, es decir, influencias básicas del Merseybeat británico y el folk de esos años. Su primer disco es Jefferson Airplane Takes Off. En él predominan los temas folk. Después, llegaría Surrealistic Pillow (1967) que incluye el clásicos White Rabbit (inspirado por el LSD, el Bolero de Ravel y Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll).

Recuerdo que mis primeras aproximaciones a Jefferson Airplane han tomado caminos diversos: conocí Somebody To love a raíz de ver la película Loco a domicilio, en la que un frenético Jimy Carrey la cantaba. Y me encantó. Pensaba que era de Jimy Carrey, cuando era pequeña. Después descubrí, escuchando la Banda Sonora de Platoon, que había una canción que me atraía de una manera especial, más que las demás, que me producía sensaciones indescriptibles: White Rabbit me marcó. Me quedé con el nombre del grupo. Y busqué más canciones suyas en Internet. En ese momento fue cuando me enteré de que Somebody to love era de ellos. Pensaba que, como en éstas dos canta la misma voz, femenina, en las demás también sería así, pero no. La mayoría de las canciones las canta una voz masculina, con una voz peculiar, lo que también me atrajo y me hizo seguir escuchándolo.

De este disco también están muy bien My Best Friend y Plastic Fantastic Lover. Y éste, Surrealistic Pillow, ha sido el primero que he tenido de ellos. Alcanza el éxito en su época consiguiendo el puesto nº3 en USA, tras el Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band de los Beatles. Fue uno de los discos principales del que fue llamado Verano del Amor. El nombre del disco fue sugerido por su productor Jerry García (de Grateful Dead) cuando estimó que sonaba “surrealista como una pastilla”. La compañía no permitió que García apareciera como productor así que en el libreto aparece como consejero espiritual.

Con el siguiente trabajo, After Bathing at Baxter’s, se introducen en lo que se llamó rock ácido. (Pero éste no lo tengo aún). En 1968 editan Crown of Creation, que sí lo tengo ya. Sus canciones más destacadas son Lather (de Grace Slick), supuestamente dedicada al batería Spencer Dryden con quien se decía que tenía una relación; Triad, una canción de David Crosby de The Byrds, no publicada con su banda por su temática sobre un ménage à trois; y el himno del sexo libre y las drogas Greasy Heart.

Cuando la escena de San Francisco comenzaba a desaparecer, en 1969, editan Volunteers, su disco más político.

Y para terminar, aquí os dejo sus dos canciones más conocidas:

Malas compañías

Malas compañías


Por fin he escrito la crónica de un bar que le prometí a mi jefa hace un mes. Creo que me ha quedado bastante bien. Y como la inspiración parece que me está durando más de un día, voy a desplegarla aquí un poco. No sé qué tal quedará. Hace mucho que no escribo. Aviso que puede salir cualquier cosa. Los exámenes me dejaron exhausta y aún siento la resaca. Pero justo hoy, que he vuelto a las aulas, ha renacido mi espíritu crítico y observador. Quizá demasiado. He de reconocerlo. Soy mala. Y lo siento, pero así es.

Hoy he empezado el curso de inglés intensivo. De tres niveles, estoy en el más bajo. Bueno, teniendo en cuenta que hacía cinco años que no daba inglés, es normal que sólo supiera decirle a mi entrevistadora cómo me llamaba y qué pensaba hacer en verano. Creo que me trabé y me puse muy nerviosa. Parece mentira que la admiradora de la lengua de los Beatles sepa tan mal hablarla. Pero aquí estoy para darlo todo como cuando iba a clase, o sea, como hace un mes. De 9.30 a 14.00 estaré, durante las próximas tres semanas, con Cristóbal y compañía, y luego, media hora para comer y vuelta a las malas compañías: ‘Jota Jota’ (como dice mi hermano) y cía.

Esta mañana me había levantado de una manera extraña. El despertador, a las 7.30 había empezado a sonar, pero hasta menos 20 no he sido consciente de que ese ruido tan extrañamente bajito realmente era el despertador.

Cuando llegué a C.Universitaria, como iba sobrada de tiempo (qué extraño en mí) me pasé por mi facultad a ver si había salido la única nota que me falta por saber. Vaya, la tipeja aún no se ha dignado a ponerla. Iré a la salida de inglés, pienso. Y me fui al aula en la que mi pituitaria iba a encontrarse con su peor pesadilla. Cuando entro en la clase, veo que todas las primeras filas están ocupadas, así que me dirijo a la última y me siento en una mesa que había libre. Al lado hay una mochila, pero da igual. Cuando empieza la clase, llega él. Yo estoy con los cascos puestos escuchando Foxy Lady (la versión de The Cure tributo a Jimi Hendrix) y por tanto no le saludo. Casi ni le miro. Pero cuando llega el profesor, me quito los cascos y el chico me mira y me dice muy cortado: Hola. Y Hola es lo que le contesto yo, parca y seca como no podría ser de otra forma.

El profe dice que le entreguemos la ficha en la que hay que rellenar unos datos y pegar nuestra foto y yo (otra vez, sorprendentemente) la entrego. Muchos no tenían la foto pegada, así que el tío decía que no pasaba nada, que se la entregaran on Monday, pero yo, aunque no pasara nada por entregarla on Monday, LA HABÍA ENTREGADO. Esos momentos, para una persona como yo, son decidida, jodida y deliciosamente indescriptibles. Otra cosa ya era el libro de texto. ¡Ay amigo! Eso no lo había podido comprar ayer, así que tuve que ir ‘in break’ a comprarlo, aunque muchos también tuvieron que hacer lo mismo.

Entretanto, el londinense empieza a hablar y me fastidia pero tengo que aceptarlo, sí, está diciendo que nos pongamos en grupos de tres a discutir las propuestas de la clase y a conocernos mejor. Bueno, quizá no sea tan mala idea. De esa forma mi pituitaria no sería la única que tuviera el privilegio de disfrutar de la delicia del amigo. En estas, el profe nos hace unas preguntas que tenemos que contestar entre nosotros, y sugiere que añadamos otras 3. Le gusta el número 3. El amigo no tiene ni pajolera de la lengua de los Beatles, pero chapurrea una pregunta para servidora y para la otra compi: Have you got a boyfriend? No, si no sabrá lo que es una esponja ni hacer la O (ou) con un canuto, pero espabilado, lo que se dice espabilado, el amigo lo es un rato. Tras la pregunta del millón, para más inri, el amigo añade in spanish un ‘hala, ya lo he dicho’, como le diría a sus colegas del barrio en una noche de botellón tras declararse a la juani de turno.

La compañera y yo corremos un estúpido velo y cambiamos de pregunta, o mejor aún, le preguntamos al profe que si para preguntar eso se dice como lo ha dicho el amigo, o con otra construcción; y el tío nos dice que ambas son correctas, aparte de darnos aún más ideas para preguntar eso. Creo que tomó nota, el amigo.

A las 11.30 hicimos un ‘break’ y nos fuimos a comprar el libro. Cuando volvimos a la clase a las 12 el olor era aún más pestilente, mezclado además con tabaco. ¿Por qué siempre se me juntan los/las que no se lavan? ¿Es que acaso tengo un cartel que diga: olorosos del mundo, pestilentes sin remedio, matavampiros de la Tierra, venid a mí?

Bueno, el lunes intentaré una estrategia, aunque no sé si me saldrá, al fin y al cabo lo único desagradable es su olor y puede que, con un poco de suerte, los lunes sea el día asignado para el agua y el jabón. De todas formas, creo que cuando le dije, (in english) que a mí no me gustaba (como a él) la música house y ‘electric’ y que me estaba leyendo un libro del desconocido Juan José Millás, dejó de importarle si tenía o no boyfriend.

Confianza

Confianza

 

Estaba estudiando ética y no sé cómo me he puesto a leer cosas que escribía en el blog por estas mismas fechas, es decir, de exámenes. No sé si es porque el año pasado no estuve trabajando todo el año o si porque antes era más lista o más caradura, pero el caso es que nunca me había agobiado tanto con los exámenes como ahora. Hay quien me dice que es porque es el último año y eso, pero yo lo veo más como una actitud conmigo misma, es decir, antes quizá tenía más confianza en mi misma, y creo que la decadencia comenzó cuando suspendí el examen de cine del 19 de abril. Después, el pasado día 3, tuve que recuperar esa parte que suspendí, junto con la segunda parte, en un examen que era el mismo día que el de literatura. Me estresé mucho también estudiándolo todo, y con miedo de que me volviera a pasar. El otro día fui a ver la nota. Y… ¡sorpresa! Mi nota no estaba y para colmo me ponía que me faltaba el corto, cuando sí que lo había entregado. Creo que no me puse a llorar desahogadamente porque aún había gente por la facultad ese día y no quería que nadie me viera. Pero sí me entró un sofocón que casi acaba en mareo. Escribí corriendo un e mail a la profesora intentando no parecer desesperada ni amenazante, y me contestó al poco: “Sonia, no te preocupes, tienes un notable, pero el problema es que no encuentro tu corto, dime cómo se llamaba a ver si lo tengo en otra bolsa de otro grupo”. Total, que la di todos los datos y además la dije quiénes hicimos el maravilloso corto en grupo y aún estoy esperando respuesta. (Entre nosotros, es casi mejor que no lo encuentre…Risas) En cualquier caso, le podemos dar una copia, y el Notable ya lo soluciona todo. Menos mal. Casi me da algo. Ahora, después de pasados unos días, veo exagerada mi reacción, pero es normal, teniendo en cuenta que eso era lo que faltaba para que definitivamente esa asignatura acabara conmigo.

Después de soportar una urticaria, un dolor de espalda y el constipado por el que estoy pasando, ya sólo me queda un examen. Hoy he hecho uno y la profe se ha portado. Más le valía sabiendo cómo nos las gastamos los de mi clase con ella. Además, hoy he conocido que tengo un sobresaliente en literatura española del siglo XX y me ha animado sobremanera. Creo que estoy recuperando la confianza, aunque estoy algo preocupada por el examen de ética del jueves. Espero que el constipado no vaya a más, aunque ya no creo que lo haga, llevo así desde el sábado y hoy está siendo casi el peor día. No he ido a currar y me siento mal porque, aunque yo tenga la conciencia tranquila, creo que mi jefa no me ha creído, teniendo en cuenta la situación con los exámenes y que la semana pasada mi compi de la mañana hizo lo mismo, aunque, entre exámenes y enfermedad, él faltó la semana entera, y yo sólo voy a faltar 3 días. En fin, sólo espero que esto acabe cuanto antes, y que todo salga bien.

Respecto al futuro, sólo veo el verano, además de descansar un poco, hoy he consultado unas cosas y creo que me voy a apuntar a un curso de inglés de la facultad que se da intensivo en 20 días. Por las mañanas, de 9 a 14 horas, en julio. No, si a mí me va la marcha. He llegado incluso a plantearme el doctorado, pero creo que lo tendré que pensar más detenidamente. Al fin y al cabo creo que me he vuelto tonta y cada vez me cuesta más estudiar. Además, me van a renovar en mi periódico, el menos deontológico del mundo, y estaré allí hasta el 30 de septiembre. Lo que pase después sólo lo sabe mi currículo, escrito ya entero por el autor de la historia de mi vida…

De género irracional

De género irracional

(Antes de nada, sigo sin tildes, solo puedo poner las que me señala en rojo el Word. Hasta que mi hermano me instale un programa, tengo que estar así. Me dijo una combinación, pero la apunte en un papel y no lo encuentro. Me dedico entonces a intentar hallar esa combinación sin éxito. Y por eso lo aviso). (Voy a escribir una cosa para ver si me inspiro y escribo de una vez la reflexión que tengo que hacer para una asignatura; y ya de paso, para actualizar, aunque no me gusta escribir de cosas malas).

Estación de Plaza de Castilla. Anden de la línea 1 en dirección a Sol. Nada mas bajar las escaleras mecánicas veo a una pareja compuesta por un hombre y una mujer. Ella tiene un rostro extraño, es bizca o algo parecido, pero además, esta llorando. El hombre la abraza e intenta consolarla. Siempre que veo algo así, nunca me imagino que llore porque le ha ocurrido alguna desgracia externa a su relación. Muy al contrario: ese cabron le ha hecho algo y ella esta disgustada. O puede que haya sido al revés y la pecadora sea ella. Siempre que veo algo así se me encoge el corazón, mas que si la mujer en cuestión estuviera disgustada por alguna otra cosa: ¿Y si se le hubiera muerto un familiar? ¿Y si la hubiesen despedido de su trabajo y ahora no supiera que hacer con su vida?

Por si esta visión fuera poco (en realidad lo era), al torcer la esquina y llegar al andén propiamente dicho, me esperaba lo peor. En uno de los bancos había otra pareja. Ella hablaba alto y con un tono de desprecio realmente alarmante, pero como estaba la tele del metro puesta, ni yo ni supongo que ninguna de las personas que estaban alrededor podíamos oír nada. Ella llevaba unas alpargatas con forma de manoletinas y vestía informal pero queriendo dar apariencia de ’arreglada’, llevaba su cabellera negra recogida en una pinza. Estaba cruzada de brazos mostrando una actitud de distanciamiento, y parecía que tenía muy claro que lo mejor que podía hacer en su vida era olvidar a ese maldito cretino que estaba a su lado, fuente de todas sus desgracias. La voz del hombre se veía absolutamente eclipsada por la de la mujer, grave y estentórea, similar a la de un transportista enfurecido. El hombre llevaba gafas y su estomago dejaba entrever que había bebido alguna que otra cerveza a lo largo de su vida. Hablaba poco y no se mostraba tan ofuscado como la mujer. Se limitaba a soltar algunos reproches o a darle cínicamente la razón a ella, tal y como se haría con un loco o un niño pequeño.

Estaba anunciado que el metro llegaría en 4 minutos y entretanto yo me puse a estudiar etica. Se me cayo la tapa del subrayador cerca de la pareja y me agache a recogerlo contrariada. Cuando les miraba, a la mujer parecía molestarle más que a el hombre el hecho de que tuvieran publico. Pero en general la gente miraba a la televisión del metro embobada e hipnotizada y no se estaba enterando de nada de lo que estaba pasando.

Cuando llego el metro, deje de estudiar para subirme, y mientras todos los viajeros se preparaban para hacer lo mismo, la pareja no lo hizo. Estaba claro que la cosa no iba con ellos. Cuando entre y conseguí un asiento, les seguí observando para ver si se montaban, pero no lo hacían. Ya no tenían destino, ya no necesitaban ir a ningún lado, excepto a la resignación y al sufrimiento. Había un señor montado en el metro enfrente de mi que pareció percibir su presencia, pero se limito a cambiar el gesto y a mirar para otro lado. Yo me quede absorta, con el corazón helado. ¿Por que estas escenas? ¿Como se puede pasar del amor al odio tan fácilmente? Es mas, ¿es que acaso aquello no es ni era amor? Y en ese caso, ¿por que la cabeza no pone orden en ese aparente e imposible desaguisado? La irracionalidad predomina sobre la razón y la lógica, y más aun, sobre el corazón. ¿Es que la sociedad esta alentando estos comportamientos? ¿Los medios de comunicación no pueden hacer nada para impedir esto? ¿A nadie mas se le encoge el corazón?

El teclado

El teclado

Creo que el día en que decidí convertirme en escritora fue uno de los peores de mi vida. Y perdón por la vanidad, pero creo que tener el ansia de escribir cosas y hacerlo, ya te convierte en escritor. Es una actitud contigo mismo, una actitud ante la vida, más compleja que el hecho de publicar o no un libro, manifestación física del complejo proceso de elaboración y plasmación de una idea, de una historia en un escrito. No es mas escritor el que solo escribe best sellers para publicar y ganar dinero que el que escribe cosas en su casa que nadie lee y que en principio no sirven para nada. Ah, el atractivo inefable de la inutilidad. Aun así, y aunque ese día en que me hice escritora (no lo decidí conscientemente) sea por una parte bueno y por otra terrible, recomiendo a todo el mundo que todavia no lo haga que empiece a escribir, que escriba cosas para desahogarse ante su momento vital, para decirselas a alguien, para conocerse mejor a si mismo y permitir que los demás lo hagan, que te conozcan y a su vez se conozcan mejor a ellos mismos, a través de una previa identificación o no con lo que tu has transmitido.

 

Después de esto, disculpad que no haya tildes donde debe haberlas. Disculpad que a veces diga y piense cosas sin querer. Que se me haya metido un cristalito en el ojo como al protagonista de La Reina de las Nieves y que haya perdido la memoria y me haya vuelto una imbecil a la que solo le preocupan nimiedades. Creo que anoche expulse ese cristalito, a base de vigilias controladas. Al menos eso es lo que espera la antigua autora de este blog. Disculpad. Disculpad lo de las tildes, sobre todo. No se que le pasa al teclado, al teclado de las constantes ilusorias y desgarradoras esperanzas que pulsan los involuntarios escritores de mi cabeza.

Crítica

Crítica

 

Como hace días que no escribo, he pensado colgar aquí la crítica de cine que acabo de hacer. A ver si le gusta a la doña. Me he esforzado y he conseguido que, de las 600 palabras iniciales que me salían, se me quedara en 400, que es lo que me piden. Bueno, acepto elogios y críticas, que de aquí al miércoles todavía puedo cambiar cosas, aunque no muchas porque ¡ya no se puede añadir nada sin tener que quitar también! Hale, a ver si os gusta.

 

Motivación empresarial, made in Spain

 

CASUAL DAY

Director: Max Lemcke.

Intérpretes: Juan Diego, Javier Ríos, Luis Tosar.

Guionista: Pablo Remón, Daniel Remón.

Productor: Iker Monfort, Álvaro Agustín

Música: Pierre Omer

Fotografía Javier Palacios

Año: 2008

Estreno: 9 de mayo

Nacionalidad: España.

Duración: 93 min.

 

Nuestra tragedia contemporánea es el estrés, la rapidez con que se frustran nuestros propósitos y el bajo rendimiento que mostramos en la empresa como consecuencia de nuestros problemas personales, que afectan a la productividad. Esto es lo que piensan los americanos, que se han valido de un día a la semana para convertirlo en su ‘Casual Day’: aquella jornada destinada a frenar el trepidante ritmo, a reunirse en el campo para empaparse de paz y conocerse mejor los unos a los otros.

Pero no siempre es bueno forzar las cosas, y esto bien lo sabe Max Lemcke (Madrid, 1966), que con su particular visión del ‘Casual Day’ ha elaborado una sátira de las relaciones laborales y del modelo empresarial imperante en nuestros días. Con un aire a Smocking Room, construye una comedia agridulce sobre un grupo de empleados que han sido sometidos a un encierro: la tensión creada por esa convivencia forzada hará que todo acabe saliendo a la luz y las frustraciones no hagan más que aumentar.

Lemcke forma parte de una nueva generación de directores españoles cuyos trabajos destacan entre la producción independiente. Mundo Fantástico (2003), su primer largo, que abordaba el tema de los deseos insatisfechos de una joven cabaretera que soñaba con ser actriz, fue presentado en diversos festivales internacionales.

En Casual Day Lemcke nos enseña el concepto mezquino de jerarquía empresarial: el ‘nuevo’, (Javier Ríos: Hable con ella)  asciende sólo porque el jefe déspota (encarnado brillantemente por Juan Diego: Vete de mí, El camino de los ingleses) es su suegro. Asimismo, el machismo también nos muestra sus resortes: la chica ‘guapa y ambiciosa’ (Estíbaliz Gabilondo) es denigrada por el superior más retrógrado y oscuro (Luis Tosar).

Lo mejor de este filme es que nos transmite una abrumadora sensación de claustrofobia a pesar de estar ambientada en un marco abierto como es el campo.  Los diálogos entre los personajes son ágiles, adquiriendo tintes casi teatrales. Sin embargo, el drama del jefe obsesionado con proteger a su hija resulta exagerado y presagia un final diferente al que se nos presenta.

Casual Day destaca por la ironía que trasluce el tratamiento del tema: nada mejor para arrojar luz sobre las prácticas que importamos de Estados Unidos que la caricaturización de sus costumbres. La terapia del psicólogo (Alberto San Juan) parece tener sentido pero, aplicada a la realidad y a sus espirales complejas, acaba convirtiéndose en un esperpento, en una trampa genial de la que todos quieren escapar.

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